Las 5 mejores parodias del anuncio de la lotería

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El actor Alfonso Delgado, en el anuncio. / loterianavidad.com

Después del alumbrado municipal, los abetos, los árboles, los belenes, los villancicos, el aguinaldo y todas esas señales de obligatorio buen rollo que preceden a las fiestas, una de las alarmas inequívocas de que la Navidad está a la vuelta de la esquina es la lotería, el puñetero sorteo de la lotería, televisado y radiado a toda España, los chillidos estentóreos de los niños de San Ildefonso, que han tenido que traducir a euros la magia de las pesetas y sus millones redondos. Hay gente que espera el día de mañana -los dos patitos decembrinos- como si fuese su única razón de vivir, como si no existieran los cupones de la ONCE, las timbas de póquer, las casas de apuestas y las carreras de caballos. Me resulta por completo incomprensible el espectáculo de sentarse en una silla durante varias horas, revestido de amuletos cual árbol de Navidad y aguardando el milagro de que una combinación de cinco números salga por un esfínter de metal estampada en una bolita. Supongo que hay más emoción en la sala de un bingo repleta de ancianos cualquier lunes por la tarde; no digamos ya la intensidad, el riego y las posibilidades de ganar si uno reúne todo el dinero despilfarrado tontamente en décimos, centésimos, papeletas de fin de curso y participaciones infinitesimales de la panadería, se va al casino, escoge una ruleta y lo apuesta todo al primer número que se le ocurra en un rapto de locura.

Pero, mediante la fuerza bruta de la masa, aleccionada en un ejercicio anual de borreguismo, la lotería navideña ha logrado la excepción que confirma la regla, la conversión de un vicio universalmente reprobado (el juego) en una sana y cristiana costumbre. Se trata de la santificación de una lacra social tan temida como el alcoholismo. La misma señora que se funde cien euros en media hora en una tragaperras, ante el espanto y la ira de sus vecinos, será contemplada con lástima si no ofrenda una cantidad similar al dispendio nacional de la lotería navideña. En realidad, la operación es un impuesto estatal apenas encubierto y, en concreto, el 22 de diciembre, donde tantos españolitos pringamos un pellizco del sueldo, un fabuloso despliegue de hipocresía evangélica donde se mezclan entre toques de zambomba codicia y generosidad, felicidad y usura, ilusión e ignorancia absoluta de las leyes probabilísticas. Porque la lotería es una de esas cosas que no falla, es decir, que no toca nunca, por mucho que la televisión nos enseñe cada año a los afortunados reunidos frente a la administración, descorchando champán, sonrientes, eufóricos y dispuestos a una breve y fulgurante existencia de derroche, estupidez y ruina. Está comprobado: cuanto más alto es el premio, más terrible es el batacazo del que lo sufre. Está escrito en latín y le puso música Carl Orff: O Fortuna, semper crecis or decrecis.

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Aun así, compramos lotería por mimetizarnos con el resto, por hermanarnos con el odioso vecino, por no quedarnos excluidos de esta ceremonia anual de la confusión donde cada décimo es un pedazo arrancado de nosotros mismos. La Navidad es una tregua en esa sorda guerra de trincheras que dura todo el año y la lotería es su bandera blanca. Siempre he odiado los anuncios de la lotería navideña, especialmente ese calvo de mierda mellizo de Kung Fu que iba soplando esporas de la suerte por ahí como si esparciera la gripe. El año pasado, al menos, tuvieron la honestidad de plantar un abeto junto a unos cuantos topicazos mientras unos cuantos zombis musicales destrozaban una melodía de Elvis. Este año, sin embargo, el anuncio ha sido preparado con alevosía maquiavélica en una obra maestra de manipulación psicológica. El bar de Antonio, el que guarda un décimo a un vecino que las está pasando canutas, funciona como esas comunidades idealizadas de las películas de Frank Capra donde todo es camaradería, compañerismo y bondad de cartón-piedra. El bar de Antonio es un test de personalidad, una disyuntiva falsa donde el espectador escéptico sale retratado como un banquero español y el generoso como un idiota. La única escapatoria posible es el humor, el ingenio y la mala leche con que el anuncio ha sido ridiculizado en diversas parodias:

1. Siempre habíamos sospechado que Manuel estaba en paro, pero lo que no sabíamos es que curraba en el bar de Antonio y que lo despedían justo un día antes del sorteo de Navidad.

Abraham Sevilla serrano (YouTube)

2. El elemento clave del anuncio es el sobre, el sobre donde Antonio guarda el décimo a Manuel y donde ha escrito su nombre. Lo de los sobres ha dado mucho juego pero ninguno mejor que éste donde el bar resulta una sucursal de Génova.

Salvador Escalona (YouTube)

3. En El Hormiguero dieron otra vuelta de tuerca en clave política augurando el batacazo electoral de Rajoy y convirtiendo el bar de Antonio en la futura sede de Podemos.

Antena 3 (YouTube)

4. La historia, salvo el final, es prácticamente la misma, pero el monólogo interior de Manuel, rabioso y vengativo, cambia bastante la perspectiva.

Orgullo y Satisfacción (YouTube)

5. Sin duda alguna, mi favorita entre todas las docenas de parodias del anuncio de Navidad, es Dmitri, historia de una venganza, un auténtico alarde de ingenio donde Manuel anda hacia atrás, la nieve sube al cielo y el español leído al revés suena a ruso.

Diana Rojo (YouTube)

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