Thomas Bernhard: crítica de la razón muerta

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Imagen de Thomas Bernhard tomada en Sintra (Portugal), en 1987. /

Maestros antiguos es el primer libro de Thomas Bernhard que logro terminar desde que leí El malogrado, allá a comienzos de los noventa. Este largo intermedio de lecturas frustradas no quiere decir nada contra la literatura de Bernhard, más bien revela una incapacidad personal para sintonizar con su lenguaje obsesivo, una prosa que ha hecho de la repetición y la salmodia no sólo su recurso estilístico supremo, sino su respiración y su sentido, casi su única razón de ser. Abandoné sucesivamente Helada, Corrección y Trastorno a las pocas páginas, porque algo en mi interior no podía mantener ese tono de pureza desesperada, la resignación de que el narrador intentara a cada nueva frase repetir lo que había dicho la anterior de un modo ligeramente distinto. Al contrario que el escritor de La peste de Camus, que escribía y reescribía la misma oración en busca del orden idóneo, de la frase impecable, Bernhard no busca la perfección sino que golpea una y otra vez las palabras haciéndolas chocar, buscando el sentido, la iluminación, la chispa que encienda el fuego. No es un estilista sino un herrero del idioma. Da miedo pensar, si la formidable traducción de Miguel Sáenz transmite ese sonsonete maléfico, cómo sonará Bernhard en alemán. El efecto por acumulación es el de un sermón monocorde, tedioso, alucinado y alucinante, como escuchar la cháchara de un poeta loco, un savonarola sin dios, el soliloquio gregoriano de un profeta.

La trama es, al menos, tan escueta como el ropaje con que se viste. El narrador, Atzbacher, espera una cita con Reger en la sala Bordone del Kunsthistorisches Museum de Viena, donde el segundo pasa la mañana en días alternos contemplando El hombre de la barba blanca, de Tintoretto: “Desde hace más de treinta años miro ese cuadro y puedo seguir mirándolo, no hubiera podido mirar ningún otro cuadro más de treinta años”. Y ya está, no hay más argumento. Reger es crítico musical del Times y descansa el oído mediante la vista, analiza la música mediante el estudio de la pintura, aunque no siente mucho aprecio ni por los músicos ni por los pintores. Realmente no siente mucho aprecio por nada. Ha dedicado toda su vida a un exhaustivo, maniático y riguroso análisis de las obras maestras de la música, del arte y de la literatura, una contemplación feroz y detallada cuya conclusión no puede ser más desoladora: no existen las obras maestras. Ni Tintoretto ni Goya, ni Bach ni Beethoven, ni Goethe ni Montaigne alcanzaron jamás la perfección, todas sus grandes creaciones, si se observan despacio y sin prejuicios, revelan los fallos, las miserias y las vergüenzas del espíritu humano. Rembrandt, Velázquez, El Greco, incluso Goya –el favorito de Reger– no son más que “pintores estatales”, no son más que criados y no hacen más que “pintura de los señores”:

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Los pintores, todos esos Maestros Antiguos, que la mayor parte del tiempo me asquean más que nada y que siempre me han horrorizado, dijo, sólo han servido siempre a un señor, nunca a sí mismos y, por consiguiente, a la Humanidad misma (…) todos pintaron siempre desde esa perspectiva, por deseo de oro y por deseo de gloria, no porque quisieran ser pintores sino sólo porque querían tener gloria o dinero o gloria y dinero juntos. En Europa, dijo, sólo pintaron entre las manos y para la cabeza de un dios católico, dijo, de un dios católico y de sus dioses católicos. Cada pincelada, por genial que sea, de esos Maestros Antiguos es una mentira.

A medida que ese discurso contra el arte avanza lenta pero implacablemente, el glaciar de la narración va arrastrando trozos más y más grandes: la música, la filosofía, la novela, el pensamiento, la sociedad, las relaciones humanas, la vida misma. Las diatribas contra Bruckner, contra Mahler o contra Heidegger revelan el odio implacable y furibundo de Bernhard contra su Austria natal, contra su música moribunda, contra la hermosa Viena, que Reger considera la ciudad más sucia y horrenda de Europa, el espejo del kitsch y de la barbarie nazi, el sumidero mismo de la podrida y antropófaga cultura europea. Basta ver el repaso de varias páginas que dedica únicamente a sus cafés, a sus camareros, su suciedad y sus letrinas. La expedición pormenorizada a las letrinas no es casual. Malhumorada, repetitiva y demencialmente la novela parece girar en torno a una única idea central: el mundo es una mierda.

En medio de esa misantropía visceral, esa huraña e implacable crítica de una razón muerta, muy pocas cosas se salvan. Una pincelada de Goya, ese Bernhard sordo. La interpretación de Glenn Gould de una sonata de Beethoven (y esta mención a Gould, la única del texto, es el cordón umbilical que une Maestros antiguos con El malogrado, donde la sombra del excéntrico pianista canadiense destruía para siempre al protagonista de la novela). La amistad de Atzbacher y de Irrsigler, el guardián del museo que siempre le reserva a Reger el banco de la sala Bordone, ese lugar misterioso donde la conjunción de luz y temperatura, claridad y frescor, le permiten entregarse a sus pensamientos. El recuerdo de su esposa, muerta hace mucho tiempo por culpa de un absurdo accidente al resbalar en una calle helada, muerta por la incuria del ayuntamiento de Viena y por la negligencia criminal de un hospital católico. Entonces, casi al final del libro, como una explosión de angustia, una insoportable y anhelante melodía mahleriana, se revela la gran herida, la falla monstruosa que el crítico musical del Times achaca a esa cultura incapaz de explicar nada, ese arte incapaz de darnos amor, consuelo o cobijo:

Estaba allí sentado y miraba las cartas que había escrito mi mujer en el transcurso del tiempo y leía las notas que había tomado en el transcurso del tiempo y lloraba a lágrima viva. Nos acostumbramos durante decenios a un ser humano y lo amamos durante decenios y lo amamos en definitiva más que a cualquier otro y nos encadenamos a él, y cuando lo perdemos, es realmente como si lo hubiéramos perdido todo. Siempre había creído que era la música la que lo significaba todo para mí, a veces al fin y al cabo que era también la filosofía, la literatura elevada y más elevada y elevadísima, lo mismo que, en general, que era sencillamente el arte, pero todo eso el arte, el que sea, no es nada en comparación con ese único ser querido. Cuántas cosas hemos hecho a ese único ser querido, dijo Reger, en cuántos miles y miles de sufrimientos hemos precipitado a ese ser al que, más que a cualquier otro, hemos querido, cómo hemos atormentado a ese ser y, sin embargo, lo hemos querido más que a cualquier otro, dijo Reger (…). Todos esos libros y escritos que he reunido durante mi vida y que he llevado a mi piso de la Singerstrasse, para abarrotar todas esas estanterías, no me habían servido al final de nada, mi mujer me había dejado solo y todos esos libros y escritos eran ridículos (…) Llenamos nuestra caja fuerte espiritual de esos Grandes Ingenios y Maestros Antiguos y recurrimos a ellos en el momento decisivo para nuestras vidas; pero cuando abrimos esa caja fuerte espiritual, está vacía, ésa es la verdad, nos quedamos ante esa caja fuerte espiritual vacía y vemos que estamos solos y realmente por completo sin recursos, así Reger.

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