Cuando la literatura infantil se llamaba Antoniorrobles

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El escritor republicano Antonio Robles Soler en una imagen de archivo. / cervantesvirtual.com

Cerca de un magnífico teatro que hay abandonado y hecho una ruina en la parte alta de San Lorenzo de El Escorial (Madrid) vivía una vez un hombre muy bueno que escribía cuentos para niños y también era dramaturgo, novelista, periodista, humorista y un poco presumidillo. Se llamaba Antoniorrobles, todo junto. Cuando acabó la Guerra Civil, allá en febrero de 1939, se tuvo que marchar de España para que no le mataran, pues era republicano conocido y reconocido por su labor pública a favor de la educación de las niñas y los niños, y los militares sublevados que habían ganado la guerra eran unos bestias que odiaban la inteligencia y solo querían meterles miedo a los niños.

El caso es que Antoniorrobles, lo mismo que aquel otro Antonio, el poeta, y muchos más salió derrotado y tuvo que cruzar a pie los pie los Pirineos desde Cataluña hasta Francia y allí, en los arenales de las playas que llegan hasta Marsella, estuvo con muchos miles de refugiados y sobrevivió al frío, el hambre, la locura y las inclemencias hasta que por suerte lo llevaron a México en uno de aquellos barcos que el presidente Lázaro Cárdenas, un hombre muy bueno, puso a disposición de los republicanos españoles. Los tres primeros buques se llamaban el Sinaía, el Mexique y el Ipanema. Después zarparon otros, pero enseguida estalló la Segunda Guerra Mundial y el último que salió de Burdeos, el Cuba, ya iba con los nazis pisándole los talones.

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Por aquel entonces México era un país con menos gente que ahora y la mayoría muy pobre, como ahora. Necesitaba maestros y personas instruidas que enseñaran a los habitantes los saberes principales que hay en la vida, que son el saber para vivir, el saber por el placer y el saber por el saber. Y Antoniorrobles se puso a la tarea, escribía cuentos y los leía por la radio para enseñar geografía a los niños y las niñas de aquel enorme país  norteamericano y para que se aficionaran a leer y a escribir, y desarrollaran su imaginación. Allí le querían mucho. Y sus personajes Botones, Azulita, Rompetacones y los Hermanos Monigotes se hicieron muy amigos de los niños.

Fijaos si le querían que le dieron un oficio: profesor de maestros. Y para que siguiera haciendo lo que sabía, crearon para él la Cátedra de Literatura Infantil en la Escuela Normal de la ciudad de México. Ya sabéis que en este país hay ahora algunos jerifaltes muy malos que odian a los maestros y ordenan a los policías que les disparen y los secuestren y los desaparezcan, como pasó hace poco en la ciudad de Iguala. Pero esa es otra historia. Como Antoniorrobles había sido periodista en España, allí en México también escribía artículos en el diario Excelsior.

En una novela muy seria (y un poco triste) que publicó en el año 1944 con el título El refugiado Centauro Flores, contaba cómo iban desapareciendo los republicanos de mayor edad mientras en España se iba asentando la dictadura brutal y cruel. “De un tiempo a esta parte –decía el Centauro a los compatriotas- sólo nos vemos en El Gayoso”. “Sí –le contestaba uno-, hasta la tertulia de los Cuatro Gatos se va quedando vacía”. El Gayoso era el salón de la funeraria, el tanatorio como si dijéramos.

Ya en aquella novela deliciosa (y un poco triste) se notaba que el Centauro Flores que, como todos los centauros tenía cuerpo equino y cabeza humana, y que había trotado por Alemania y entrevistado a Hitler para un periódico de la UGT, y también por Italia con Mussolini, que se enfadó mucho porque Flores llegó tres minutos tarde a la cita para trotar con él por la Toscana… Digo que ya se le notaba un poco la morriña o, mejor, la añoranza de su tierra castellana. Pero se aguantó hasta que 33 años después pudo volver a Robledo de Chavela, donde había nacido, y a San Lorenzo de El Escorial, donde su padre fue médico.

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Antoniorrobles con Carmen Martín Gaite en un encuentro en 1977. / cervantesvirtual.com

Cuando volvió a España en 1972 era ya un hombre mayor, tenía 77 años, y se quedó a vivir en San Lorenzo de El Escorial. El país había cambiado y de la Institución Libre de Enseñanza pocos se acordaban, sus más de cien cuentos para niños eran desconocidos, su primer libro, Veintiséis cuentos por orden alfabético, había desaparecido; de sus Ocho cuentos de niñas y muñecas no quedaba ni rastro, y otro tanto ocurría con Los Hermanos Monigotes. ¿Quién se iba a acordar de que en 1932 recibió el Premio Nacional de Literatura? Y aunque se acordara, ¿quién iba a hablar si todavía estaba prohibido elogiar a la II República y a los republicanos? Eso sin contar que los mandones de la dictadura imponían unos moralismos seudoeducativos más rancios que el tocino viejo. La literatura infantil seguía bajo la lupa de aumento de la censura y muy pocas veces lograba desatar las amarras del clero y del miedo.

Él había rechazado el miedo como método de educar a los niños. Creía que se podía y debía educar a la infancia sin aquellas fantasías de atrocidades, violencias y hechos escabrosos que dominaban los cuentos en su tiempo, y precisamente por eso había empezado a escribir en los años treinta unos relatos nuevos, llenos de humor, de juegos de palabras, de personajes sencillos, reconocibles y asequibles a los niños que, por ser tan innovadores, tan cercanos a la realidad infantil y tan cargados de amor, poesía, bondad, amistad, pacifismo y solidaridad le valieron el título de “padre de la literatura infantil contemporánea” en nuestro país. Pero claro, de aquello hacía ya mucho tiempo y mucho silencio.

Entonces la escritora Carmen Martín Gaite, que ya era muy querida e importante, se puso a hablar de él y dijo que era “genial, irónico, tierno y surrealista”, que le había servido de inspiración y que “detrás de mis mejores cuentos late la sombra de Antoniorrobles”. Eso dijo. Y enseguida salió en los periódicos, lo que llevó a algunos editores a pensar que no debían privar a los niños de sus cuentos y a decidir publicarlos de nuevo. Luego, cuando llegó el año 1979, que fue Año Internacional del Niño, le llamaron del Centro Nacional del Teatro y le hicieron un homenaje. Pero como la gente no dura siempre y él ya era anciano, se murió cuatro años después. Ayer, 23 de enero, se cumplió el 32º aniversario. En su recuerdo pusieron su nombre, que completo y por separado era Antonio Robles Soler, a un colegio muy hermoso que construyeron en la falda de la montaña de San Lorenzo de El Escorial. Yo he pasado por delante y me he parado a mirar los libros recomendados para este curso, pero no he visto ninguno suyo. Se nota que las ediciones se agotan enseguida y que tendrán que hacer más.