Patricia Highsmith, la autora que se codeó con el mal

Patricia Highsmith en el programa de televisión After Dark, en junio de 1988. / wikimedia.org ter
Patricia Highsmith en el programa de televisión After Dark, en junio de 1988. / wikimedia.org

La editorial Anagrama acaba de sacar a luz una colección de compactos que bajo el título de Anagrama Negro pretende dar a conocer los clásicos del thriller. Jorge Herralde fue el primero en publicar a una autora norteamericana, Patricia Highsmith, hace muchos años, casi se confunden con la fundación de la editorial misma. Aquello fue un riesgo en tiempos de riesgo, pero la supuesta sombra del fracaso se trocó en éxito fulgurante porque coincidió con un momento muy especial de cambio en la sociedad española, y ello se refleja en los libros que más vendía la editorial de Herralde por aquellos años, las obras de Mao Tse Tung, como se escribía entonces, y Patricia Highsmith. Ahora, coincidiendo con el lanzamiento de la colección y el cumplimiento de los veinte años de la muerte de la escritora, Anagrama publica seis títulos emblemáticos de la bibliografía de la autora más perversa que ha dado la sociedad norteamericana, aquella que a su manera llegó por donde Carson MacCullers apuntaba en sus terribles novelas llenas de logros poéticos.

Los títulos elegidos son sintomáticos y poseen una calidad fuera de toda sospecha: El talento de Mister Ripley; Extraños en un tren; Crímenes imaginarios; Ese dulce mal; El grito de la lechuza y El diario de Edith. Anagrama posee los derechos de 22 novelas, 7 libros de relatos y un ensayo y ha visto como en los últimos años la obra de la Highsmith pasó del cielo de las superventas al purgatorio obligado después de la muerte de un autor, purgatorio del que muchos no terminan de recuperarse en muchos años, si lo hacen. Herralde, que ahora estrena nueva editora y empresa editorial, cree que ya va siendo hora de volver a poner a la Highsmith en candelero y para ello no ahorra calificativos propios de un titular de prensa, como que la Highsmitht era “una artista del mal”. Es un buen titular, pero además es que en ello se halla una verdad apenas disimulada.

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En realidad esta apetencia repentina por publicar de nuevo a Patricia Highsmith, a ponerla de moda, parte de una estrategia editorial internacional donde están implicadas casas como Virago, en el ámbito anglosajón, que publicó en su momento a la autora norteamericana, o Bompiani, la poderosa editorial italiana, con el concurso siempre inapreciable y de tan largo alcance como el del mundo del cine, no olvidemos que gran parte de la fama de Patricia Highsmith proviene de que se llevaron a la gran pantalla buenas adaptaciones de algunas de las novelas de Ripley, inolvidable Alain Delon, y con remakes a veces no tan memorables.

Así, con motivo de los veinte años de la muerte de Patricia Highsmith, Todd Haynes está rodando Carol, con Cate Blanchett de protagonista, y Andy Goddard hará lo mismo en fecha con El cuchillo, con Patrick Wilson y Jessica Biel, mientras se adaptan otras novelas como Mar de fondo y Ese dulce mar. En verdad Patricia Highsmith estaba obsesionada con el elemento marino, donde es probable que lo utilizara como metáfora de la libertad pero también, no olvidemos el otro lado siempre presente en sus libros, el sitio donde las leyes humanas se desvanecen y uno campa a sus anchas en un espacio que se antoja infinito.

Si a esto le añadimos que el pasado año se estrenó Las dos caras de enero, dirigida por Hossein Amini y protagonizada por Vigo Mortensen, la operación puede resultar un éxito, pero intuyo que estos tiempos no son propicios para un vuelco espectacular: Patricia Higsmith es escritora que pertenece a un tiempo donde la transgresión se produjo en medio de una sociedad muy conservadora, como eran los años de Eisenhower. Extraños en un tren, la primera novela que escribió Patricia Highsmith es obra terrible para uno tiempo en que la realidad se vivía con todas sus consecuencias. Dudo que en tiempos actuales donde realidad y virtualidad se unen en aras de una banalidad respecto al mal y a la violencia la complejidad psicológica de los personajes de la Highsmith tengan el tirón que consiguieron en su momento.

En cierta manera las novelas de Patricia Highsmith son demasiado complejas ahora para que vuelvan a tener el tirón popular de otros tiempos, los ochenta, la década que la endiosó, y todo ello, si se me permite, a pesar de sus tramas medidas hasta la exhaustividad, de la posesión llena de talento para el suspense. Ripley es personaje anterior a esos paranoicos surgidos en los noventa. Comparado con los personajes de las novelas de Easton Ellis adquiere la talla de un Julien Sorel. En esas estamos, pero si hay algo cierto es que las novelas de la Highsmith pertenecen al ámbito de los clásicos. Eso no admite dudas. Ripley pasará como el primer psicópata de nuestra posmodernidad. Al tiempo. Y no es baladí que un personaje como Alfred Hitchcock, que sabía algo de perversidades, escogiera Extraños en un tren para realizar una película tan de las suyas, ay, esa maravillosa interpretación, tan contenida, de Ben Affleck. Fue la primera novela de esa, entonces, muy joven mujer, con cuya adaptación cinematográfica viajó a Europa y en ese continente se le ocurrió la creación del psicópata Ripley, al que luego el cine adaptó en A pleno sol como el título de la versión para la pantalla de El talento de Mr. Ripley. Fue poco antes de publicar Carol, donde se describía casi por primera vez en Norteamérica una relación lésbica.

Patricia Higsmith era mujer muy extraña, en eso hacía honor a sus novelas y yo coincidí con ella en el Festival de Cine de San Sebastián, creo que en el 83, donde estaba invitada. Guillermo Cabrera Infante, que andaba también por allí, la cogió especial manía. Siempre que podía la lanzaba una andanada. Supuse, y creo que bien, que Cabrera estaba dolido porque admiraba a la Highsmith, pero esta mujer era de carácter difícil, muy difícil. Patricia Highsmith, la mujer que sintió que el mundo era un lugar inhóspito desde su nacimiento.