El Cid contra el Estado Islámico

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Estatua del Cid en Burgos. / Wikipedia

De los numerosos anacronismos y gazapos más o menos voluntarios que jalonan El Cid, la película de Anthony Mann producida por Samuel Bronston, quizá el mayor de todos sea uno que explota como una granada en los oídos poco antes del intermedio. Es cuando Jimena, encarnada en la rotunda hermosura de Sophia Loren, pregunta por qué. Por qué su marido no puede resignarse a una tranquila vida de agricultor, por qué vienen de nuevo a reclamarlo como caudillo, por qué está destinado a conducir hombres a la batalla. Rodrigo Díaz de Vivar, desde las mandíbulas férreas de Charlton Heston, contesta con un grito de guerra: "¡Por España!"

Faltaban todavía varios siglos para que surgiera España como nación e incluso como concepto; la Península Ibérica, en aquellos tiempos, era un revoltijo de reinos cristianos peleados entre sí y buena parte del sur y del levante estaban bajo dominio musulmán. Pero el grito intempestivo de Rodrigo servía tanto a los intereses de Bronston para enraizar su imperio cinematográfico en la polvorienta España franquista como al inimaginable ego de aquel general rechoncho y genocida que se creía un avatar del gran héroe castellano. Quienes criticaron y critican la película desde esta perspectiva ideológica, olvidan que ya el propio Poema del Cid, la obra fundacional de la épica castellana, tergiversa y manipula los hechos históricos no sólo en función de su vigor dramático sino también de un palpable oportunismo político. En este sentido, el Cid del Poema resulta no menos fantasioso que Lancelot, Ariosto o Roland.

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Dicho sea de pasada, esta fabulación literaria sobre el perfecto caballero andante se prolongaría durante toda la Edad Media, desde el cantar de gesta hasta la novela de caballerías, para desembocar finalmente en el Quijote. En cierto modo, el Quijote es un Cid de regreso al destierro, un Cid fuera de época, sin reino, sin mesnadas, un Cid anciano y fantasmal, confundido por la llanura de La Mancha. Sin embargo, para Alonso Quijano, el Cid no era el modelo caballeresco ideal, le faltaba la fuerza sobrehumana de muchos de sus héroes:

Decía él, que el Cid Ruy Díaz había sido muy bien caballero; pero que no tenía que ver con el Caballero de la Ardiente Espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes.

Como cuenta con todo detalle Jesús García de Dueñas en El imperio Bronston, su exhaustivo estudio sobre el productor, para escudarse ante las críticas y reproches que sabía iban a llover sobre la película, incluso antes de empezar el rodaje, Samuel Bronston se parapetó tras el mayor erudito vivo sobre el Poema del Cid. A pesar de su avanzada edad, Ramón Menéndez Pidal comprendió perfectamente la oportunidad única que le brindaba el productor norteamericano: darle al héroe fundacional de la literatura castellana, gracias a la magia del celuloide, una proyección popular universal. Charlton Heston, que ya estaba trabajando muy duro con el gran maestro de esgrima Enzo Musumeci Greco y perfeccionando sus movimientos coreográficos con lecciones de toreo de salón a cargo del matador Domingo Ortega, afiló su visión del personaje en una visita al eminente sabio de la que Bronston sacó oportuna publicidad. A pesar de sus evidentes diferencias físicas, intelectuales y profesionales, el erudito aprobó el enfoque del actor, que quería interpretar al Cid "como un Job bíblico, un hombre con gran capacidad de resistencia". Menéndez Pidal también estuvo encantado de asesorar al gran Miklos Rozsa, el compositor encargado de la banda sonora, sobre la música arabigo-andaluza y los instrumentos de la época e incluso le aconsejó que estudiara las Cantigas de Santa María como fuente de inspiración.

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La escena del torneo, rodada en el castillo de Belmonte (Cuenca). / Wikipedia

Ya había voces estentóreas que clamaban por el ultraje que suponía que unos extranjeros entraran a saco en el corazón mismo de la épica castellana, pero con la bendición de Menéndez Pidal (y de su hijo Gonzalo, acreditado como asesor histórico y lingüístico de la superproducción) y del especialista en historia medieval, Harold Lamb, Bronston obtuvo el respaldo intelectual que necesitaba para poner en marcha el rodaje. A pesar de los anacronismos históricos y conceptuales señalados en una detallada y asombrosamente ecuánime acta de la Junta de Censura, la película supuso un memorable esfuerzo por levantar un tiempo y un espacio inéditos para el séptimo arte. "No se ha pretendido hacer una película histórica" señalaba el acta, "sino una película caballeresca". Y aun podían haber añadido, como lo bautiza Jesús García de Dueñas, un "western medieval".

Hubo, eso sí, algunas "instrucciones" inevitables: "Rollo 4º: Dejar reducida al mínimo la secuencia amorosa entre el Cid y Doña Jimena, y eliminar la frase de él: "¿Por qué no hemos de convivir moros y cristianos en paz?". Rollo 9º: Reducir al mínimo la lucha fratricida a puñal. Rollo 10º: Suprimir la escena en el harén. Rollo 13º: Suprimir el beso largo en la boca, dejando solamente el último, suave, entre el Cid y Doña Jimena, en la escena de la reconciliación".

El Cid, el mayor éxito en la carrera de Bronston, concluía con la legendaria batalla que gana el héroe después de muerto, estrafalaria cualidad que, como bien señala García de Dueñas, se convirtió para el mundo entero en "la encarnación del carácter quijotesco español". Vista hoy día, en la cuidada restauración supervisada por Martin Scorsese en 1993, la película, a pesar de su extenuante metraje y de ciertos desmayos de ritmo, mantiene intacta su grandeza, su flamante colorido y su poderío visual. Y, como algunas obras de arte inmunes al deterioro de la edad, con el tiempo ha adquirido nuevos e inquietantes significados. Ni Bronston ni Menéndez Pidal ni mucho menos el anónimo autor del Poema, podían imaginar el eco tenebroso de un anacronismo imprevisto, el que se produce cuando Herbert Lom, encarnando al tenebroso Ben Yusuf, aparece cubierto de negro de la cabeza a los pies y arenga a sus huestes a los pies de una muralla africana:

El Profeta nos ordenó gobernar el mundo. ¿Dónde, en toda España, está la gloria de Alá? Sólo hablan de sus poetas, músicos, doctores y hombres de ciencia. ¿Dónde están sus guerreros? ¿Y se llaman hijos del Profeta? ¡Se han convertido en mujeres! Quemen los libros, hagan guerreros de sus poetas. Que los médicos inventen venenos para sus flechas y los sabios máquinas de guerra. ¡Y entonces maten! Dentro de sus fronteras viven infieles, hagan que se maten unos a otros y, cuando estén debilitados, yo vendré desde África para levantar el imperio del único Dios, Alá. Nos expandiremos, primero por España, luego por toda Europa, después por el mundo entero.

Secuencia inicial de la película con el discurso de Ben Yusuf. / guru006 (YouTube)
1 Comment
  1. Pelayo Molinero Gete says

    Oportuno comentario. Anacronismos que no han hecho nada más que dañar a lo que queda -si queda algo- de Castilla.

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