Rastreando las huellas de la memoria

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Los actores Sato Díaz (izda.) y Fernando Escudero, en una escena de la obra 'El valle de los cautivos'. / Antonio Castro

La obra, dirigida por Paco Vidal, que antes estrenó en esta misma sala Nápoles millonaria, y escrita por Pedro Martín Cedillo, e interpretada por el Grupo de Teatro Laberinto, Fernando Escudero, Fran Cantos, Noelia Tejerina, Marcos Toro, Sato Díaz, compañero de cuitas en cuartopoder.es y Juan Calot, ha conocido cierto éxito para lo que nos tiene acostumbrados el teatro de este tipo hasta el punto de que este post está haciendo mención de una prórroga en las representaciones, algo raro y digno de ser tenido en cuenta.

Pero es que ésta El valle de los cautivos, que se representa los domingos en la Sala Tú de la calle Velarde, en pleno barrio de Malasaña, es obra digna de este tipo de comentarios. Desde luego por el texto de Martín Cedillo, muy alejado de los tópicos habidos sobre la guerra civil, la posguerra y la memoria histórica, pero también porque han hecho de la necesidad virtud ante la falta de recursos con que cuenta la sala, ya que hay continuos saltos históricos entre los años de construcción del Valle de los Caídos y la época actual, que se resuelve de manera bastante inteligente prodigando pistas muy evidentes para que el espectador se coloque en el momento adecuado, es decir, no le cueste trabajo asistir al proceso de investigación en que puede resumirse, en realidad, la obra.

Reconozco que iba prevenido ante el espectáculo de toparme con una obra didáctica sobre la memoria histórica, la posguerra y su represión, para uso de jóvenes generaciones, pero la obra, por suerte, contiene más enjundia y, lo que nos vale aquí, más complejidad dramática: Javier es un periodista que necesita saber de ciertos orígenes familiares para encontrarse a sí mismo, algo que se da por hecho y que nos vale si la tomamos como metáfora de la cuestión psicológica de todo un colectivo que quiere saber de sus muertos. Tiene la obsesión del destino de su abuelo, Lázaro Cedilllo, que estuvo en los trabajos forzados de la construcción del Valle de los Caídos, en el futuro Mausoleo de Franco y José Antonio Primo de Rivera, el Gran Ausente, y eso le lleva a entablar relación con Saturio Soriano, un antiguo preso de Cuelgamuros, que estuvo en los trabajos forzados con el abuelo de Javier y con quién le unió un lazo de amistad y camadarería que sólo el suicidio de Saturio desvela, muchos años después, en su verdadero destino, al modo del drama clásico, que es, en el fondo, lo que nos vale de toda esta historia. No en vano la cosa recuerda al mito prometeico.

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Cartel de la obra.

Hay una carta que hace que Javier sepa de la verdadera relación entre Lázaro y Saturio y que resolverá en cierto modo su búsqueda, cambiándole la concepción del mundo que hasta entonces tenía. Para ello tiene que haber un suicidio, el del Saturio, claro, pero conviene que no desvelemos gran cosa de más porque la obra, su equilibrio dramático, se basa en esta resolución, el descubrimiento final de la verdad y, por lo tanto, del suicidio de Saturio que es el arranque de la obra.

Desde luego que hay elementos muy concretos que nos remiten a los años oscuros de la represión franquista pero la obra no cae en cargar las tintas en hechos históricos y sobradamente conocidos sino que sirve de negro transfondo para llevarnos por los vericuetos de la condición humana, llenos de traiciones, crueldad y egoísmos previsibles, pero donde también hay lugar para el compañerismo, la fraternidad y la amistad, hecho que se recalca , esta vez, sí, con fruición didáctica, pues no hay que olvidar que es obra de clara concienciación social pero de una fineza que elude la pincelada fácil aunque no nos resistimos a ver en el monólogo final una reiteración a lo ya expuesto con mucha mayor expresividad.

El trabajo de los actores es excelente: Sato Diaz interpreta a un Saturio muy convincente; Fernando Escudero realiza un Lázaro de alta calidad, y el trabajo de estos dos actores merece ser destacado no porque el resto no les vaya a la zaga sino porque son los que más se lucen por los papeles asignados, los de más hondura dramática y mayor complejidad psicológica. Cómo no, Juan Calot, claro.

Complejidad psicológica que posee, en demasía por la cantidad de papeles asignados, la mujer interpretada por Noelia Tejerina, que es el hilo conductor donde confluye el drama pero que resulta algo esquemático porque no se puede ser madre de Javier, esposa, novia, en un contexto que exige una conceción muy individual en los personajes del drama. Es metáfora, evidente, de la condición femenina pero por eso mismo peca de evidente simbolismo. Le resta humanidad por tener demasiada.

Fran Cantos realiza una interpretación acorde con su condición de guardia del campo, terrible, y, por supuesto, Javier, que interpreta Marcos Toro, que pasa de la necesidad casi bisoña al conocimiento en una graduación my medida y convincente. En fin, una obra de la que hay que resaltar su complejidad en una historia proclive a los esquematismos más fáciles, un reparto de actores de muy alta calidad y unos recursos dramáticos en escena muy inteligente sy que a través de los cambios de luces consiguen que el espectador se sumerja en los distintos tiempos con total comodidad.

El valle de los cautivos transciende el tema histórico que trata en aras de una universalidad ganada a pulso y difñcil de hallar en obras similares. De lo mejor que se exhibe en este tipo de salas en estos momentos y que está llamada a perdurar.

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