DAVID TORRES | Publicado: - Actualizado: 6/1/2017 19:28

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El escritor Fernando Marías en una imagen de archivo. / © Laura Muñoz

La Isla del Padre, o Padre Island, es un estrecho banco de arena, de más de doscientos kilómetros de longitud, situado en el golfo de México, muy cerca de la costa sur de Texas. No parece una isla sino más bien un prolongado arrecife, una larga joroba brotando del mar, atravesada longitudinalmente por una carretera y sobre la que se ha construido una interminable sucesión de hoteles, restaurantes, parques acuáticos y complejos turísticos. La Isla del Padre no tiene nada que ver con la novela homónima de Fernando Marías y estoy razonablemente seguro de que Fernando no la conocía ni de oídas antes de empezar a escribir la novela o de pensar en el título. Aunque la isla real y la imaginaria no se parecen en nada, coinciden en una cosa: Padre Island es una barrera natural que protege la costa de Texas de las inclemencias del mar, del mismo modo que la vida de un padre, cuando el padre es un hombre bueno y piadoso, defiende y ampara hasta el último aliento la vida de un hijo.

Ganadora del prestigioso premio Biblioteca Breve 2015, La isla del padre es un libro extraordinario desde cualquier punto de vista. No se trata exactamente de una novela ni de un libro de memorias (aunque participa de ambos géneros), pero también tiene algo de crónica familiar, diario existencial, análisis psicológico, e incluso artefacto metaliterario que se interroga de cuando en cuando por la amplitud y el sentido de la narración. El resultado, sin embargo, es de una pureza y una claridad deslumbrantes: llega destilado al lector a través de una sucesión de frases breves, sencillas y contundentes, una naturalidad esencial, como sólo puede tenerla un narrador con muchos libros y muchos años a sus espaldas. Es, con diferencia, el mejor libro de Fernando Marías (y eso ya es decir mucho), pero da la impresión de que todos los anteriores (entre los que se cuentan algunas de las novelas más imaginativas y emocionantes de las últimas décadas) sólo le hubieran servido como preparación para éste.

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Cubierta del libro de Fernando Marías.

Frente a algunos novelistas juveniles que empiezan contando sus borracheras o sus noviazgos, Fernando Marías ha necesitado toda una carrera literaria para tomar la distancia que le permitiera saltar hacia sí mismo. Después de un largo y fructífero rodeo a través del género negro, la novela de aventuras, la novela juvenil, la fábula terrorífica; entre conspiraciones secretas, dictaduras imaginarias y fantasías espeluznantes, el escritor se encuentra ante el lecho de muerte de su padre que, justo antes de morir, le coge la mano e intenta decirle una palabra que finalmente no sale de sus labios. La tentativa de encontrar esa palabra, de decir esa palabra, ha cuajado en esta novela honesta, hermosa y terrible, que habla de la relación entre el padre y el hijo, el cariño, la desconfianza, los malentendidos, el amor y la nostalgia.

Pocos libros me han emocionado tanto en los últimos años, quizá porque en muy pocos he sentido que estaba palpando la verdad desnuda, el tuétano mismo de la narración, donde cada palabra no está colocada para buscar un determinado efecto sino porque, sencillamente, no podía haber otra. Por ejemplo, la escena impresionante de la agonía en el hospital, que tiene la lucidez y el espanto de Amor de Haneke, está contada con la sinceridad de lo ya vivido, con el temor de lo que inevitablemente tenemos que vivir. Vivir la muerte para renacer en la vida, prepararse “a bien morir”, como decían los clásicos: tal es el valor de estas páginas.

La historia, además, me toca personalmente por muchos motivos, porque Leonardo, el padre de Marías, al igual que mi padre, fue marino mercante, y al igual que mi padre, por obvios motivos laborales, pasaba largas temporadas fuera de casa. El momento en que el pequeño Fernando, de apenas año y medio, se encuentra con su padre, al que nunca había visto y que acaba de llegar de una travesía por medio mundo, en medio del pasillo de la casa de Bilbao, marca el comienzo de lo que el narrador llama “el miedo mutuo”, un abismo que ambos deberán ir salvando a lo largo de las décadas. “¿Quién es ese hombre?”, la pregunta que se hizo ese crío asustado ante esa figura alta e incomprensible, es la misma que vertebra la narración, que comienza con la muerte y se va llenando de vida, que tira el sedal hacia atrás para recobrar el sabor perdido de la infancia, las reuniones familiares, la pasión por el cine y los libros.

El hombre que empezó escribiendo libros juveniles y falsos documentales televisivos junto a Juan Bas (de uno de ellos nació La luz prodigiosa, una historia alucinante sobre la posibilidad de que Lorca sobreviviera a su fusilamiento), el mismo escritor que en Invasor trazó la pesadilla de la intervención española en Irak, ha descubierto al fin que no hay mayor maravilla que la propia vida ni misterio más inexplicable que uno mismo.

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