Vuelve lo mejor de ‘La Bestia’

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James Ellroy, durante el encuentro que mantuvo con los medios de comunicación ayer, día 18, antes de participar en el Festival Internacional de las Letras de Bilbao 'Gutun Zuria'. / Luis Tejido (Efe)

Lo de La Bestia es apelativo que le encanta porque dentro de este mundillo de marketing puro y duro James Ellroy se ha ganado fama justa de ser un escritor broncas, un poquillo hijo de puta, un mucho de borde y eso en la sociedad anglosajona fascina mucho porque su imaginario es ya plenamente de clase media, es decir, un imaginario que pide a gritos marginados para justificar su vida de suburbio de medio lujo. James Ellroy les ofrece sumergirse en lo más oscuro del inconsciente humano, con su correspondencia geográfica en los arrabales de negros de Los Ángeles, y la clase media lectora se lo agradece leyéndo esas historias que prefieren ocurran lejos de su jardín. El hecho de que la madre de Ellroy fuese violada cuando él era un adolescente, añade cierto halo de verosimilitud a sus truculentas historias. El hecho de sus extrañas y problemáticas relaciones con las mujeres sólo es ya un valor añadido a lo anterior. El que a veces sea un excelente escritor parece ser lo de menos, pero lo cierto es que lo es todo.

Perfidia, que ha publicado entre nosotros Random House, es de lo mejor de Ellroy. Es mucho decir. No siempre lo que sale de la pluma de este escritor es excelente. Mis rincones oscuros, con su delirante halo de confesión extrema, tenía mucho de exhibicionismo obligado para no perder ese gesto de marca Ellroy que le caracteriza. Ambigüedad entre lo que se espera de un escritor que vende una imagen y lo que de genuino haya en él. Lo curioso de Ellroy es que la identificación entre su imagen y su sufrimento es real, no se concibe el uno sin el otro, como no podía ser de otra manera tratándose del autor de La Dalia negra o L.A. Confidencial, obras que son ya clásicos de la serie negra hard boiled, que es la que Ellroy frecuenta, convirtiéndole en un digno sucesor de Dashiel Hammett o Raymond Chandler, cosa que en el fondo le encanta, aunque por ahí anda también la concisión telegráfica de un estilo que consiguió en el relato de Ernest Hemingway, Los asesinos, cotas de obra maestra y que luego ha repetido con mayor menor fortuna el realismo sucio, donde hay grandes poetas del asunto, como Raymond Carver.

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Cubierta de la obra de James Ellroy.

Perfidia se abre con el hallazgo de una familia de japoneses abiertos en canal en 1941, algo que para la policía podría haber sido tomado como un suceso cotidiano dentro de las normas de sucesos escabrosos de la ciudad de Los Ángeles sino se hubiese cruzado el ataque japonés a Pearl Harbor y la paranoia antijaponesa que se desató en California donde había una gran colonia de emigrantes japoneses que inmediatamente, fueron recluidos en campos de concentración y sólo liberados al finalizar la guerra. La trama es fascinante, brutal, no deja respiro, es densa, agobiante, y a ello contribuye el que Ellroy nos haya colado a personajes que ya aparecen en novelas suyas, iniciando así el llamado Segundo Cuarteto de Los Ángeles, recordemos que el primero estaba formado por La Dalia Negra, El gran desierto, L. A. Confidencial y Jazz blanco, nada menos. Para ello nos introduce en lo más granado de algunos de sus afamados héroes, desde el Sargento Dudley Smith a Lee Blanchard, Kay Lake o el mismísimo Ward J. Little, el de Seis de los grandes, que aquí aparece como un personaje secundario, honrado y gris agente federal.

El personaje más bestia creado en esta novela por La Bestia es Dudley Smith, más que el detestable Lee Blanchard, boxeador, sexualmente traumatizado porque violaron a su hermana, y que mata por pura debilidad de carácter y porque está colado por Kay Lake, a la que debería dar un escarmiento pero no la toca un pelo, y eso le lleva a la perdición.

Pero veamos a Dudley Smith. Lo tiene todo: corrupto, irlandés católico lleno de prejuicios, borrachuzo, drogadicto, ladrón, agresivo a raudales... un manipulador de policías brutales en un mundo de brutales relaciones. Pero es, también, un sentimental: le da por matar japoneses a sangre fría, manipula a la mafia de Chinatown, pero a la hora de relacionarse con Bette Davis, su amante, entra en la categoría, incluso, de bonachón. Como la relación que mantiene con su hijastra Beth. Puro Ellroy esa mezcla violenta de claroscuros al modo de Caravaggio. Los contrastes son demasiado tendentes a dar de lado los grises, pero en la novela funciona porque la narración es puro horror, todo se decanta hacia lo tenebroso pero con retazos brillantes de luz, hiriente en su brillo, por otro lado. Son los sentimientos que redimen en cierto modo a los monstruos haciéndolos humanos. La vida misma.

En fin, el propio alcalde , corrupto, claro, en un mundo de corrupción, desidia, racismo y violencia donde la moda es la caza del japo pero detrás de todo ello está el anticomunismo nada larvado y la toma de posiciones ante la caza del rojo que se producirá una vez acabe la guerra. La ciudad que describe Ellroy es una tierra devastada con nombres y apellidos muy concretos, es una ciudad que odia, sí, pero también ama como sólo la pueden amar los desposeídos o aquellos que conocen lo que es ser desalmado o lo han conocido de primera mano. Creo que Ellroy es el autor que mejor describe el mundo sin alma hoy día. Es el sucesor , en este sentido, del autor de Cosecha roja y quizá lo que tengamos que reprochar a Ellroy, a favor de Hammett, es que nuestro autor es representante de unos tiempos en que la elegancia, de espíritu, ha desaparecido.

Perfidia es de lo mejor de Ellroy. Y eso es decir mucho. Lo dije antes, pero no me importa repetirlo.


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