El dedo de Goytisolo

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Juan Goytisolo, durante su discurso en el acto de entrega del Premio Cervantes, el pasado 23 de abril. / Efe

Juan Goytisolo señaló la luna y muchos miraron el dedo. Se fijaron en el traje, en la corbata, en su sombrío malhumor, en los breves cuatro folios hirvientes que parecían fuera de lugar. Se fijaron en la contradicción de haber despreciado en su día el premio y luego ir a recogerlo (como hizo en su día Cela), en la supuesta hipocresía de denunciar la injusticia contra los desahuciados españoles y los inmigrantes de la valla de Melilla, en vez de dedicar la ocasión a glosar la barbarie del régimen marroquí, como si le estuvieran dando el Cervantes en Marrakech, como si el Quijote no cabalgase por La Mancha sino por las llanuras pedregosas del Sahel. Evidentemente, puesto que del Quijote se trata, Goytisolo vio gigantes donde sólo había molinos. La plana mayor de la intelectualidad hispánica, la flor y nata del culturismo, el ministro Wert, los prebostes locales, los flamantes reyes: todo parecía un episodio más de la Ínsula Barataria.

En efecto, muchos hubieran preferido ver a un escritor adecentado, domado y bien peinado, recoger su premio sonriendo y moviendo obediente la pluma como un perrito el rabo. Soltar un discurso pomposo y hueco sobre la riqueza del español, la grandeza enorme de ese idioma común (cada vez menos común, menos grande y menos idioma) donde todavía no se pone el sol a falta de un imperio que lo sostenga. Que hablara del Quijote en lugar del Quijote. Pocos leyeron entre líneas las cargas de profundidad que caían una tras otra. Leer, reconozcámoslo, está muy mal visto. Incluso las líneas:

Ser objeto de halagos por la institución literaria me lleva a dudar de mí mismo, ser persona non grata a ojos de ella me reconforta en mi conducta y labor. Desde la altura de la edad, siento la aceptación del reconocimiento como un golpe de espada en el agua, como una inútil celebración.

A muchos les pareció que la solemnidad y el boato del acto no era lugar para lanzar un discurso de reivindicación y reconvenían a Goytisolo ("Haga como yo, joven, no se meta en política"), aquel paternal tirón de orejas con que el Caudillo resumió la paciente y aborregada labor de tantos escritores de la época. Y de la nuestra. Lo malo es que el escritor laureado se había empeñado en recordar a su modelo, Cervantes, un hombre que perdió el uso de un brazo "en la ocasión más alta que vieron los siglos", preso por partida doble, arruinado, fracasado y derrotado y que aun así pudo seguir escribiendo la historia de aquel viejo loco que liberaba a los galeotes y desafiaba al Santo Oficio.

No le importaba a Goytisolo que los galeotes liberados acabaran dándole una paliza a don Quijote, que cada aventura ridícula o victoriosa concluyese con una pedrada, una risotada, una burla. Pensó (algunos también lo pensamos) que ése, precisamente ése, era el lugar exacto donde ponerse a alancear ovejas y acuchillar pellejos de vino: justo en medio de "la exquisita mierda de la gloria", tal como la definió García Márquez, otro de los grandes cervantinos, a quien, por cierto también le reprocharon que hiciera política en su discurso del Nobel, que hablara de la injusticia de las dictaduras latinoamericanas y las familias condenadas a cien años de soledad sin hacer ni una sola referencia a su querida Cuba.

A Goytisolo muchos lo habrían mandado a vivir a Cuba hace tiempo si no fuese porque, aparte de que vive en Marrakech, también ha criticado la dictadura castrista, como también criticó la dictadura de Ashad en Siria, los riesgos de la denominada "primavera árabe", la miseria marroquí o lo que sea. Yo creo que lo que realmente molestó del discurso de Goytisolo no fue la horrorosa corbata, ni el tono gruñón, ni el guiño a Podemos, ni las circunstancias de su exilio, ni la referencia al chiringuito turístico para analfabetos que pretenden montar con los huesos más nobles de nuestro idioma, ni siquiera el justiciero anacronismo que cometió al sugerir que, de estar vivo hoy, Cervantes seguiría siendo un pobre desgraciado que habría acabado en la calle por los chanchullos de algún banquero o por no poder pagar la hipoteca. Arrabal, otro cervantino incómodo, dijo en su día que hoy le darían el Nobel a Avellaneda en lugar de al original y la lista de los premios suecos rara vez falla el pronóstico. Lo que realmente molestó a algunos sectores de la intelectualidad (vaya palabra) española fue que Goytisolo citara y paladeara un memorable oxímoron del otro Quijote trasatlántico (Cien años de soledad) en referencia al más alto circo literario hispánico."La exquisita mierda de la gloria". Un encantamiento que lo desbarató todo, el honor, el lugar, los invitados, la parafernalia y el premio. Molinos en lugar de gigantes.


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1 Comment
  1. Y más says

    Excelente articulo. Los exabruptos mal escritos de Aramburu (qué decepcionante) y el aplauso cobardón de Muñoz Molina, por mencionar a los más notables, demuestran que la envidia sigue siendo el fardo máximo con que siguen cargando los españoles.

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