Menos ferias y más libros (I)

Imagen del pasado viernes de la apertura de la 74 edición de Feria del Libro en el Parque del Retiro. / Sergio Barrenechea (Efe)
Imagen del pasado viernes de la jornada inaugural  de la 74 edición de Feria del Libro de Madrid, que se celebra en el Parque del Retiro. / Sergio Barrenechea (Efe)

Este fin de semana la Feria del Libro de Madrid se ha llenado hasta los topes de ese mismo público que ha dejado morir librerías, en España y en la capital, al ritmo de dos diarias. Cualquier lector fogueado puede hacer su propia lista de bajas y siempre se quedará corto; yo citaré únicamente dos que me tocan en lo más íntimo: la librería de viajes Altaïr de Madrid, que cerró el año pasado, y la librería Moncloa, que acaba de chapar este mismo mes. Me resulta incomprensible que una ciudad con más de cinco millones de habitantes pueda permitirse el lujo de prescindir de la última librería técnica que quedaba abierta en la capital y de la hermana pequeña de la Altaïr de Barcelona, la mejor y más antigua librería de viajes del país.

Sí, es una triste paradoja constatar que a esta clase de turista de la letras (llamarlo lector sería excesivo) le atraen más los gentíos, el polvo, las casetas, el polen y los árboles del Retiro que los libros. Al fin y al cabo, es la clase de lector que han buscado e instigado los grandes grupos editoriales, el lector que no lee libros habitualmente, que busca libros por la cara en lugar de por la prosa. Por eso la inmensa mayoría del público que acude al Paseo de Coches del Retiro va husmeando de caseta en caseta, repasando los carteles de las firmas y comprobando si la foto coincide con el señor o señora que en ese momento está sentado, sosteniendo un bolígrafo e intentando no parecer un mono. Los buenos editores saben que no hay mucha diferencia entre un librero y un escritor, a menos que el escritor haya pasado previamente por televisión.

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En cambio, el inmenso público lector no, no lo sabe, y de ahí que abunden esas confusiones tan graciosas que son la sal y la pimienta de tantas crónicas sobre la Feria del Libro. Cuando estaba de moda una serie de libros infantiles titulada «Pesadillas», un grupo de chavales se acercó a Luis Goytisolo y le preguntó: «¿Tiene usted Pesadillas?» Estupefacto, Goytisolo respondió: «No, ¿por qué? Yo duermo muy bien». Es inevitable pensar en las bienaventuranzas al ver las tremendas colas de fieles que aguardan pacientemente horas y horas para conseguir la firma de un famoso o un tertuliano y al lado un poeta insigne o una gran novelista triangulando la caída de las hojas y el vuelo de las moscas.

He participado en la Feria del Libro como escritor cinco o seis años, como librero más o menos una década y como lector toda la vida, así que me siento bastante cualificado para hablar de este curioso fenómeno cultural desde diversas perspectivas. Como escritor diría que resulta una excelente cura de humildad, como librero un negocio duro y arriesgado, y como lector un lujo o una agonía, depende de si acude uno entre semana o en fin de semana. A nadie se le escapa que, entre el alquiler de las casetas y de los tenderetes de refrescos, el verdadero negocio no es tanto para los libreros como para el Ayuntamiento. Por otra parte, diecisiete días para mostrar el panorama literario actual (con el ochenta por ciento de las casetas repitiendo el mismo catálogo de novedades) y miles de escritores de todo pelaje resulta ciertamente excesivo: los catalanes hacen prácticamente el mismo negocio en un solo día.

Cuando era nada más que un chaval, allá a mediados de los ochenta, vi a Gonzalo Torrente Ballester aburriéndose soberanamente en una caseta. Yo había leído por aquel entonces varios de sus libros, y estaba especialmente fascinado con La saga/fuga de J. B. (la cual sigo considerando una auténtica obra maestra de imaginación y construcción novelística), pero no me atreví a cruzar la media docena de pasos necesarios para acercarme y darle las gracias por tanta maravilla y tantas horas de felicidad. Me dio palo, como se decía entonces, una expresión cheli para la que todavía no he encontrado equivalente en castellano (vergüenza o reparo no significan exactamente lo mismo, aunque quizá lo que sentí fuese una mezcla de ambas salpimentada con respeto, el respeto inmenso ante un genio).

Muchos años después, pongamos que quince o veinte, cuando trabajaba en Altaïr, en una de mis primeras ferias como librero, regresaba de comer con unos colegas y vimos a don Antonio Gala camino de su firma. Andaba muy despacio, acompañado de su séquito, mientras el gentío se iba abriendo a su paso como las olas del mar Rojo retirándose ante Moisés y los israelitas. Gala, el cuello erguido, el bastón quieto en una mano, caminaba con tal sutileza y distinción que daba la impresión de flotar sobre el asfalto recalentado del paseo, o mejor aún, de que lo llevaran a hombros como si fuese un paso de Semana Santa. Detrás de él, su secretario personal llevaba un cojín para ayudar al maestro a sobrellevar las largas y trabajosas horas de firma. No sé si era el maquillaje excesivo o la luz obscena de Retiro la que esculpía en su cara un apabullante parecido con la Virgen del Rocío. Estaba tan borracho que no recuerdo si fui yo o uno de mis amigos, pero en cualquier caso alguien levantó la mano y gritó: «¡Don Antonio, espere, que le voy a cantar una saeta!» .

Menos ferias y más libros (y II).