JUAN ÁNGEL JURISTO | Publicado: - Actualizado: 7/1/2017 16:16

HEDDA GABLER
La actriz Cayetana Guillén Cuervo, en primer término, durante un momento de la representación de ‘Hedda Gabler’, de Henrik Ibsen. / cdn.mcu.es

Debemos a Ibsen el honor de la creación de grandes personajes femeninos en el drama que logran plasmar la complejidad del papel de la mujer en la problemática contemporánea. Dos nombres de su obra son ya clásicos: Nora, de Casa de muñecas, y Hedda Gabler, la hija del general que da título a uno de las grandes piezas de teatro del autor y su pieza más oscura; tanto que, desde su estreno, ha dado paso a interpretaciones múltiples, desde la que veía simplemente a Hedda como un personaje nihilista, destructor, no olvidemos que hasta Lou Andreas Salomé, la que fue amante de Nietszche, la calificó de “lobo con piel de cordero”, de “frívola”, “mezquina”, hasta la secreta admiración de James Joyce, fascinado por Ibsen, que, refiriéndose a una relación un tanto platónica con una alumna suya en Trieste, no dudó en invocar al personaje de su dramaturgo preferido: “¡Hedda, Hedda Gabler!”.

Pero, ¿dónde radica esa especial fascinación? En Madrid, en el María Guerrero, realizado por el Centro Dramático Nacional, quedan aún dos semanas de representación, se repone esta obra bajo la dirección de Eduardo Vasco y Yolanda Pallín en la versión actualizada del texto y con Cayetana Guillén Cuervo en el papel principal de Hedda; un papel, todo hay que decirlo, que cumple con lo asignado pero que se queda muy corto con la complejidad de ese personaje. Es probable que ello se deba a que, para construir el personaje, se ha incidido en los aspectos exteriores, sociales, que condicionan la vida de Hedda, dando de lado el aspecto psicológico de las reacciones de ella, ese lado oscuro que hace de la Gabler una de las heroínas de la dramaturgia más importantes de la Modernidad.

Ibsen, por ejemplo, ubica la acción en 1878, y si se hubiera respetado el lado caótico del personaje, el impacto hubiese sido mucho mayor, pero el desasosiego que produce tamaño comportamiento, el de una mujer burguesa que destruye todo a su paso, tiene que ser justificado por los aspectos sociales, y ello ha llevado a que, en vez de asistir a escenas burguesas del último tercio del siglo XIX, ese paisaje lleno de estufas y de quentias y de terciopelos tan proclives a la decadencia finisecular, nos traslademos a un decorado más contemporáneo, lleno de art decó, con vestidos de Lorenzo Caprile, que pasan del gris al negro según la obra nos va sumiendo en el caos de las acciones de Hedda, donde ésta parece asumir el rol de una actriz de Hollywood de los años veinte, al modo de Sunset Boulevard, de Billy Wilder. La lección es amarga, terrible, pero creo que preterir la riqueza y, por ende, la inquietud psicológica del personaje de Hedda Gabler para construir una mujer más comprensible para todos, más asumible para la actual middle class, es la parte frágil de esta versión; por otro lado bastante digna, pues no hay que olvidar que Cayetana Guillén Cuervo, que es actriz poco proclive a que sea confundida con una Ana Magnani a juzgar por lo fría que resulta, lo que no siempre es demérito -ay, Catherine Deneuve-, ha querido dar vida a un personaje que han interpretado actrices como Ingrid Bergman, Cate Blanchet o Isabelle Huppert, por no referirnos nada más que al mundo del cine, lo que es realmente un reto en su carrera.

Los otros actores de reparto cumplen a la perfección con sus papeles otorgados –Ernesto Arias, Jacobo Dicenta y Verónika Moral-, pero todo se dirige a Hedda Gabler, de ahí la especial conformación de una actriz capaz de recrear un personaje de una complejidad tremenda. Cayetana se estudió para realizar el papel alguna que otra biografía de Ibsen y así se enteró de que había escrito la obra apenas un año después de Casa de muñecas, esa creación del personaje de Nora, que sencillamente abandona el hogar burgués, no se suicida, al modo de ‘la’ Gabler, que, curiosamente, acerca a este personaje a otros afines en la época, desde Madame Bovary hasta Ana Karenina, de Flaubert a Tolstoi. Lo que sucede es que Ibsen posee una energía oscura, muy nórdica, que recoge ya la inquietud nihilista. Cayetana descubrió también que Ibsen, que había cumplido ya los 61 años, mantenía una relación con una mujer más joven, es decir, sin esperanza, y que esa falta de perspectiva vital fue lo que hizo que Hedda Gabler se radicalizara respecto a Nora. Interpretación que, creo, aparta el principal problema que aún hoy escuece a la sociedad respecto a Hedda Gabler y es la asunción del caos y del aparente capricho que todo se lo lleva por delante, aunque bien es cierto que esa relación del dramaturgo fue determinante. No de otro modo cabe entender la frase de Joyce escrita en la remembranza de una relación sentimental con una alumna de la Escuela Berlitz de Trieste, donde el escritor irlandés daba clases de inglés.

La versión que ofrece Yolanda Pallín del texto de Ibsen es otra más de las muchas que esta obra, mejor dicho, este personaje ofrece, pero, repito, la obra que podemos ver en el María Guerrero es una Hedda Gabler donde cualquier atisbo de abismo ha sido exorcizado. Ibsen es un creador que perturba, como Dostoievski, como su contemporáneo Nietszche, como Chejov, que atisbaba por las mismas cercanías, como Luigi Pirandello… y aquí esa perturbación ha sido trasplantada del individuo a la sociedad, lo que es un modo de redimirlo, sí, pero también de anularlo.

Hedda Gabler es personaje nacido por las mismas fechas que el psicoanálisis, lo que le hace perturbador en su novedad, pero es también un personaje actual , tremendamente actual porque, en definitiva, lo que le ocurre a Hedda es que se aburre, nada más y nada menos. Hedda Gabler es una de las metáforas de nuestro tiempo. De ahí su inquietud, su perturbación. No hay quien pueda con ella.

CDN (You Tube)

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