La insoportable seriedad de la serie B

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Batman (Michael Keaton) y su creador Bob Kane. / Wikipedia
Batman (Michael Keaton) y su creador Bob Kane. / Wikipedia

El cine es, sin duda alguna, el arte que ha degenerado más rápidamente. En poco más de un siglo, quizá en poco menos, ha pasado de fabricar maravillas como Intolerancia, El acorazado Potemkin, Luces de la ciudad, Avaricia o El maquinista de la general, a despachar chuminadas del calibre de Transformers o Los vengadores. La comparación, lo reconozco, es arbitraria, casi tanto como decir que la música popular ha caído en picado desde el tango hasta el reggaeton, pero basta ver el presupuesto alucinante de alguna de estas películas basadas en una marca de juguetes para comprender que hay algo profundamente podrido en las sentinas del séptimo arte.

En su ya célebre estudio sobre el Hollywood de los setenta, Moteros tranquilos, toros salvajes, Peter Biskind analiza el cambio de paradigma que supuso el descubrimiento del taquillazo, ese momento en que los productores advirtieron que podían ganar mucho más dinero con el cine que con cualquier otra cosa. De repente, con El exorcista, con Tiburón y, sobre todo, con La guerra de las galaxias, una sola película podía recaudar en un fin de semana lo mismo que el resto de las producciones del estudio en varios meses. Entonces el cine dejó de ser un arte más o menos complejo y pasó a convertirse exclusivamente en un negocio. El adverbio es fundamental: el cine siempre había sido un negocio, pero los viejos productores (los Selznick, Mayer, Goldwyn, etc.) siempre habían querido hacer arte, por mercachifles que fuesen. En los setenta, los estudios de mercado descubrieron que el público que mayoritariamente invadía las salas de cine eran los niños, quienes lógicamente arrastraban a sus padres hasta la pantalla. En los ochenta, gracias al naufragio de algunas producciones, los grandes estudios de Hollywood recuperaron el control que habían perdido durante la pasada década en favor de algunos grandes directores (Altman, Kubrick, Ashby, Coppola, Peckinpah, Friedkin, Bogdanovich, Scorsese). El modelo que prevaleció fue el de Lucas y Spielberg, dos cineastas con mentalidad infantil que conectaron de inmediato con la nueva era de Reagan y de Thatcher: robots, marcianitos, dinosaurios, maniqueísmo elemental. Lo que triunfó fue, en palabras de uno de los entrevistados por Biskind, "el cine para imbéciles".

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La verdad es que el cine para imbéciles siempre había estado ahí, pero nunca se le había hecho mucho caso. A lo largo del siglo XX, la gran pantalla había tenido que soportar musicales de tercera, westerns ridículos, romances de Doris Day, películas de Rin-Tin-Tin, Lassie y de la Mula Francis. El tono de comedia era casi obligado puesto que no había manera de tomarse aquello en serio. De hecho, una de las pocas cosas que salva la primera trilogía de Star Wars frente a la vacua pedantería de sus sucesoras es el sentido del humor, destilado principalmente a través de dos personajes: el robot C3PO, que hace el papel de bufón, y el cazarrecompensas Han Solo, que da la distancia irónica necesaria para que el público se tragara el bolo. Al fin y al cabo, Star Wars sólo trataba en tono de opereta galáctica dos de los temas más viejos del mundo: la búsqueda del padre y el rescate de una princesa.

Sin embargo, en el comienzo de la plúmbea La amenaza fantasma, uno de los jedis le decía al otro: "Controla tu ansiedad", y ya sabíamos que el humor se había ido al garete, que allí había menos amenaza que fantasma. Frente a la presencia malévola e imponente de Darth Vader, ahora tenemos a un villano con la psicología y los diálogos de un pit-bull, y en lugar de la cháchara deliciosa de C3PO, las pedorretas de un tonto de carnaval. Para colmo, faltaba un Han Solo, es decir, un espectador escéptico con el que el verdadero espectador pudiera identificarse en medio de todo aquel tinglado esotérico en donde, para colmo de disparates, el toque espiritual de la Fuerza se reduce a una sobredosis de colesterol en sangre. Hasta luego, Lucas.

Otro tanto ocurre con el cine de superhéroes, un subgénero que se inició en la televisión de los sesenta, copiando a los tebeos con tal inocencia y descaro que hasta subtitulaban los golpes y puñetazos, como en las viñetas. En la tele Batman estaba un poco fondón pero Catwoman (Julie Newmar enfundada en un uniforme de dominatrix) destilaba un erotismo para quinceañeros que no ha vuelto a empapar a ninguna de sus sucesoras. El primer Superman (1978) de Richard Donner, con el malogrado Christopher Reeves, tenía un perfume de ingenuidad que nos hacía sonreír; era como si todos los actores nos guiñaran un ojo para que no nos tomáramos aquella tontería demasiado en serio. Reeves y Kidder interpretaban su primer encuentro amoroso en clave de vodevil, con los rayos X del superhombre atravesando la ropa de la periodista para adivinar el color de sus bragas. La escena cumbre entre Lex Luthor y su cómico ayudante explicando el megaterremoto que iba a desbaratar la costa oeste de los Estados Unidos resulta un inolvidable dúo cómico en manos de dos actores inmensos: Gene Hackman y Ned Beatty.

Ahora, en cambio, el cine de superhéroes carece de frescura, de ironía y de gracia. No hay más que ver diez minutos de El caballero oscuro, sin duda la mejor de la última trilogía de Batman, para comprender hasta qué punto Nolan se ha tomado el encargo en serio. Un millonario al servicio de los pobres, una policía que se declara impotente y lanza un mensaje de auxilio cuando se encuentra en apuros, un villano disfrazado de arlequín. Mientras que Christian Bale hace gárgaras con lejía para enronquecer la voz, Michael Keaton se ponía el disfraz de Batman como si se tomara unas vacaciones. Mientras que Heath Ledger incorpora al Joker los peores tics de Marlon Brando, Jack Nicholson hizo lo único que podía hacer para encarnar a semejante mamarracho: saltitos, muecas, histrionismo a la enésima potencia. Para dar más empaque a la cosa, Nolan incluye en el paquete a actores de renombre, nada menos que a Michael Caine de mayordomo, Gary Oldman de policía gafe y Morgan Freeman de Morgan Freeman. El resultado, igual que en Hulk, Iron Man y todas las ridículas franquicias de la Marvel, es un pedo en botijo.

dmcgaha1 (YouTube)
3 Comments
  1. Sophie says

    Perdón por discrepar, pero creo que el artículo se ensaña en demasía con Los blockbusters. Y creo que llamarlo «cine de idiotas» por el simple hecho de que está diseñado para el gran público es ya una ofensa. Además los criterios estéticos cambian. En pintura, ahí está Delacroix, que cuando pintó «La libertad guiando al pueblo», los críticos dijeron que estaba haciendo «apología de la chusma» y hoy lo consideramos una obra maestra. O el Greco, de cuyas obras dijeron al principio que eran caricaturas vulgares, y en nuestros días es uno de los autores españoles más reconocidos. O del Sartro, injustamente olvidado a pesar de la fama que gozó en su tiempo

  2. Taringa says

    O Parque Juráasico, que hace veinte años fue considerada por al crítica (y con razón) una basura y hoy se recierda como un clásico de aventuras. Señor Torres, no se empecine, el tiempo inventa un lugar para las cosas y no suele ser el que merecen.

  3. Klaus T. says

    Bueno, sólo está citando a un autor, y no es el único que lo dice. Tim Robbins. En cuanto a Parque Jurásico, muchos lo recordamos no tanto como un clásico de aventuras sino como una insufrible memez.

    http://www.taringa.net/posts/info/4009183/En-Hollywood-se-hace-un-cine-para-idiotas.html

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