Los trazos de la canción

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Pinturas aborígenes de la región de Kimberley, en el oeste australiano. / Wikipedia

Un improbable antepasado mío realizó la increíble proeza de atravesar el Estrecho que hoy lleva mi apellido sin divisar ni Nueva Guinea al norte ni el gran continente australiano al sur, logrando, como dijo alguien, "el equivalente náutico a enhebrar una aguja". Por enorme y rotunda que aparezca en los mapas, Australia siempre ha estado oculta a los ojos del mundo, aunque sus pobladores originarios, los aborígenes, llegaran allí hace la friolera de cuarenta mil años. Australia, cuyo tamaño los primeros exploradores portugueses, españoles y holandeses no intuyeron ni de chiripa, ha sido siempre una excepción en cualquier orden geográfico, zoológico, botánico, histórico y literario.

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Los poetas y novelistas australianos, salvo excepciones como el premio Nobel Patrick White, son tan raros y desconocidos para el extranjero como canguros, ornitorrincos y koalas. No en vano, como dijo Bill Bryson en su espectacularmente cómico libro de viajes 'Down Under' ningún extranjero es capaz de memorizar el nombre del primer ministro australiano. "Alguien más debería recordarlo fuera de Australia".

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Bruce Chatwin, tal vez, el más famoso de los escritores de viajes contemporáneos, también viajó hasta la remota Australia. Desde la fecha de su temprana muerte, en 1989, su nombre ha pasado a convertirse en una especie de santo y seña para los viajeros de todo el mundo, para aquellos que sienten la llamada de tierras remotas y el brillo de anhelos desconocidos más allá de su propio horizonte. Es célebre la anécdota de que Chatwin llegó a la literatura a través de la pintura: se despertó ciego una mañana y el oftalmólogo, sin encontrar ningún problema físico en sus ojos, le diagnosticó una ceguera súbita causada probablemente por la ansiedad de tasar cuadros en 'Sotheby's'. Le recomendó unas vacaciones, espacios abiertos y luminosos, y Chatwin eligió Sudán. Tras los primeros días en el desierto, notó que recobraba poco a poco la visión y también notó algo más en su interior: un impulso nómada que ya no lo abandonaría nunca, una curiosidad insaciable por recorrer mundo y por explicar las raíces de ese desasosiego.

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Bruce Chatwin, en una imagen de la portada de su libro 'Bajo el sol'. / sextopiso.es

'Los trazos de la canción' no es, ni mucho menos, su libro más famoso (ese honor corresponde a 'En la Patagonia'), pero sí el más ambicioso de todos, el que cala más hondo en una intuición antropológica que Chatwin no llegó a formular del todo, pero sí a intentar acotar página tras página, viaje tras viaje. En su encuentro con los aborígenes del desierto australiano, Chatwin descubre un enorme y sugestivo territorio prácticamente virgen. Allí, la pintura se aparea con la geografía y también con la música; allí, un lugar consagrado al canguro o a la hormiga es también un “sueño” del animal, una representación pictórica y una melodía, de manera que los nativos van andando sobre la tierra y “cantándola” a la vez: un camino que es una partitura que es una frontera. En los complejos ceremoniales de los arandas, Chatwin descubre una forma inmemorial de relación con el medio que abarca la música, la geografía y la magia, y no puede menos que relacionar esa cultura antiquísima con fragmentos bíblicos, proverbios indios y escritos de todo tiempo y lugar que ahondan en el misterio mismo del hombre. Ahí, justo ahí, reside la importancia del libro, no tanto en la soberbia descripción de un paisaje y una forma de vida, como en la obsesión central de Chatwin, ésa que lo arrancó un buen día de su próspero trabajo de marchante de arte y lo llevó a vagabundear por las regiones más desoladas del planeta en busca de las pruebas de lo que él creyó siempre el origen y la impronta de nuestra especie: la naturaleza nómada del hombre.

Sin embargo, aunque en todo el libro late un profundo sentimiento de insatisfacción vital que el propio Chatwin intenta apuntalar como base, no puede ahogar la sospecha de que, en realidad, todo viaje literario es una escapada, un punto de fuga, un miedo que el escritor intenta disfrazar con complejas construcciones intelectuales y perspectivas falsas. En este sentido, 'Los trazos de la canción' puede leerse también como un episodio más de esa loca carrera, esa huída disfrazada de búsqueda en la que Chatwin jugó toda la vida al escondite consigo mismo.

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