Los hijos del futbolista

Daniel D. Carpintero *

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Imagen: blueMix (pixabay.com)

A los dieciocho años se dio cuenta de que era raro y excepcional que alguna mujer quisiera acostarse con uno. Se casó con la única que había accedido a hacerlo. La chica tenía dos años menos que él —diecisiete cuando se celebró la boda— pero era lo bastante mayor como para haber decidido que estudiar era una estupidez que hacían los engreídos y los pusilánimes. Ni él ni ella eran capaces de escribir una frase sin tres o cuatro faltas de ortografía. Miraban las noticias en el televisor sin entenderlas —sin acordarse de quién era el presidente y quién el jefe de la oposición— y tenían la creencia informe y borrosa de que las personas que comían en restaurantes y leían libros eran mala gente. Ella venía de una familia en la que las mujeres eran gordas y se dedicaban a mirar la televisión cubiertas con batas de andar por casa y en chancletas. Esas mujeres sabían lo que estaba mal y lo que estaba bien de un modo sordo y obcecado. Para cualquiera de ellas un vendedor de seguros era un intelectual. Ella se convirtió en una réplica de su madre o de su abuela y a los veinte años aparentaba cuarenta y estaba embarazada por tercera vez. No había nada que le interesase salvo las discusiones a gritos de los vecinos y los líos amorosos de la realeza. Pero su marido no era así. Su marido era un individuo complejo.

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En la familia de él tampoco había nadie que hubiese ido a la universidad pero eran personas más sofisticadas y subjuntivas. Prestaban más atención a lo que les pasaba adentro de la cabeza. Su marido había acudido a un cirujano plástico para que le moldease la nariz —el padre creyó que estaba haciéndole un favor maravilloso cuando le pagó la operación— y se hallaba inmerso en el décimo segundo tratamiento contra la calvicie. Se tomaba muy en serio todo cuanto le sucedía. Cualquier broma de un compañero del trabajo o alguna impertinencia de otro conductor mientras volvía a casa al atardecer lo dejaba toda la noche obsesionado y rabioso; encerrado entre la vergüenza y el sentimiento de ofensa y el deseo de que todos supiesen que era mejor que ellos. Los pensamientos se le estrellaban contra las paredes del cráneo sin poder salir. Había abandonado los estudios para hacerse futbolista. Mientras los demás muchachos acudían a la escuela secundaria él se pasaba las mañanas pegando patadas a una pelota delante de un muro. Pateaba el balón con una terquedad invencible, con una obstinación alimentada de insultos contra los que creían que era un ignorante y contra la gente sarcástica y contra todo lo que no entendía. Nunca consiguió que lo ficharan en ningún equipo.

El primer regalo que le compró a su hijo mayor fue una pelota de fútbol. Cuando el niño cumplió cinco años lo obligó a inscribirse en el equipo del colegio y lo acompañaba todos los domingos a los partidos de la liga escolar. Era una figura turbulenta entre el público. Absolutamente calvo (con una de esas calvas agresivas que brillan en la oscuridad) y con la extraña nariz femenina que relucía igual que la cera en medio del rostro redondo; el cuerpo atlético y nervioso; vestido con ropa deportiva de último modelo llena de franjas fluorescentes. Observaba el partido con el aire de reserva de un experto. Muchos padres insultaban al árbitro y les gritaban a los niños que corriesen más. Pero él no. Él lo examinaba todo con mucha concentración y con aspecto de estar resolviendo ecuaciones tácticas muy complicadas dentro del cerebro.

Cuando acababa el partido le contaba a su hijo con un tono de rigidez y reconcentración que él en su época había sido el mejor futbolista de la liga juvenil y que habían intentado ficharlo en todos los clubes importantes. Entonces se le estropeó la rodilla. Estuvo un año entero sin poder pegarle una patada a un balón y todos los que habían querido contratarlo se acobardaron y la carrera futbolística del que podía haber sido el mejor jugador del mundo se acabó. (Les había dicho lo mismo tantas veces a su mujer y a sus hijos que él llegó a creérselo también.)

—Lo único que tenéis que hacer —les decía a los tres niños— es ser la mitá de buenos que yo. Si sois na más que la mitá de buenos que yo os van a contratar en toas partes.

Probaron a su hijo mayor en dos clubes medianos y en tres pequeños. Todos los niños estaban flacos y tenían los labios azules y tiritaban de frío en pantalones cortos. Los entrenadores iban vestidos igual que él; con abrigos llenos de franjas fluorescentes y con zapatillas de deporte futuristas. Él tenía un aspecto aún más severo y profesional que ellos. Los niños correteaban sin orden por el campo levantando polvo e intentando pegarle a la pelota como una jauría de perros detrás de una gallina. De vez en cuando se entreveía a uno que corría más rápido que los otros y que esquivaba a dos o tres rivales con el balón pegado a los pies. Pero ése no era nunca su hijo.

Cuando volvieron a casa después de la última prueba su mujer estaba sentada en el sofá enfrente del televisor con una bata descolorida y con la carne desbordándosele por todas partes; como si fuese un pastel al que le hubiesen puesto demasiada levadura.

—El chico no vale —dijo él con un tono de experta frialdad—. No es ni la mitá de bueno que yo a sus años.

Su mujer, que pesaba noventa kilos y era cinco centímetros más alta que él, siguió sentada en el sillón igual que una estatua inconclusa que hubiesen puesto allí. Nunca prestaba atención a lo que decía la gente pero tampoco estaba ensimismada. No estaba ni dentro ni fuera. Era más bien una presencia inerte.

— Puedo estudiar pa ser fontanero —dijo el chico.

La palabra estudiar hizo que ella se imaginase a un hombre con traje y corbata que llamaba a la puerta de la casa y aparecía allí tieso con una sonrisa impostada y una carpeta de cuero bajo el brazo.

Dentro del cerebro del hombre su hijo mayor pasó de repente a la categoría de los que se burlaban de él en el trabajo y los que usaban palabras que él no entendía y los conductores impertinentes que le gritaban por la ventanilla. El niño entró en ese espacio inconcreto lleno de vergüenza y de insultos nunca expresados en voz alta. Dejó de dirigirle la palabra a su hijo. Cuando la familia entera caminaba por la calle el muchacho iba dos o tres metros detrás de los otros cuatro. La mujer enorme y con una bata igual que las de andar por casa sólo que un poco más colorida; las caras interiores de los muslos restregándose bajo el tejido al andar. El hombre con su nariz de cera y su calva que lanzaba centelleos violentos. Los niños vestidos con ropa deportiva con rayas fluorescentes semejante a la del padre —aunque no tan cara ni tan sofisticada— y con el mismo aire de reserva y de profesionalidad que él; retraídos y llenos de intensidad y de reconcentración igual que el hombre. Eran un conjunto tan carente de humor como un martillo hidráulico. Eran gente que se tomaba las cosas en serio.

***

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Imagen: Antranias (pixabay.com)

El segundo hijo consiguió que lo aceptasen en el equipo de un pueblo que estaba a veinticinco kilómetros de allí. Él lo llevaba en el coche tres veces a la semana a los entrenamientos y lo acompañaba los domingos a los partidos. El campo de fútbol era de arena amarilla y las porterías no tenían red. Tampoco había gradas; la gente se sentaba en sillas de plástico o de hojalata que traía de un bar cercano. Los domingos el público estaba compuesto por viejos y por gente que pasaba por allí y se paraba cinco minutos a mirar. Él y su hijo eran los únicos que llevaban botas profesionales y chándales reglamentarios con rayas fluorescentes.

Los entrenadores se pasaban los partidos bebiendo latas de cerveza a un costado del campo. Él solía quedarse de pie con los brazos cruzados y la barbilla muy levantada a cinco metros de ellos; la calva como una piedra de río bajo el sol y la nariz con su textura plasticosa y húmeda pegada a la cara. Nunca les dirigía la palabra. Observaba el partido con el aire inaccesible de un experto. Con el cuerpo rígido y los ojos clavados con intensidad en el juego parecía un hombre que estuviese llevando a cabo algún trabajo de suma importancia.

Su hijo solía estar sentado en la tierra con los codos apoyados en la rodillas y mirando al suelo por el hueco entre las piernas. Cuando lo sacaban al campo —las tres veces que eso sucedió en todo el invierno— se quedaba quieto como una estaca mirando cómo la pelota le pasaba junto a los pies sin que se le ocurriese casi nunca darle una patada. En el rostro tenía la misma expresión de terquedad reconcentrada e impotente que su padre. Cuando llegó el verano los entrenadores le dijeron que no era necesario que volviese al equipo después de las vacaciones.

***

El tercer hijo fue el niño que metió más goles en la liga escolar de ese año. Luego entró en un equipo del campeonato juvenil y siguió marcando goles; y un día se presentó en el entrenamiento un hombre con traje y corbata que venía de un club importante de la capital. El hombre se puso a caminar por el campo de arena con los zapatos negros relucientes y se quedó parado delante de su hijo y empezó a decirle cosas. Él estaba allí rígido viéndolo todo con la barbilla muy alzada y los brazos cruzados delante del pecho. Le dio rabia que el crío no se pusiera digno ni le contestase nada al hombre; que sólo moviese la cabeza arriba y abajo con la boca entreabierta como un lerdo. Luego los dos se acercaron hasta donde él estaba en el borde del campo.

— Llevamos unos meses viendo jugar a su hijo y creemos que podría mejorar mucho con un poco de ayuda —dijo el hombre del traje—. Acérquense mañana los dos a nuestras oficinas.

Él movió la cabeza arriba y abajo igual que el niño. Mientras volvían a casa en el coche no habló ni una palabra con su hijo. Nunca les había dado consejos ni a éste ni a los otros dos críos. A él nadie le explicó nada cuando tenía la misma edad que ellos. Sólo le habían llamado idiota y lo habían mirado como si fuese un retrasado mientras se dedicaba a entrenarse en vez de ir al instituto. Él lo había aprendido todo solo. Si el niño era la mitad de bueno que él —aunque no era ni la mitad de bueno; no era ni la cuarta parte de bueno— que se las apañase solo igual que él hizo. Lo único de lo que estaba seguro era de que él no hubiera dejado que viniera el hombre ese con traje y le dijera todo eso. No hubiese permitido que se acercara un señor con corbata a decirle cómo tenía que darle patadas al balón. Pero él no era su hijo. Si el niño quería que lo trataran como a un imbécil que hiciera lo que quisiese.

Al día siguiente fueron los dos en el coche a las oficinas. Estaban en un edificio de veinte o treinta pisos con puertas de cristal que se abrían solas y paredes de mármol. Allí todos llevaban traje y corbata y caminaban muy deprisa de un lado a otro con montones de papeles en las manos. Los condujeron a la décima planta, a una sala con butacas de cuero negro y con una mesa de cristal. Luego entró el mismo hombre con traje que fue a ver a su hijo al campo de fútbol. Los saludó y puso los folios del contrato delante de ellos y empezó a leer lo que ponía allí. Cuando terminó —él se pasó quince minutos oyendo al hombre sin entender nada— les explicó dónde tenían que firmar. Él cogió el bolígrafo y estuvo mucho tiempo intentando acordarse de su firma. Dijo:

— ¿Y qué pasa si se estropea la rodilla?

Su voz sonó llena de una intensidad contraída. Como si estuviera soltando todos los reproches rabiosos y abstractos que se había guardado durante años.

— Se refiere a qué va a pasar con el niño si tiene una lesión —contestó el hombre del traje—. Quiere saber si le vamos a echar del equipo.

— Me refiero a eso esastamente —dijo él.

— Tendría a su disposición a los doctores del club —repuso el hombre—. Son los mejores del país.

— Y si la rodilla le dura un año entero estropeá.

— No se preocupe por eso. Si el niño sigue jugando así de bien esperaremos a que se cure.

***

Llevaba al niño todas las tardes a entrenar pero ahora no le dejaban que estuviese en el campo. Se quedaba de pie con los brazos cruzados enfrente del muro de hormigón del estadio, con la ropa deportiva llena de letras y rayas fluorescentes, calvo como una piedra y con la nariz de cera en medio del rostro, pensando en esos palurdos que le estarían diciendo a su hijo cómo tenía que jugar al fútbol mientras que a él nadie le había dicho nada; acordándose del hombre con traje que había caminado por la arena con los zapatos negros relucientes como si se creyese importante; pensando que su hijo también podía empezar a creerse importante sólo porque lo hubiesen invitado a sentarse en la butaca de cuero en la sala con las paredes de mármol. Pero todo eso iba por dentro. Por fuera tenía el mismo aspecto contenido y rígido y profesional que antes; aunque estuviese de pie con los ojos fijos en el muro de hormigón. Luego su hijo salía del entrenamiento y los dos volvían a casa callados en el coche.

Un fin de semana de cada dos la familia tenía asientos reservados para ver al crío jugar en el estadio. El otro fin de semana llevaban a los chicos a alguna ciudad lejana para que se enfrentasen al equipo de allí y la familia veía el partido por la cadena regional de televisión. Él se quedaba tieso y contraído como la raíz de un árbol que sobresaliese del suelo delante del televisor. Los dos hijos mayores tampoco decían nada; esperaban intensos y retraídos a que el padre hiciera algo para repetirlo ellos. La madre era la única que reaccionaba. Solía estar sentada en el sofá carnosa y enorme y con la bata descolorida de andar por casa. Se abanicaba con un catálogo del supermercado. De vez en cuando decía: «Hijoputa». O bien: «Pégale una patada en la espinilla». La voz salía de ella como de una piedra; sin que moviese ninguna parte del cuerpo ni cambiara la expresión del rostro pero con una autoridad sorda y obstinada.

Cuando llegaron a la mitad de la temporada el crío era el que más goles había metido de toda la liga. Entonces se estropeó la pierna en un entrenamiento. Los médicos le prestaron unas muletas de aluminio con el logotipo del club y le vendaron el tobillo con una cinta de goma de color carne. Él llevaba al niño al estadio una vez a la semana a que le dieran masajes y le cambiasen la venda y al cabo de un mes el crío podía andar sin muletas y sólo había que echarle un espray por las mañanas. Volvió a entrenarse con el equipo. Ahora se pasaba los partidos sentado en el banquillo con los codos apoyados en las rodillas y sujetándose la cabeza con las manos y con una expresión amodorrada y lerda en el rostro. De vez en cuando bajaba la vista y escupía por el hueco entre las piernas contra el suelo de cemento. La temporada seguía avanzando y el crío no necesitaba ni siquiera el chorro de espray por las mañanas pero el entrenador lo dejaba allí un fin de semana tras otro escupiendo contra el cemento del banquillo.

Él sabía muy bien lo que le iba a pasar a su hijo. Él había estado en la sala con las paredes de mármol y había visto el papel y vio que allí ponía «un año». Por eso no lo habían echado aún. Por eso lo dejaban allí sentado sujetándose la cabeza. Pero cuando llegase el verano le iban a decir que no volviera. Eso lo sabía él muy bien.

Estuvo acompañando al niño a los entrenamientos hasta el fin de semana del último partido. Pero ya no se quedaba quieto con los ojos fijos en el muro de hormigón. Se acercaba a un bar y pedía una cerveza y se miraba en el espejo del baño los pelos que le habían empezado a crecer en lo alto del cráneo. Cuando echasen a su hijo al final del último partido ya no le quedarían más hijos. Incluso empezó a fijarse en las mujeres. Se sentaba en un banco en la calle y les miraba los pechos y pensaba en lo que iba a decirles. Les iba a decir que él podía haber sido el mejor jugador de fútbol del mundo si no se hubiese estropeado la rodilla. Iba a decirles que tenía tres hijos pero que ninguno de ellos era ni la mitad de bueno que él.

***

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Imagen: bplanet (shutterstock.com)

La tarde del último partido de la temporada la familia se instaló en los asientos que tenía reservados en el estadio. El hombre y los dos hijos serios y reconcentrados y tiesos como tornillos. La mujer carnosa e inexpresiva; los pliegues de piel desbordándosele de la bata de andar por casa como si fuese un cojín agujereado del que sobresaliera la espuma. Si el equipo ganaba el partido, terminaba la liga en el primer puesto. Si perdía, quedaba segundo. El niño se pasó los cuarenta y cinco minutos de la primera parte en el banquillo sujetándose la cabeza con las manos y escupiendo por el hueco entre las piernas. Cuando el árbitro pitó el final de la primera mitad los dos equipos iban empatados a cero. La gente se levantaba de los asientos y compraba latas de coca-cola y comía bocadillos envueltos en papel de plata. Pero ellos siguieron quietos y callados como si alguien les hubiera dicho que así era como había que estar; igual que un grupo de provincianos temerosos que esperasen a que el semáforo cambiara de color para cruzar la carretera. Luego él vio a su hijo que salía del cajón del banquillo y corría hasta el centro del campo. El árbitro volvió a tocar el pito. Su hijo recibió el balón de un compañero y cruzó media cancha corriendo con la pelota pegada a los pies y metió un gol. Casi todo el público se puso a gritar y a aplaudir. Luego la gente volvió a quedarse en silencio y la mujer abrió la boca y dijo como si su voz saliese de un agujero en una piedra:

— Gol.

Al cabo de diez minutos el niño corrió hasta ponerse al lado un poste de la portería contraria y un compañero le tiró el balón y él lo disparó de un cabezazo contra la red. Veinte minutos más tarde su hijo marcó el tercer gol. El partido terminó tres goles a cero. Cuando el árbitro pitó el final todos los críos del equipo y el entrenador fueron hasta donde estaba el niño y lo abrazaron y lo lanzaron por el aire y se tumbaron encima de él.

Él salió del estadio en silencio con los otros dos hijos y la mujer detrás. Tenía toda la cara roja excepto la nariz, que ahora parecía más que nunca un pegote de cera brillante que le hubiesen pegado allí. Se llevó la mano a la cabeza en busca de los pelos que habían empezado a crecerle en lo alto del cráneo. Se manoseó el cogote con nerviosismo. Los pelos ya no estaban.

(*) Daniel D. Carpintero es periodista.