Grey, la apoteosis de la literatura de desecho

Juan Ángel Juristo

Portada de 'Grey'.
Portada de ‘Grey’.

El comienzo del libro es espectacular, quiero decir, espectacularmente malo, y uno estaría dispuesto a creer que es una broma, al estilo de los desmadres de Ubu Roi, de Alfred Jarry, si no supiera que está escrito en serio: “Tengo tres coches. Van muy rápido por el suelo. Muy, muy rápido. Uno es rojo. Otro es verde. Otro es amarillo. Me gusta el verde. Es el mejor. A mami también le gustan. A mí me gusta cuando mami juega con los coches y conmigo…” Así comienza el libro, escrito en cursiva. Enseguida nos damos cuenta de que nos cuenta un sueño que tiene Christian Grey y que se le aparece su fantasma de niño, al modo de una especie de Rosebud wellesiano, de ahí ese lenguaje deliberadamente infantil del comienzo. Veamos cómo se despierta este ciudadano, en este momento dejamos la cursiva: “ Abro los ojos y mi sueño se desvanece en la luz de primera hora de la mañana. ¿De qué narices iba todo eso? Intento atrapar algunos fragmentos, antes de que desaparezcan pero todos se me escapan. Me olvido del sueño, como hago casi todas las mañanas, salgo de la cama y busco unos pantalones de chándal recién lavados en el vestidor. Fuera, un cielo plomizo augura lluvia, y hoy no estoy de humor para mojarme. Decido ir al gimnasio de la planta de arriba, enciendo el televisor para ver las noticias de economía de la edición matinal y me subo a la cinta de correr”.

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La verdad, después de leer lo referente al sueño estamos tentados de otorgarle cierta calidad después de enfrentarnos al tal Christian de vigilia. Y así durante centenares de páginas en el que el tal Christian nos relata en primera persona la relación con la señorita Anastasia Steele, de esbeltas piernas y pelo castaño. Nos referimos al libro best seller del verano, Grey, de E.L. James, cuarta entrega de la saga Cincuentas sombras, formada por ahora por Cincuenta sombras de Grey, Cincuenta sombras más oscuras y Cincuenta sombras liberadas, y que ha vendido 126 millones de ejemplares en todo el mundo, de ellos siete millones de la edición en español. Para hacerse una idea de las cifras que se manejan en este tipo de libros hay que decir que la edición española de Grey, publicada por Grijalbo, como toda la saga, salió con una tirada de 500.000 ejemplares la última semana de junio, poco después de que se publicara en inglés.

Ni que decir tiene que los medios de comunicación de medio mundo, entre ellos y de los primeros el prestigioso The Guardian, se han apresurado a poner al libro a caer de un burro afirmando que la crítica ha destrozado esta cuarta entrega. Se la califica de sexista y machista por el modo en que relata cómo Christian mira a las empleadas en la oficina, que amén de todo esto es una especie de psicópata, que es inseguro y que sólo ve en Anastasia Steele, la del pelo castaño y esbeltas piernas y protagonista de Cincuentas sombras de Grey, donde relata en primera persona su relación con el atractivo Christian Grey, la versión carne real de una muñeca hinchable. También se recalca la frescura de las primeras entregas a desfavor de esta cuarta, que es más previsible, más esquemática, habiendo perdido esa cualidad romántica que poseía la primera entrega. Suponemos que porque la cosa estaba relatada por Anastasia, claro.

¿ Es necesario añadir que a pesar de las críticas, y el nivel reflejado por ellas mismas, la novela se ha vendido de maravilla? Es más, diría que las críticas han servido de acicate para dichas ventas La razón estriba sencillamente en un problema de semántica arropado por un semejanza en los continentes. Grey, por ejemplo, es un libro y es una novela, y también lo es Guerra y Paz: hasta ahí la semejanza. No más. Como la que existe entre un buen habano y un caliqueño fabricado con hoja de la peor calidad en el mundo del tabaco o un café de altura y no de recuelo… y así… Y hasta hace pocos años cada cosa estaba en su sitio. Manuel Fernández y González, que era señor que vendía mucho en la España de la Restauración, y que tuvo al joven Blasco Ibáñez de negro, no osó nunca parecerse a Galdós, y así sucedió durante mucho tiempo con la literatura de folletín barato, al que había que añadir la romántica. Pero hete aquí que en los ochenta la mezcla de géneros vino que ni al pelo arropada por la quiebra de lo hasta entonces establecido. Fue el auge del pop y fue entonces cuando Mario Vargas Llosa y Guillermo Cabrera Infante afirmaron aquello de que Corín Tellado era una “inocente pornógrafa”, afirmación que a la escritora asturiana le daba un poco igual, aunque eso sí, Mario siempre le pareció más guapo que el escritor cubano.

Y de aquellas lluvias vinieron estos lodos. La novela rosa, representada en Reino Unido por la abuela de Lady Di, Bárbara Cartland, se hace romántica y pornógrafa, mezclando ingredientes del nuevo héroe moderno, el ejecutivo psicópata, la sombra de American Psycho, de Brest Easton Ellis es alargada, con la nueva chica moderna, que ya no es la pacata de los cincuenta e incluso gusta del bondage, pero en broma, claro, sin pasarse, haciendo “como si…”, y nos sale la saga de Grey calcada, es decir, la literatura de kiosco de otros tiempos lanzada en papel más aparente, reciclado, con portadas más acorde con el diseño que se lleva, y con mucho marketing, es decir, mucha publicidad para algo que nuestras abuelas nunca necesitaron: iban al kiosco todas las semanas y allí tenían su Corín… y punto.

Lo que diferencia la literatura de kiosco de esta del desecho es su carácter pretencioso, porque así es la estupidez, la banalidad, cuando se alía al dinero. No busquen más. No hay más.

Grey es la serpiente de verano de la literatura, todo el año. Hay más, muchas más, pero nosotros teníamos que poner un título.