Oda a las fiestas de los pueblos: sexo entre olivos

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Lucía Martín (*)

Ilustriación: vectorpage.com
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Ya es la tercera vez que suena La Gozadera, salvo que no es Marc Anthony quien la canta sino una señora entrada en años y en kilos, lideresa de la orquesta popular Los Habichuelos. Sí, son las fiestas en el pueblo y allí estás tú, con tus vaqueros y tu polito Ralph Lauren sacado de la maleta para la ocasión. Como no tenías pelas, con esto de la crisis y la pensión de los niños, no has podido irte de vacaciones a la playa y este año ha tocado casa en el pueblo, con los enanos, tus padres y unos primos. Una alegría vaya. En el pueblo llevas 15 días, topándote con las viejas del lugar que se lamentan de tu divorcio, se lamentan porque ellas no tuvieron que vivir con tu ex: “Ay, qué pena, con lo buena pareja que hacíais, y, ¿cómo sigue Cuqui?”. Cuqui es tu ex, esa pérfida que te ha dejado con una mano delante y otra detrás. Mejor ni hablemos de ella.

Dos semanas llevas en este pueblo de Las Hurdes y parece que lleves un año. Te has leído todos los libros del ebook, has frito a tus amigos a whatsapp y ya no sabes ni qué hacer. Ni tiempo has tenido para pajearte y no ha sido la falta de ganas, que tienes la bragueta que te va a estallar la polla de las ganas de follar acumuladas, los huevos cargaditos… Pero es que cada vez que te ponías a ello o se presentaba en el servicio la abuela con ganas de orinar (“hijo, ¿vas a tardar mucho?”) o los niños que se peleaban entre ellos o tu madre, que entra cada dos por tres en la habitación, sin avisar, a ver si te ha dado un ictus. Joder, qué poca intimidad hay en esta casa.

Qué ganas tengo de follar… En estos pensamientos estás, con la inevitable versión de Bamboleo de Julio Iglesias de fondo, cuando la ves. La Maripili. Anda que no ha llovido desde que os enrollasteis cuando erais jovencitos. Estuvieron bien aquellos polvos aquel verano, follaba bien la jodía, tenía un coño agradecido que se abría como una flor en primavera. Y le cabía toda en la boca y se la comía con ganas, la relamía desde los huevos hasta la misma puntita, no como la Cuqui de los cojones que no quería comerte la polla porque “el sexo oral la daba asco, aunque estuvieses recién duchado”. Bueno, no digamos ya el sexo anal. Qué estrecha la muy perra…

Maripili… Sigue sin estar mal, mírala, y eso que pasará los cuarenta. Tenía buenas tetas y un culo generoso. Anda, mira, me ha visto y me ha reconocido. Claro, aunque estoy un poco fofisano sigo siendo atractivo. Hostia, que viene. Joder, cómo se mueve la muy zorra, qué meneo de caderas, ésta quiere guerra…

Hola Nachete, ¿qué tal? Cuánto tiempo, no sabía que anduvieras por aquí este verano.

– ¡Maripili, guapa! Sí, mucho tiempo pero tú sigues estando igual de buena…

– Anda, adulador, que siempre has sido un adulador. ¿Y tu mujer también ha venido?

– No, qué va, me separé hace unos meses, me he traído a los niños, mira, aquellos son.

– Vaya, no sabía. Lo siento (qué bueno sigue estando Nachete. Vaya verga que tenía, aún recuerdo aquellos polvos que echamos en la finca)

– Nada, nada, no hay nada que sentir, las cosas que empiezan y se acaban (qué bien huele la tía, ¿qué colonia llevará? Y menudo escote, parece que las tetas las sigue teniendo prietas)

– Y qué, ¿te diviertes? ¿Por qué el pueblo está bastante aburrido este año? (pfff, pues me lo follaba la verdad, es de lo mejorcito de la fiesta).

– Para descansar no está mal no, pero para lo demás.. Oye, ¿te apetece tomarte una copa?

Unas horas más tarde, los niños y tus padres acostados, estás detrás de la pared del bar bajándole las bragas a Maripili. Le tienes tantas ganas que crees que te vas a correr en los pantalones, como cuando tenías 15 años. Mientras te come la boca con lascivia, joder qué bien huele la cabrona, le metes el dedo en el coño, dos de golpe: lo tiene como una piscina de mojado, sigue siendo igual de acogedor que como lo recordabas.

Maripili gime de placer y te quita las manos de golpe mientras se arrodilla y te baja la bragueta

Te vas a dejar las rodillas con las chinas del suelo

– Que le den por culo a las rodillas…

Qué salvaje fue siempre esta chica y qué gusto que le guste todo. De rodillas, con las tetas saliéndole del escote, ya no se oye la puñetera orquesta y solo hay murmullo de grillos y de ramas de olivos mecidas por el suave viento. Maripili te huele el sexo por encima del bóxer. Joder que me corro en su cara. Y casi sin darte cuenta, tu polla le llena la boca. Toda. Se la mete hasta la garganta, con gula. Te lame y relame la polla, como lo hacía cuando erais jóvenes, desde los huevos, que te empapa de su cálida saliva hasta la punta del nabo. Te la llena de saliva, te succiona los cojones, te mete la puntita de la lengua por el agujerito... Le agarras la cabeza y le follas la boca con furia. No se queja como otras. Te susurra que tiene ganas de beberte. Te mueres de gusto…

Maripili como sigas así me corro en tu boca

– Eso después, me llenas la boca de tu leche y me la trago toda, pero primero fóllame como si no hubiera mañana

Y así, sin más miramientos, y con la poca ropa que os queda encima, os tumbáis en el olivar cercano a follar como monos. ¿Te acuerdas cuando le decías si le habían hecho el amor entre olivos? Al final, las vacaciones en el pueblo no van a estar tan mal piensas mientras le rocías la cara a Maripili de tu semen calentito. Uff, qué ganas tenía.

(Dedicado a todos aquellos que están de fiestas en sus pueblos).

(*) Lucía Martín es periodista y autora de ‘El sexo de Lucía’ (Popum Books, 2014).

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