Rafael Chirbes y el malentendido

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Fotografía de archivo de Rafael Chirbes, premio Nacional de la Crítica y de Narrativa, fallecido ayer. / Andreu Dalmau (Efe)

Albert Camus intuyó como pocos en el siglo XX las extensiones de los malentendidos. Ahora, a pocas horas de la muerte de Rafael Chirbes, es lo primero que me ha dado por sentir, que la trayectoria literaria de éste, una de las más radicales de la narrativa de su generación, fue recompensada al final de su vida por cuestiones que nada tenían que ver con su obra. Por esta vez el malentendido ha tenido un final nada desgraciado, lleno de ciertos oropeles, por lo menos los que te pueden suceder si te dedicas a estos lances. No más. Se que Chirbes era muy consciente de todo lo que sucedía a su alrededor, por ejemplo, la inercia y vaguería inherente a las instituciones y lo que sucede cuando te conviertes en sujeto de moda. Desde luego, el que le otorgaran premios sucesivos en los últimos años satisface a cualquiera, él se los merecía, pero sigo creyendo que la sombra del malentendido planea sobre la obra de este escritor y que no ha terminado de ser entendida en lo que vale.

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Porque Rafael Chirbes no es el gurú que predicó en el desierto sobre los males que aquejaban a este país -en especial la corrupción- hasta que llegó la crisis y, de repente, a todo el mundo le dio por la regeneración moral. Tampoco era, como lo quieren sus adversarios y enemigos, que los tenía, una especie de galdosiano redivivo cuya literatura, en el fondo, es una antigualla afecta al realismo del XIX y que no tiene en cuenta los avances estilísticos hallados y consagrados en el XX. Creo que detrás de esta concepción se esconde cierto prejuicio un tanto peregrino, y que consiste en delimitar temas relacionados con géneros: como Chirbes realizaba una especie de, llamémosla así, literatura de denuncia en sus últimos libros, si le hubiese dado por frecuentar el thriller, que ahora se ocupa de estas cuestiones, pues la cosa se mantendría dentro de un orden, al fin y al cabo los que se ocupan de éste no pertenecen a la alta cultura, pero lo cierto es que a pesar de los esfuerzos realizados por las adaptaciones televisivas de sus novelas, éstas no terminan de entrar en el género. Y es cierto: Rafael Chirbes es un escritor realista, poco afecto a los géneros, lo que desde luego no justifica la etiqueta de galdosiano, que parece ser un insulto desde los tiempos del 98. Para los que así opinan que lean Mimoun, por no hablar de La buena letra.

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Malentendido. Chirbes no era sólo el autor de Crematorio y En la orilla. Era un escritor de dilatada trayectoria, desde aquella su primera novela publicada en el 88, en Anagrama, su casa editora de siempre, y con la que fue finalista del Premio Herralde, la ya citada Mimoun, y Los disparos del cazador, y ello por no citar la trilogía compuesta por La larga marcha, La caída de Madrid y Los viejos amigos, hasta la inédita París- Austerlitz, que publicará Anagrama este invierno y que según su editor, Jorge Herralde, no tiene nada que ver con Crematorio o En la orilla. “Otro tipo de novela”, así la ha calificado.

Conocí a Chirbes en los tiempos de Sobremesa, que dirigía un italiano con bastante gracia . Por allí se encontraban Manolo Rodríguez Rivero y Constantino Bértolo, y se formó una suerte de fraternidad donde llegaron a temblar algunos cocineros aún no tan establecidos como ahora, y no doy nombres. Chirbes, después de las aventuras periodísticas, que le sabían a poco, se retiró a su oficio literario. Le publicaban en editoriales británicas con mayor éxito que en su país, y eso, paradójicamente, le animó. Se retiró por tierras extremeñas, por las zonas de Gerena, Jerez de los Caballeros, Zafra... hasta que recaló de nuevo en su tierra, de la que ya no se ha movido hasta su muerte.

La última vez que vi a Chirbes fue en el 2008, cuando le dimos el Premio Dulce Chacón, en Zafra, y tengo que decir que estaba algo emocionado. Fue a raíz de la publicación de Crematorio y desde ahí comenzó esa racha de buena suerte y de premios que se desencadenaron por motivos ajenos a su narrativa: la crisis ya estaba instalada en nuestras conciencias y como esta novela iba directa al corazón de la especulación inmobiliaria,y en su tierra, y con mafiosos rusos por medio, se le premió con un marchamo de profeta, cualidad que nunca tuvo. El problema de Chirbes es que justamente no era profeta sino que describía en sus libros lo que veía, y parece que mirar con ojos transparentes al entorno es cualidad de predestinación en un mundo que se pone vendas en los ojos o, por lo menos, anteojeras. Y eso es lo que nos ha sucedido. De ahí lo del malentendido.

Lo que más me gustaría es ver a Chirbes reconocido en lo que vale una vez pase la crisis, si es que algo tan extraño puede suceder. Y nada me alegraría más porque sería una sanción literaria, ajena a avatares espurios, como el de esta supuesta regeneración moral en la que estamos, que se esfumará con la misma rapidez en que desaparezca la crisis y vuelva el dinero.

Este es el mayor deseo que se me ocurre ahora en su muerte. Al fin y al cabo era, sobre todo, un escritor.

3 Comments
  1. paco otero says

    Le conocí en TANGER,como hombre de letras con mayúsculas y en la sombra, así le he tenido en la memoria y no como estrella de las letras, como esa otra mayoría que también conocí en TANGER y con la que compartí mantel pero no emociones

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