«Justicia social»

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Mónica G. Prieto

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Fuente: Shutterstock

Cada metro recorrido, cada inmaculada baldosa arrollada por la camilla metálica que empujaba despreocupado el celador, se traducía en una mezcla de ira y miedo que a Gerardo le quemaba la garganta y le presionaba su maltrecho corazón. Miedo, más cercano a puro pánico, a quedarse para siempre en el quirófano imposibilitándole para poner las cosas en su sitio en su propia casa, donde su ausencia alimentaría la rebeldía. Ira cuidadosamente alimentada por su misoginia y sus propios fantasmas, que reproducían una y otra vez la última conversación mantenida antes de ingresar, horas atrás, en el hospital con un amago de infarto. “Dejad que se muera”. La frase de su hija Adela, pronunciada estoicamente mientras encendía un cigarrillo sentada frente a la silla donde él agonizaba. “Dejad que se muera”. Y mientras su esposa, Carmen, envejecida por las ojeras que habían transformado su cara en una calavera años atrás, cuando se casaron , dudando si salvarle o no. “Dejad que se muera. Es lo que se merece”, repetía la guarra de su hija mientras Gerardito, su único vástago, marcaba el número de urgencias con cara circunspecta. “No podemos hacer eso, Adela. Pese a todo, es nuestro padre”.

Hombre tenía que ser. A ellas debía de haberles quemado vivas hace tiempo, debía de haberles destrozado la cara a golpes hasta matarlas. Ese era el problema, que no terminaban de aprender la lección. Lo que ellas consideraban palizas, maltratos, insultos, vio-len-cia-de-gé-ne-ro como repetían una y otra vez esas zorras que presentaban las noticias en televisión, no eran más que caricias comparado con lo que les esperaba cuando saliera de allí. Esa era la razón por la que no quería morir: no podía permitir que ellas disfrutasen de su casa, dilapidasen la magra fortuna que había acumulado tras una vida de trabajo -que no de privaciones, si contaba con el alcohol diario y las prostitutas a las que había pagado religiosamente durante los últimos 25 años, pensó con íntima satisfacción- y se liberaran para siempre de su control. No iba a dejar que cualquier otro viniera a trabajarse a su mujer. Era su mujer y lo sería hasta que la muerte los separase: la muerte de ella, porque él no estaba dispuesto a renunciar a la venganza. Las imaginaba cuchicheando, insultándole, rebuscando en sus bolsillos en busca de dinero o, lo que es peor, encaminándose a comisaría para denunciarle aprovechando su estancia en el hospital. Y cuando más pensaba, más oxígeno necesitaba. La ira, su veneno personal, comenzó a producirle taquicardia y volvió a aproximarse al estado de pánico. “No puedo respirar”, gimió buscando con ojos suplicantes al celador, quien se limitó a echarle un vistazo mientras esperaba que abriera el ascensor. “Tranquilo, estamos llegando. Pronto se sentirá mejor”, dijo antes de explotar una pompa de chicle entre los dientes. El pastoso olor de la menta le alcanzó la nariz, haciéndole sentir vulnerable como un niño.

...

A Clara también le faltó la respiración cuando leyó el nombre del siguiente paciente al que debía anestesiar. Gerardo Hernández encarnaba el mal para su familia desde que su hermana menor le conociese, hace medio lustro, en el verano más desgraciado de su vida. Se dejó engatusar por un encantador de serpientes, como le dijo su madre, pero Carmen era demasiado joven y estaba demasiado enamorada para hacer caso al sentido común. Los ataques de celos, al principio considerados por la mujer como una muestra de amor, no tardaron en traducirse en puñetazos en mesas y paredes: meros avisos, toques de atención de lo que estaba por llegar. Tras la boda, las cosas se precipitaron por el abismo de lo inadmisible pero Carmen le defendía siempre, justificando con excusas sus moratones, hasta que le fue imposible excusar su labio partido o su nariz rota ante su hermana médico. Llevaban un año casados cuando Gerardo perdió el miedo al qué dirán y pasó a las palizas, casi siempre colofón de noches de borrachera, que se perpetuarían en los años siguientes indolente a la presencia de dos niños que envejecían, más que crecer, asistiendo impotentes a la violencia conyugal.

Contemplar impotente el drama como hermana mayor fue la enfermedad crónica de Clara. Incapaz de convencer a su hermana para abandonar y denunciar a la bestia en la que se había convertido su marido, se veía obligada a conformarse con escuchar, limpiar las lágrimas y curar las heridas de Carmen para no perderla. Pero eso no implicaba que llevase años albergando un deseo tan oscuro como absurdo e imperioso. Matar al hombre que arruinaba la vida a Carmen y sus hijos y acabar de una vez con todas con el dolor familiar. Y ahora, el destino le ponía esa posibilidad a su alcance, pensó fríamente. Una alteración en la dosis, una sustancia inocua en la inyección y la pesadilla habría acabado. ¿Y si alguien sospechaba? Iría a la cárcel con la cabeza bien alta, claro, pero ¿quién se haría cargo de Carmen?, pensó. Sus sobrinos eran lo bastante mayores para valerse solos, pero los golpes habían hecho de su hermana una mujer debilitada, psicológicamente mermada, necesitada de apoyo. Además, ¿quién iba a sospechar, siendo la médico anestesista asistiendo a un hombre con problemas cardiacos tan graves que requerían una intervención urgente?

El brusco sonido de la puerta al abrirse le volcó el corazón. “Ay, Rosa, casi me da un infarto”, dijo al ver entrar a la experimentada enfermera. Rosa saludó sonriente pero su rostro mudó al ver el aspecto de su amiga. “¿Qué te pasa? Estás pálida, pareces un cadáver”, musitó tomándole las manos y rozando con el índice su mejilla demacrada. El gesto quebró la integridad de Clara, que rompió en un llanto incontrolable. Rosa la abrazó pasándole la mano por el pelo con dulzura. “Shhhh... No estás sola. Debes tranquilizarte y contarme qué pasa. Shhhh... Tómate tu tiempo, respira. No estás sola...”

...

El último empujón del celador sacudió de nuevo a Gerardo cuando el ascensor se abrió en el cuarto sótano. Sintió que se acercaba unos metros más a su destino. Trató de pensar en positivo, recordando un viejo documental de televisión donde unos tipos con batas blancas parloteaban sobre cómo influía la buena predisposición mental en la eficacia de la anestesia. Se suponía que tenía que pensar en sus mejores recuerdos. Ahogó una risita evocando sus múltiples visitas al prostíbulo del polígono industrial. Luego pensó en sus amigos del bar, en sus partidas de cartas, en las noches empapadas en garrafón. Eso es. Aún le quedaba mucho por disfrutar, y mucho por beber. El alcohol mejoraba su autoestima, enfocaba una imagen de sí mismo que, sin alicientes externos, dejaba mucho que desear. Y le devolvía el control sobre su vida. Por eso, cuando regresaba a casa de madrugada, le gustaba hablar con su mujer sobre sus carencias, sus preocupaciones. La muy zorra decía que le gritaba, pero no era eso: simplemente era un tono de voz. Y si se le iban las cosas de las manos de vez en cuando es porque le provoca con sus respuestas. “Me deslomo para pagar la casa y los gastos, y ella me devuelve el favor criticándome todas las noches. Y vistiendo como una puta. Y sonriendo a todos los hombres, desde el cartero al cajero del super”. Siempre había temido que se acostase con todos ellos a sus espaldas, pero nunca había podido probarlo. Pero ¿quién le decía que no era lo que estaba sucediendo ahora mismo? Ni Carmen ni su hija quisieron acompañarle al hospital, sólo su hijo se apiadó de él: hombre tenía que ser. Ellas nunca le quisieron. Representan su ruina personal y moral y encima le acusan de ser un monstruo. Un maltratador.

Sintió que le volvía a faltar el aire. Boqueó ostentosamente para llamar la atención del celador, que abría una puerta abatible con un decidido empujón con el trasero para permitir el paso de la camilla. “Aquí termina el viaje”, dijo colocando a Gerardo junto a una mesa de operaciones. “¿Me tengo que quedar solo? Me encuentro muy mal”, replicó con voz implorante y ojos vidriosos. El celador, que revisaba distraído su historial, movió la mirada del papel al rostro del paciente. “Tranquilícese. Serán sólo unos minutos. Enseguida vendrá el equipo médico y le dormirán, y si todo va bien podrá despedirse del hospital por una temporada”, respondió en tono convencido. Gerardo procedió a mantener la mente en blanco e inhalar aire por la nariz y expulsarlo por la boca, en un intento de regularizar la respiración. “No debo pensar en nada. No puedo dejar que me lleve la ira. Debo relajarme”, pensó. Trató de pensar en su hijo, su orgullo, su sostén, y recordó su mirada indiscernible mientras seguía con la vista la camilla que le conducía a quirófano desde la admisión de Urgencias.

No era el rostro de la preocupación sino el del reproche. Era la única objeción que siempre encontró a su vástago: su excesiva proximidad hacia la madre. Hace algunos años, cuando era apenas un adolescente, llegó a envalentonarse interponiéndose entre su puño y el rostro de Carmen, desarmando a un Gerardo que no supo cómo reaccionar. Pero la madre, que sabía el lugar que le correspondía, le convenció de que no volviera a entrometerse en los asuntos de los mayores, y desde entonces el muchacho se limitaba a escaquearse siempre que comenzaban los gritos: se encerraba en su cuarto y disfrutaba de su música a toda pastilla, no como la zorra de su hermana, que en una ocasión llegó a romperle un tiesto en la cabeza para que dejase de sacudir a Carmen. Si no hubiera sido porque aquel día estaba demasiado borracho, la habría golpeado, pero el impacto le dejó inconsciente: cuando recordó lo sucedido, Adela ya estaba de vacaciones con su tía Clara.

...

Rosa secaba las lágrimas de su amiga a medida que ésta vomitaba el dolor acumulado en las últimas décadas. No hacían falta muchos adjetivos ni coloridas descripciones de una vida de violencia intramuros, de la casa convertida en permanente trinchera: la crónica del miedo que atenazaba a su familia se escribía con una sencillez y frialdad desoladoras. De pronto, una década de amistad encajó a ojos de Rosa. Siempre se había preguntado por qué la hermana de su amiga Clara era tan reservada. Nunca comprendió los silencios abisales que ambas compartían como si se tratase de diálogos incontenibles, ni las llamadas a horas intempestivas que llenaban los ojos de su amiga de lágrimas. Las pocas veces que le preguntó, Clara respondió con evasivas y ella prefirió no insistir. En eso consistía la grandeza de su amistad: se tenían una a la otra siempre que se necesitasen pero contaban con un absoluto respeto mutuo hacia sus secretos. Rosa sintió una punzada de remordimientos. Podría haber aliviado el dolor de su amiga mucho antes, haberle servido de paño de lágrimas o haber orquestado una denuncia como testigo de maltratos que al menos habría asustado a aquel vulgar matón. A medida que oía el relato sintetizado de los golpes, verbales y físicos, pensó en la cantidad de mujeres que habían pasado por el hospital con marcas similares en sus cuerpos y en sus mentes.

“Un millón de veces pensé en matarle. Incluso se lo propuse a mi hermana: un puñado de pastillas disueltas en un tazón de caldo serían suficientes para comenzar una nueva vida. Siempre critiqué que no tuviese el valor de hacerlo, y ahora soy yo la que carezco de valentía”, se reprochó. Rosa se tomó unos segundos para responder. “No deberías. No se trata de un crimen, sino de justicia social. Ese malnacido sólo trae problemas a este mundo, ¿por qué debes salvarle? ¿Vas a ser cómplice de su maldad condenando a tu hermana a más años de golpes?”. Clara fijó sus ojos en los de su amiga, sopesando sus palabras. “Pero si alguien se entera...”, esgrimió. “¿Quién iba a hacerlo?”, respondió Rosa. “¿Le harían autopsia si fallece en la mesa de operaciones, con su estado? Vamos, hace unas horas estuvo a punto de palmarla y ya ha firmado el documento que exime al hospital de responsabilidades. En realidad, a nadie le sorprenderá que muera en la camilla. Y nadie le echará de menos”. Las facciones de Rosa apenas se movían mientras elaboraba su discurso. “¿Y Mabel y Solano?”, dijo Clara en referencia a la jefa de enfermeras y la cirujano. “Notarán que algo me pasa. Y si me encuentran modificando la dosis...” “Nunca lo harían porque eres una profesional intachable y una de las médicos anestesistas más valoradas de toda la comunidad. Pero además yo la distraeré. Anda, tómate un tranquilizante y vamos a quirófano. Acabemos con esto cuanto antes”.

...

Los pasos se agolpaban en la sala de urgencias, próximos pero erráticos. Gerardo comenzaba a necesitar de forma imperiosa a un profesional que se hiciera cargo de él. El áspero tacto de la sábana sobre su cuerpo desnudo le hacía sentir doblemente desvalido, y nunca fue un hombre precisamente valiente. La vulnerabilidad minaba sus escasas defensas, y la inquietante posibilidad de que la muerte le acechase le agitaba aún más la respiración. Oía voces femeninas, acompañadas del murmullo que producía el desembalaje de plásticos y cajas. Hizo un mohín de desagrado y tragó saliva. Le gustaría controlar en momentos tan sensibles su ira, pero no podía evitar sentirse humillado por el hecho de tener que pedir ayuda a una mujer. “Enfermera, por favor”. El ruido amortiguó sus palabras, ignoradas por las mujeres, que en esos momentos estallaron en breves risas en respuesta a un comentario oportuno. El odio que le corrompía las entrañas volvió a crecer. “ENFERMERA”, gritó esta vez. Una joven acudió apresurada. “Buenos días, emmm.... Don Gerardo”, dijo tras comprobar su ficha médica. “El cirujano llegará en quince minutos. Estamos preparando el instrumental y enseguida se pondrá en manos del anestesista”, prosiguió esbozando una sonrisa tranquilizadora. Su rostro le recordó una de las prostitutas con las que se había acostado años atrás, en un motel de carretera de Huelva. Era ucraniana, o polaca, pero no la recordaba precisamente simpática. “Pues dense prisa, cada minuto que paso aquí me encuentro peor”, dijo tratando de dotar su voz de recriminación; algo inútil porque la joven ya se había alejado.

Minutos después, un musculado celador volvía a aproximarse acompañado de la misma enfermera: con un gesto experto y demostrando una coordinación producto de años, movieron en segundos su pesado cuerpo sin que apenas le diera tiempo a disfrutar de aquella sorprendente ingravidez y le trasladaron a la mesa de operaciones. La enfermera empezaba a amarrar las correas en sus extremidades al tiempo que el celador abandonaba la sala y entraban dos personas con batas blancas y mascarillas. “Buenos días. ¿Preparado para empezar?”, dijo una de las mujeres, con tono neutro. “Si no me queda otro remedio...”. “Será cuestión de minutos, la enfermera jefe y la doctora Solano están a punto de llegar”, añadió la voz mientras acomodaba el gotero. “¿La doctora? Entendí que sería un doctor”, respondió Gerardo sin pensar apenas. Las dos mujeres quedaron paralizadas durante unos segundos. “Solano es uno de los cirujanos cardiacos más reputadas de toda la provincia”, prosiguió la enfermera con parsimonia. “Ja. Estoy seguro de ello”. Gerardo no quería imprimir ironía a sus palabras -no estaba tan loco como para buscarse enemigos en quirófano- pero no pudo evitar que el rencor que le consumía se infiltrase en su voz. La segunda mujer emitió un sonoro suspiro y, curioso, buscó sus ojos con la mirada.

...

Clara estaba pálida pero mantenía el tipo mientras se movía de forma experta en torno al hombre que había sepultado la vida de su hermana. Su respiración era costosa, el sudor le perlaba la frente y pensaba que su nerviosismo la delataría en cada uno de sus movimientos. Estaba pensando en renunciar a su absurdo plan cuando el comentario de Gerardo la sacudió. Miró automáticamente a Rosa, quien frunció el ceño devolviéndole una determinación que no hacía falta verbalizar, e introdujo su mano en el bolsillo para acariciar la ampolla de líquido que se disponía a curar para siempre el cáncer que corroía a su familia.

Fue el cruce de miradas lo que llamó la atención de Gerardo, quien escrutó sus rostros: había algo profundamente familiar e incómodo en la cara de una de ellas, pero no sabía qué era. “¿Es usted religioso”, preguntó la otra mujer, mientras la puerta de quirófano volvía a abrirse para dejar paso a la cirujano y a la enfermera jefe. “Porque quizás le haga bien rezar. Cuanto más relajado esté, mejor le sentará la anestesia”. “Rezar es de brujas”, respondió con tono seco, una vez más revestido de rencor. “Aunque tendría que haber rezado para que hubiera algún hombre en la sala”. Las recién llegadas observaron al sujeto con lejano asombro. “¿Se sentiría más cómodo con un varón, señor?”, intercedió Solano mientras examinaba el historial del paciente. “Nunca he tenido quejas por mi trabajo, y no precisamente porque hayan muerto en la mesa de operaciones. Está usted a punto de ser operado de urgencia, no me parece el momento de cuestionar a quienes están a punto de salvarle la vida”, dijo la doctora mientras se enfundaba sus guantes. “O de matarme”, repuso él. Esta vez sintió el peso de las cuatro miradas sobre su rostro. “Era una broma, vamos”, dijo Gerardo con ademán de fastidio.

Aprovechando la conmoción generada en la sala, Clara metió la mano en el bolsillo de la bata y deslizó la ampolla entre sus dedos expertos mientras rompía el precinto plástico de la aguja con la que estaba a punto de perforarle. Rosa apretó levemente su brazo, señal de que nadie miraba en ese momento: se volvió y disimuladamente incorporó su contenido a la inyección que preparaba. “Necesito que se incorpore para poder definir el lugar de la punción”, dijo tras darse la vuelta, dirigiéndose al paciente. Y a Gerardo se le iluminó una remota bombilla en algún lugar de su cerebro. Como en una película, aquella voz le retrotrajo a años atrás, cuando su esposa apareció en casa con los ojos amoratados sostenida por su hermana, roja de ira y blandiendo la denuncia que le había convencido para firmar. Su resaca le impedía saber el motivo de las marcas en las facciones de Carmen ni comprender la cólera con la que Rosa le gritaba, escupiéndole reproches y profiriendo promesas de una larga vida en prisión. “Tú no me hables así, puta. Preocúpate mejor de que la zorra de tu hermana deje de ir provocando a todo el barrio”, le respondió. Aquella había sido la última vez que se enfrentaba a ella, tras convencer a su mujer -besos y regalos sucedidos por palizas e insultos- de la incompatibilidad de sus caracteres, pero su enemistad era motivo frecuente de discusiones: cada vez que Carmen llamaba a su hermana, cuando acudía a refugiarse en su regazo, siempre que su nombre salía a relucir en reuniones familiares a las que Clara prefería no acudir si Gerardo estaba presente. Ella se había convertido en el más firme adversario de Gerardo y, su ejemplo, en el modelo más temido. Si su mujer o su hija tuvieran la mitad de la determinación de su cuñada, hace tiempo que viviría solo, consumiéndose entre tragos, porquería y soledad.

Odiaba a aquella mujer más que al resto si cabía, y su mente había marginado por completo el hecho de que era profesional de la medicina: la casualidad hacía ahora que de ella dependiera parte de su destino. “¿Rosa? No me lo puedo creer. Con todas las putas enfermeras que hay en este país, ¿y tenía que toparme contigo? ¿O te ha llamado Carmen para que te ocupes de mí?”. La frase heló la sangre de la anestesista mientras sostenía la inyección a la espera de desinfectar la zona de punción. “¿Conoces a este hombre?”, preguntó la doctora Solano. “Sí, es mi cuñado. No mantengo el contacto con él y no pensé que fuera el mismo hombre cuando leí su nombre en la lista”, dijo sin pestañear. “Sus apellidos son muy comunes”, apostilló. Gerardo sintió aquella familiar presión en el tórax. “No mantienes contacto conmigo porque eres una loca histérica que sufre alucinaciones”, contestó él con cierto soniquete en la voz. “No tengo contacto con el paciente porque pega de forma frecuente a mi hermana y maltrata psicológicamente a mis sobrinos”, alegó ella con el mismo tono monocorde. La enfermera jefe y la doctora se miraron antes de que la última tomase la palabra.

“Vamos a ver. Somos profesionales y no vamos a admitir que un paciente insulte a un miembro del equipo que se dispone a operarle. Su caso es urgente y necesita esta intervención, así que le pido que no complique las cosas. Si prefiere que le atienda otro médico anestesista, está en su derecho de solicitarlo pero le advierto que su nombre quedará al final de la lista de espera. Y no encontrará mejor profesional que la persona que le está atendiendo”. Pero la mente de Gerardo ya no estaba en aquella sala, sino en la cantidad incuantificable de noches sin dormir que había pasado pensando en la negativa influencia que aquella mujer ejercía sobre su esposa y dotando a sus demonios personales con el rostro de Rosa. Era el peor ejemplo que podía encontrar Carmen: una profesional liberada sin ataduras, independiente económicamente y emocionalmente, una mujer sólida que había despreciado en innumerables ocasiones la posibilidad del matrimonio secuestrada por el miedo irracional de seguir el destino de su hermana. Ella era una gran parte del problema que tenía en casa y llevaba años deseando confrontarla. “Cualquier cosa sería mejor que esta furcia poniendo sus manos sobre mí. Ha envenenado a mi mujer y a mis hijos; me ha envenenado a mí. Estoy en esta camilla por su culpa, por la culpa de mujeres como ella que...” Fue la jefa de enfermeras quien se interpuso esta vez entre Gerardo y la estupefacta Clara. Había tanto odio en aquellas miradas en llamas que todo el quirófano podría haber ardido, incinerando hasta el más minúsculo de los instrumentos de precisión. “No le vamos a permitir utilizar ese lenguaje, señor. Es la última oportunidad que tiene para reflexionar: podemos proceder a anestesiarle y comenzar su bypass o enviarle a planta. Es su opción”. Pero Gerardo no respondió. La ira estaba reventando su pecho, sus demonios le retorcían con saña el corazón y le faltaba la respiración. Se ahogaba. Intentaba pedir ayuda, pero las palabras nunca llegaron a su boca. Las cuatro mujeres reconocieron de inmediato el infarto y ninguna movió un músculo para evitarlo, con la mirada fija en el paciente moribundo. “Esperamos, firmo el parte de defunción y nos marchamos a seguir trabajando”, dijo por fin la cirujano. “Tenemos vidas que salvar”, añadió mientras pasaba su brazo por los brazos de Clara, hipnotizada por el espectáculo. Rosa aprovechó los últimos estertores para desechar la anestesia preparada y quitarse los guantes, arrojándolos al bidón de basura. “Justicia social”, murmuró.

2 Comments
  1. Adam Paden says

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