De repente, el verano

Juan Ángel Juristo

Imagen: Efe
Imagen: Efe

Me siento en este banco, cerca de una escultura que parece unas enormes tenazas rotas y me asalta la imagen del viejo que vi anoche vomitando sangre mientras intentaba levantarse de la acera con una pierna que se le iba por todos lados. Le miraba y no supe que hacer, así que le miraba y le miraba y nada más hasta que oí la sirena de los del Samur y me escondí en un portal por miedo a que me acusaran de no ayudarle.

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Le miraba y no hice nada. Gemía e intentaba levantarse pero la pierna se le iba por el lado contrario, de tal manera que se espatarraba cada vez más, como pasa en los dibujos animados cuando a alguno se le cae un enorme peso: parece una hoja. Oí como bajaban de la furgoneta y comenzaron a desabrocharle la camisa y a ponerle unos tubos. Se veía mal, muy mal, y a esto oigo la sirena de los de la Municipal, así que me metí un poco más en el portal y me oía los latidos del corazón. No estaba nervioso. Comencé a notarlos. Nada más.

Oí voces que no lograba entender, salvo algún que otro, «venga», «joder», «deprisa», y de pronto sonó la sirena del coche de la policía, hiriente, como si me la hubieran colocado al lado de la oreja, y poco a poco se fue alejando hasta perderse al cabo de un rato largo. Miré, escorándome, y vi cómo metían al hombre, al viejo, en la furgoneta y, otra vez otra sirena pero con el mismo soniquete, y ahora, sí, el silencio y pasos que se alejaban junto a otros pasos, gente curiosa, incluso a esas horas de la noche, y salí, entonces, y miré el charquito de sangre, largamente, un buen rato, una mezcla de mocos y grumos rojos, casi coagulados, justo al lado de un canalón y una lata abollada de cerveza. Encendí un cigarrillo, de esos que uno tiene de repuesto porque no es fácil dejar de fumar, no hay mejor ejemplo que lo de anoche, y me fui trastabillando, como un borracho, hasta casa.

Pero no logré dormir y la sangre coagulada del viejo se me juntaba con la del coño sangrante de Elena aquel día, en la sierra, en que nos dio un apretón después de comer, el vino ayudó lo suyo, y quise follar allí mismo mientras a ella se le clavaban algunos cardos en el culo. Eso dijo, pero aquel coño, con el flujo retenido y el tampax al lado, abandonado junto a los vasos de plástico verde, me puso a tope y fue uno de los polvos más estupendos que tuve con ella, que jadeó lo suyo a pesar de los cardos peleones.

Me masturbé, lento, mientras se me cruzaba la imagen de Elena y la cara de una rubia que había atisbado en el bar esa tarde mientras esperaba a Paco, que venía de pasar unos días en Tesalónica, donde había conseguido trabajo como carnicero. Me quedé frito y no me desperté hasta las once. Me sentí relajado, como si hubiera viajado por otros mundos, pero tenía un fondo triste. Así que después de desayunar me metí dos cigarrillos mientras miraba al patio interior con la esperanza de ver el mirlo que suele saltar por las mañanas por los canalones del tejado, poco más arriba de las cuerdas de tender.

Luego he salido a la calle y poco a poco me he venido hasta Atocha, y a este jardín, donde me meto los sábados cuando estoy un poco raro, mohíno, que diría mi pobre madre, como hoy. Al lado de una escultura que se mueve, una de metal, pero el banco estaba ocupado por unas japonesas que no paraban de reír y me molestaban. Me he venido a este, más umbrío y donde hay una escultura que debe ser de unas tenazas pero que me gusta porque parece oxidada y todo lo que tiene que ver con el rojo me atrae.

Debe ser por eso por lo que me he acordado del viejo de anoche. Asociación de ideas. Me fumaré un cigarrillo, se está bien aquí aunque las risas de las japonesas son insufribles. Luego, a comer con Paco, que me ha invitado a un griego de su antiguo barrio, donde ponen un pulpo duro como una piedra y una musaka aceitosa y llamaré a Elena, a la que no veo hace un mes, pero es que lo de anoche me ha recordado viejos tiempos. Gracias al viejo.