Cinco estampas mexicanas

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Daniel D. Carpintero *

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Imagen: David Mark (pixabay.com)
1. Cubi y los rayos

Cubi es el diminutivo de cubo. Sus padres lo llamaban así cuando era un niño. Tiene cúbica hasta la cabeza. Incluso el corte de pelo —rasurado en las sienes, a cepillo por arriba— sugiere alguna clase de estructura poliédrica. Cubi está muy gordo; lleva prendas holgadas que disimulan cualquier ondulación accidental que hubiera en su cuerpo. Se mueve todo al mismo tiempo. Avanza igual que un bloque inarticulado. Es raro verlo extender un brazo o doblar una rodilla o hacer algún gesto que amenace la impresión de solidez euclidiana que produce. Pero su sonrisa —pícara, provocadora, inyectada de cierto pequeño orgullo— desmiente cualquier idea de rigidez que uno se hubiera hecho de él. Cubi cree saber algo que los demás ignoran. Tiene ese aire de taimada astucia. Te mira sonriendo y está diciéndote: «Yo sé lo que escondes. Engañas a todos menos a mí».

Cubi se ocupa de cuidar la casa de campo de mis anfitriones en Cuernavaca. Riega las plantas y arregla las goteras y se dedica a trastear y a tirarse pedos por el jardín. Él está allí todo el tiempo mientras que los propietarios sólo acuden los fines de semana. Cada sábado se le reprocha que haya dejado secar cierto trozo de césped o que alguna lámpara esté fundida. Entonces Cubi se desplaza con su estilo de paralelogramo inequívoco hasta el lugar en cuestión. Evalúa el destrozo y esgrime alguna excusa sonriendo con sagacidad. Sus excusas son aterradoras. Diluvios y huracanes y todo tipo de cataclismos. De lunes a viernes suceden verdaderos desastres naturales domésticos en Cuernavaca.

Las tormentas en México asustan mucho. En Europa existe un pacto para que caigan en el extrarradio de las grandes urbes. Pero aquí atacan el centro de las ciudades. Ves cómo los rayos recorren los intersticios del puzle del cielo justo delante de tus ojos. Los truenos rompen cristales y hacen sonar las alarmas de los coches y atemorizan a los perros callejeros. Yo arrastro un miedo infantil a las tormentas. Las temo. Las temo mucho.

Sábado por la noche en Cuernavaca. Estoy con Cubi bajo el soportal de la casa mirando la tormenta. Él posee un sentido especial para adivinar los miedos y las debilidades de los otros. Tiene la sonrisa: sabe algo que los demás ignoran. Es entonces cuando cometo el error.

— Cubi —le digo—, supongo que aquí hay pararrayos.

Él se gira lentamente hacia mí (diría que gira el cuello pero carece de cuello) y contesta:

— No.

Enfrente de nosotros está el jardín con la piscina.

— Pero podría caer un rayo en la piscina, Cubi.

Él me mira a los ojos. Noto que está disfrutando.

— Ya cayeron muchos —dice—. Siempre cae alguno en la alberca.

— ¿Y qué hacemos si cae uno?

— ¿Si cae un rayo el alberca?

— Sí. ¿Qué haremos entonces?

— No se puede hacer nada. Todo ese terreno detrás del muro está lleno de hoyos de los rayos. No hay nada que se pueda hacer. Si te escondes, el rayo te persigue. Si te metes a una recámara, el rayo va detrás de ti.

— ¿Entonces crees que nos alcanzará un rayo?

Cubi sonríe.

2. Las intermitencias de los intestinos

Los europeos expulsan entre cien y doscientos gramos de materia fecal al día. Los mexicanos pueden excretar un kilo y medio. El europeo común evacúa una vez cada veinticuatro horas. El mexicano visita al señor del retrete al menos tres veces por cada rotación de la Tierra. Los datos figuran en la obra de Juan Tonda y Julieta Fierro El libro de las cochinadas, que contiene pasajes de una calidad poética para gourmets. «En ocasiones las lombrices intestinales emergen por el ano sin decir agua va», por ejemplo, «y nos sorprenden cuando sentimos algo pegajoso que se mueve entre nuestras piernas». En México se habla del asunto. Un grupo de ejecutivos trajeados evalúa la cuestión junto a la entrada de las oficinas del banco HSBC. Discuten sobre grosores y densidades y frecuencias. Por la calle es común ver a algún hombre que camina con cierta consternación. Sabes que está buscando el baño más cercano y que no descarta que se dé una contingencia antes de que llegue a su destino. Su destino, por decirlo de otro modo, podría no hallarse donde él supone. El europeo que llega a México sufre un reajuste intestinal tumultuoso. Aterriza en México y al cabo de tres o cuatro días se sumerge en un universo excretor de una riqueza y una voluptuosidad pantagruélicas. ¿De dónde sale todo esto?, se pregunta observando con curiosidad el fondo de la taza del váter. Luego vienen las intermitencias. A una deposición líquida le sigue otra sólida. A una pequeña le sigue otra grande. Es como mirar el perfil de una ciudad en la que los rascacielos se alternan con las casas de un solo piso. Pero esa ciudad, digamos, está dentro de tus tripas. Si en Europa el submundo de los urinarios es un ámbito de silencio y escrúpulos, en México es todo jolgorio y animación. Los juglares cantan cuando uno levanta la tapa del retrete.

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Un organillero, en una calle de Ciudad de México. / Mario Guzmán (Efe)
3. Organillos

En las calles del centro de la Ciudad de México se oye cada poco un organillo. Se trata de esos aparatos viejos que funcionan haciendo girar una manivela y que en Madrid eran habituales hace veinte años. Los de Madrid eran artilugios chirriantes y nostálgicos. De niño uno examinaba su mecanismo con la misma fascinación con que hacía girar un caleidoscopio. Pertenecían a la categoría de las brújulas y los relojes solares y las escaleras de caracol. Tenían ese brillo un poco triste de los juguetes antiguos y el aroma funerario de un museo de cera.

En México los organillos suenan igualmente desafinados. Emiten un hilito penoso que se esfuerza por parecerse a la música. De ellos salen canciones tullidas que se arrastran por las calles apoyándose en muletas de madera. Si los pianos se compran en tiendas de instrumentos musicales, para adquirir un organillo hay que acercarse a una ortopedia. Cerca de estos artefactos se ve siempre a un hombre vestido de boy scout que tiende su gorra para que le eches unos pesos. En cada calle del centro hay un individuo uniformado junto a otro que hace girar la manivela. Está la policía y está el ejército y están estos tipos de los organillos. En México todo es así. Cuando uno escarba en el caos encuentra reductos de orden escrupuloso.

4. Taxis

Los taxis recorren México DF como un ejército de bebés camicaces. Son coches pequeños y descacharrados —Volkswagen escarabajos y similares— conducidos por pilotos de rally. Se saltan los semáforos; toman las calles en dirección contraria; esquivan transeúntes y autobuses y puestos de comida en una suerte de eslalon escalofriante. Si estás cruzando la carretera por un paso de cebra, los taxistas nunca esperarán a que llegues al otro lado. Te esquivarán o acelerarán para que corras o te atropellarán. Como un batallón de hormigas teledirigidas (y manejadas por un niño sádico) siguen el principio de no detenerse nunca. Hay centenares de ellos; parecen brotar del subsuelo. En su interior la atmósfera es gris y chapucera. Los asientos están desfondados; el velocímetro no funciona; hay envoltorios de patatas fritas y latas de coca-cola por el suelo. Nunca tomes un taxi por la calle, me dijeron cuando llegué a México. Pero en ninguna otra ciudad los taxis forman un conjunto tan intrépido y bien organizado.

5. Los faquires

El metro se detiene en la estación de Mixcoac y entran dos muchachos de unos dieciséis años. Los dos visten igual y se mueven igual y parecen formar parte de alguna clase de ejército callejero. Son morenos y escuálidos. Sus brazos son como cuerdas atravesadas de nudos. Cuando entran en el vagón hay una suerte de conmoción entre los pasajeros. Los dos llevan camisetas blancas. Las camisetas están manchadas de sangre. Se trata de pequeñas manchas semejantes a las que producen los navajazos. Son manchas frías y exactas y suspicaces. También tienen sangre en los brazos y en las piernas; pequeños aguijonazos de los que sale el líquido fresco y centelleante. Caminan hasta el centro del vagón. Los hombros caídos y las manos separadas de las caderas y los ojos deteniéndose en algunos viajeros el tiempo suficiente como para obligarlos a desviar la mirada. Uno de ellos carga con una frazada polvorienta y gris que envuelve algo. Mi imaginación dice: Son carniceros; son carniceros que acarrean un trozo de buey. Entonces el muchacho arroja la frazada al suelo y se oye el ruido de cientos de monedas que entrechocan. El otro muchacho dice: «Somos chicos de la calle. Asaltamos y robamos a la gente. Le quitamos las carteras y los celulares». Hay otra sacudida entre los viajeros. Todos empiezan a rebuscarse en los bolsillos. El muchacho de la frazada camina por el vagón mostrando lo que lleva allí dentro. Algunos apartan la mirada. Pero yo miro: son cristales. Son trozos de botellas. Saco diez pesos del bolsillo y echo la moneda entre ese montón resplandeciente. El metro se detiene en Barranca del Muerto y los dos chicos salen en busca de otro vagón en el que montar su teatrillo macabro.

(*) Daniel D. Carpintero es periodista.
1 Comment
  1. Piedra says

    Pobre México, tan lejos de dios y tan cerca de los Estados Unidos.

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