CUARTOPODER | Publicado: - Actualizado: 16/5/2017 01:14

Ofelia de Pablo y Javier Zurita (Texto y fotos ©

Siurana_Priorat_Cuarto_Poder
Siurana es uno de los enclaves predilectos de los escaladores del mundo entero. Desde la puerta del refugio se contempla la belleza del Priorat

Vuelvo a sentir el vértigo en la punta de los dedos. Un eléctrico hormigueo mantiene mi cuerpo en la vertical mientras comienza la danza de la escalada sobre una de las paredes más bellas de la tierra. Estoy en Siurana (Tarragona), en el rincón llamado el Esperó Primavera, uno de los paisajes de roca más impresionantes de la zona del Priorat.

Mis amigos dicen que hace calor pero mi cuerpo ya no escucha, solo siente, vibra de nuevo al rozar la roja pared iluminada por el sol. Mis manos acarician cada regleta –pequeños agarres verticales de la pared- buscando las rugosidades por la que continuar ascendiendo. Juego con la roca, bailo con las montañas, con el aire, con el olor a los campos de olivos mientras busco el equilibrio. Estoy sola allá arriba. La tierra se sobredimensiona al alcanzar la cumbre y me invade el placer de contemplar mi propio paraíso, el conquistado con mis pies y mis manos. Allá abajo se extiende toda la sierra del Montsant, al fondo Cornudella y hacia el otro lado del río las hermosas montañas de la Sierra de Prades. El universo del Priorat está lleno de magia. Desde los pequeños rincones de los ríos y pantanos hasta las afamadas bodegas con denominación de origen, pasando por el encantador silencio de piedra de sus pueblos. El nombre de Priorat se debe al prior de la cartuja de Scala Dei, fundada en 1163. Entre otras misiones, los monjes de la cartuja se ocuparon de la replantación y mejora del cultivo de la uva y hoy esta denominación abarca un amplio territorio donde soñar entre vides, bancales, arroyos, montañas y bosques.

La historia y la leyenda se mezclan en esta antigua tierra morisca. Siurana enclavada en lo más alto de los valles se convirtió en un importante punto de defensa de la frontera islámica, esto la hizo casi inexpugnable durante un largo tiempo y fue el último reducto musulmán en Cataluña. Las almenas de su castillo, conquistadas por los cristianos entre 1153 y 1154, se convirtieron en prisión de altas dignidades. Ahora su pequeño núcleo urbano se asoma al abismo del sobrecogedor paisaje mostrando un desafiante ramillete de edificios de arquitectura de montaña donde aun se conservan vestigios del pasado medieval. Destaca la esbelta iglesia de Santa María de finales del siglo XII y la plaza donde aun se conservan algunas estelas medievales y la nombrada tumba de la Reina Mora, que según cuenta la leyenda se arrojó por el desfiladero antes de caer en manos enemigas.

Cae la tarde y el cuerpo agotado de adrenalina pide una tregua. El maravilloso cielo estrellado invita a sentarse en la terraza del hotel La Siuranella, un estratégico rincón creado por un viajero que se enamoró de estas tierras. Vicenç Mans, escalador y viajero, un día recaló por Siurana y se quedó a trabajar en el bonito refugio de montaña de la zona, ahora ya tiene su propio negocio.

Por la mañana desciendo por las sinuosas curvas salpicadas de murallas de arenisca rojiza hacia la vecina Cornudella, un paseo por su centro histórico me lleva a ver la iglesia de Santa María del s.XVII, del primer renacimiento catalán y a conocer el curiosos edificio modernista de la Bodega Cooperativa, obra del arquitecto Cèsar Martinell. Después de comprar unas verduras en el puesto de Mateo en el mercado de la plaza ya lo tengo todo en la mochila para partir hacia el Parque natural del Montsant. A sus pies se encuentra la Ermita de Sant Joan de Codolar, el orgullo de los habitantes de Cornudella que data del siglo XII aunque ha sufrido diversas reconstrucciones, pero aun conserva una serena belleza.

A unos pasos me reciben las catedrales de roca que envuelven el pequeño pueblo de Morera de Montsant, son su seña de identidad para un gran numero de escaladores que peregrinan desde muy lejos para ascender sus bellas rutas. Pero hoy la propuesta es un poco diferente y me aventuro a hacer senderismo por los alrededores. Hermosos bosques de encinas repartidos entre los colosos de caliza anaranjada esconden los secretos de una tierra que huele a vida. Es el Montsant, a pesar de su aspecto impenetrable y pétreo, un pequeño laberinto poblado de accesos de no mucha dificultad llamados “graus”, que parten de los pueblo de Scala Dei y de la Morera, principalmente, y que llevan, sin mucha dificultad, a lugares de gran belleza natural como el Clot del Cirer o el Tacó del Teix. Miro al cielo y el cuerpo me pide algo más, quizás una visión del valle desde otra perspectiva… un amigo me propone ¿qué tal desde el aire? No me lo pienso dos veces y me apunto a uno de los vuelos biplaza que organiza Volem por el Parque Natural. Saltamos –los nervios crispados y corazón a mil- de repente el paisaje lo llena todo, se abre a mis sentidos como un regalo, el miedo desparece y sólo queda una profunda sensación de placidez, me dejo llevar hasta fundirme con el viento.

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