Toro de la Vega: disfrutar matando tiene que tener castigo

Imágenes del lanceamiento y muerte del toro Rompesuelas, ayer martes, en Tordesillas. / PACMA-Efe
Imágenes del lanceamiento y muerte del toro Rompesuelas, ayer martes, en Tordesillas. / PACMA-Efe

Un día de 1963, cuentan que Franco vio un reportaje sobre el toro de la Vega, en el Nodo (ya se sabe que era gran aficionado al cine). Le horrorizó ver cómo una cuadrilla de jóvenes alanceaba al animal hasta darle muerte, sin que el morlaco tuviera la menor oportunidad de huir. Sabedor de que al pueblo hay que darle lo que quiere, por muy dictador que Franco fuera, ordenó la suspensión de la llamada fiesta, aunque recomendando a sus funcionarios que convencieran a la gente de que esa salvajada era impropia de los hombres de bien y de que por ahí fuera nos afeaban mucho la conducta. Así, durante cuatro años, los toros se libraron de esos tormentos con los que ni la Santa Inquisición se habría atrevido.

Pero un intelectual –¡ay!–, Gregorio Marañón, convenció al generalísimo de que eso es cultura y de que hay que conservar las tradiciones, que al toro llevábamos masacrándolo desde el siglo XVII y que si patatín y patatán. La tradición, la misma que rebana clítoris, cuelga homosexuales, traumatiza niños con el pretexto de educarlos, etc, etc. La Santa Tradición. Eso, y que si Franco lo prohibió, razón de más para que la Democracia lo recupere, ¿no?

Publicidad

“Es muy tranquilo y pacífico”, ha dicho el mayoral que crió a Rompesuelas, el malogrado toro de la Vega con cuya ignominiosa ejecución han cumplido los muchachos este año. La muchachada vallisoletana, y de parte del extranjero, ha mostrado así que tienen las gónadas bien puestas, matando a un bicho de 600 kilos y 6.000 euros (El Mundo dixit), a lanzazo limpio –sin escapatoria para el animal, ni ocasión de defensa–, como muestra de su virilidad. Con dos. O los que hagan falta.

Franco –perdonen que insista– prohibió también las otras fiestas en las que se maltrataba a otros animales, pero se ve que las ansias de muerte del pueblo, soberano o no, son tozudas y no paran hasta regresar a la arena patria. Debe de ser culpa del Imperio Romano, con sus gladiadores y sus corridas de cristianos a manos de leones. La tradición, ya se sabe.

No hace falta leer profundamente a Freud para deducir de dónde vienen comportamientos tipo “la maté porque era mía” o “a mis hijos los educo como me da la gana”, que siguen vigentes y hasta tomando fuerza gracias a su difusión en los medios de malformación de masas y a divertimentos como éste. Disfrutar matando tiene que tener castigo por algún lado.

Muchos tenemos familia o amigos en Valladolid a los que queremos mucho. A algunos de ellos ni se les ha planteado que este asunto del toro deba preocuparles. Pero las fiestas de este cariz, como los nacionalismos matones, no caben en la razón ni pueden encontrar abrigo en las buenas gentes, en la gente valiente. La gente valiente no va por ahí hincando lanzas en la carne de una bestezuela que ha sido criada por un mayoral que dice que tiene una buena salud y que es pacífico y tranquilo. La gente valiente no dormiría tranquila sabiéndose capaz de comportarse peor que una bestia parda.

El olor de la sangre, la muerte en directo –lo han retransmitido varios medios, entre ellos El País–, la incapacidad de ver en ese ser vivo a un ser que padece el dolor que padecería quien lo alancea, de ser alanceado también él; quizás se trate del miedo a la muerte de los muchachos, los pobres muchachos que aún tienen la esperanza de que les sea retirado de sus labios ese amargo cáliz, por guapos, por fuertes, por matones. Pero no, chicos; vosotros también moriréis y quién sabe si el destino os depara una muerte más dolorosa, más larga, más terrible que la que habéis propinado a ese pobre animal. El tiempo lo dirá.