Valle Inclán visto por su nieto

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Portada del libro 'Valle Inclán. Genial, antiguo y moderno', Espasa (2015). / Editorial Planeta

Que la figura de Ramón María del Valle Inclán es incómoda lo reflejó ya en su momento el general Miguel Primo de Rivera cuando, ya dictador, le calificó de mal ciudadano, algo en lo que estarían de acuerdo la mayoría de las democracias occidentales si no fuera porque este tipo de gentes —me refiero a los escritores— cada vez importan menos, anegados en la indiferencia. Pero el problema con el que nos tenemos que enfrentar con Valle Inclán rebasa el ámbito de lo político, de lo público, y se adentra en cuestiones más íntimas.

Ya en su momento Valle fue personaje discutido aunque querido. Las cartas dirigidas a él le llegaban a su domicilio si el remitente ponía sólo “A don Ramón del Valle Inclán”, honor de lo que carece ahora cualquier personaje público, pero lo cierto es que incluso hasta el día de hoy su figura es motivo de debate. Tengo la teoría de que esa inquietud que produce el escritor, aun después de tantos años, no olvidemos que pertenece a la Generación del 98, es que sencillamente es inclasificable, tanto para tirios como para troyanos.

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Hace pocos meses se publicaron dos libros de los que dimos cuenta en cuartopoder.es: Valle Inclán y la bohemia, de José Esteban, Renacimiento, libro al que pusimos en contraste con la recientemente publicada biografía de Valle Inclán, y La espada y la palabra, Tusquets, de Manuel Alberca, donde, tras un enorme volumen lleno de datos, se intentaba demostrar que los mitos sobre Valle Inclán eran, en su gran mayoría, falsos.

Ahora, a pocos meses de estos libros Joaquín del Valle Inclán, nieto del escritor e hijo de Carlos, que hasta su muerte retuvo el título de Marqués de Bradomín, hecho que sólo puede suceder en un país donde el mito literario se mantenía vivo en el imaginario social, ha publicado un libro de extraño título, Ramón del Valle Inclán. Genial, antiguo y moderno, que ha editado Espasa, que quiere también desmontar los falsos mitos referentes a su abuelo. En 400 páginas, Joaquín del Valle Inclán ha escrito la que, para muchos, es la biografía más completa sobre el autor de Luces de bohemia, y si de hecho no es así, cada biografía aporta puntos de vista distintos pero adecuados, lo cierto es que a pocas personas les cabe la posibilidad de saber de Valle como su nieto, ya que en casa de Carlos la figura del padre era poco más que venerada. Por si fuera poco, Joaquín se ha dedicado desde hace muchos años a estudiar la figura y la obra, sobre todo esta, de su abuelo y ha realizado bastantes ediciones críticas de libros de Valle, como la edición de Femeninas para Clásicos Anaya.

Pero, ¿qué es lo que en realidad desmonta Joaquín? Nada distinto, en puridad, que lo señalado por Manuel Alberca, pero con un criterio que tiene más en cuenta la época, por lo que no cae en tantos anacronismos. Así, Joaquín nos señala que su abuelo no era tan pobre como la leyenda señala, lo que es cierto siempre que tengamos en cuenta que nadie pensó nunca que Valle Inclán fuera un mendigo. Joaquín señala que Valle llegó a Madrid en 1895 cobrando como funcionario 2.000 pesetas anuales, que era cantidad nada despreciable para la época; que mantuvo servicio doméstico, algo que se podían permitir cualquiera de los pequeños burgueses del momento, todo hay que decirlo, y que llegó a tener dos casas, una en Galicia y otra en Madrid. Con ello quiere decirnos que Valle era un escritor con sus baches, los que tuvieron, y tienen, aquellos que quieren dedicarse a la literatura, y que en momentos de esplendor llegó a tener ciertas comodidades, alternándolas con períodos de escasez, algo que, creo, nadie ha negado.

El verdadero problema surge con el tema de la bohemia. Joaquín llega a afirmar que Alejandro Sawa, que muchos creen fue el inspirador de Max Estrella, y, desde luego, el paradigma de la figura del bohemio, no era en realidad tan pobre como se piensa. No sé el rasero que emplea Joaquín para afirmar tamaña cosa, ya que Sawa llegó a mendigar con el cadáver de su hijo en el regazo para dar más pena, pero creo que la clave que enlaza estas afirmaciones de Joaquín, y que también realizó Alberca, es que siguen criterios de sociedad moderna, es decir, confunden bohemia con marginalidad. De hecho, los bohemios no fueron nunca seres marginales, al modo de los desahuciados, sino que eran sencillamente el proletariado de la cultura, y como vivir de ésta siempre fue difícil, lo normal es que la mayoría de los que querían ser artistas se convirtiesen, lo quisieran o no, en bohemios, a la espera de tiempos mejores, y desde luego, Valle Inclán fue amigo de muchos de ellos, admiró a Sawa, porque, en realidad, eran colegas de profesión. Esta distinción es la que mantiene José Esteban en Valle Inclán y la bohemia, y es la que creo más adecuada, lo que no obsta para que lo que afirma Joaquín sea cierto.

Sobre si era de izquierdas o derechas, Joaquín afirma, porque se lo oyó mil veces a su padre, que don Ramón era padre irascible, muy en la línea tradicional del honor y del duelo, algo en apariencia muy tradicional visto con ojos de hoy, pero del que participaban en aquellos años hombres claramente de izquierdas, incluso ácratas, y hay razones para pensar que don Ramón era, finalmente, de estos últimos. Y si es cierto que Valle tuvo cargos en la República, Joaquín recuerda aquella frase de Azaña que decía que nunca se sabía de qué lado estaba Valle, a lo que añado, probablemente de ninguno. Ya dije: inclasificable.

Cuestiones sabidas en gran parte pero renovadas cada cierto tiempo. Todo esto no es nuevo, pero lo realmente novedoso es que Valle Inclán sea figura casi de moda en estos tiempos. Tengo para mí que el naufragio de PP, PSOE, es decir, el naufragio de la Segunda Restauración, es lo que ha propiciado el auge de este escritor, contestatario hasta el día de hoy. Tan contestatario que sería capaz de cabrear a los más alternativos de hoy día.