Breve historia personal de los dibujos animados

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Imagen de Mickey Mouse, Minnie Mouse, Pluto, Goofy, la Bestia, Pinocchio, la Sirenita, y el Genio para la serie de televisión Disney's House of Mouse. / Wikipedia.

Los primeros –los primeros, al menos en mi recuerdo– fueron Mickey y Minnie, Goofy y el Pato Donald, prehistoria de una infancia en dos dimensiones, bosquejos rudimentarios llenos de aventuras disparatadas, de ríos procelosos y de orquestas catastróficas, con barcos de vapor que cabalgaban sobre las olas y vigas de acero que se doblaban como bizcochos. Walt Disney adoraba la música y sus dibujos, lejos aún del esplendor de Fantasía, eran una celebración del jazz de New Orleans, donde las trompetas y los tambores, con monstruosos injertos de ojos y manos, todavía obedecían a sus dueños.

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Sin embargo, los animales empezaron a parecer personas. Una sospecha inquietante y sigilosa se iba insinuando debajo de tanta algarabía cuando uno empezaba a preguntarse por qué Mickey y el Pato Donald llevaban siempre guantes, como hipocondríacos angustiados ante una enfermedad imaginaria, o por qué Mickey y Minnie dejaron de darse aquellos inocentes besos en la boca, con los ojos cerrados y las manos a la espalda. Los niños descubrían, de pronto, que el Pato Donald tenía sobrinos, pero no esposa ni novia ni tía ni cuñada; que existía también el millonario tío Gilito, una versión patosa de Rockefeller; la imagen disneyana del capitalismo puro y duro: un viejo cascarrabias pero de buen corazón, al fin y al cabo, que repartía las migajas de su fortuna con sus sobrinos, exactamente igual que el sistema capitalista, rácano pero justo, un hijo de pata que dejaba escapar la calderilla de la plusvalía en forma de regalos.

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Ante el sentimentalismo ecologista de Bambi y la ñoñería insulsa de Blancanieves, algunos niños empezamos a verle las orejas al lobo, y a eso de los ocho o los nueve, cambiamos de canal y descubrimos al Oso Yogui, holgazán filosófico a tiempo completo que predicaba la voracidad como forma de vida por el parque de Yellowstone. Yogui, como indicaba su propio nombre, era un antecedente directo de los hippies que se burlaba de los guardabosques de la autoridad y practicaba la pedofilia y el hambre libre junto a un osezno un poco bobo. Junto a él vinieron el Lagarto Juancho, Maguila Gorila, Pepepótamo el explorador en globo, Leoncio el León y Tristón y la demás fauna variopinta de la Hanna Barbera. Un zoológico entrañable donde los más animales de todos eran humanos: los Picapiedra, un grupo de irresponsables consumistas neanderthales que explotaban a los dinosaurios, trabajaban a jornada completa y practicaban una dieta peligrosamente carnívora.

Poco antes o poco después llegó el surrealismo mágico de la Warner. Todavía no habíamos visto el cine de Buñuel, ni los relojes blandos de Dalí, ni los desiertos oníricos de Tanguy, pero ya sabíamos que un pato podía perder el pico y recuperarlo tras un breve ajuste quiropráctico, que un conejo podía estar al frente de una sucursal bancaria o que un ratón mexicano desafiaba a la vez las leyes de la física y las de inmigración. También descubrimos la ironía: frente a las voces almibaradas y espeluznantemente cursis de la Disney se alzaban el tartamudeo eficaz del Cerdito Porky y el canto glorioso del Gallo Claudio. Por supuesto, las criaturas de la Warner, al contrario que los de la Disney, tenían sexo, y si una mofeta macho francesa se pasaba todo el episodio intentando seducir mofetas hembra, otros animalitos demostraban su pasión en forma de erecciones oculares, botes descontrolados y aullidos a la luna. Para mí, el don Quijote de esa Edad de Oro de los dibujos animados que fue el reinado de la Warner, era el Coyote, estampa misma de la tenacidad y del absurdo, perdedor que se alza de las ruinas de su eterno fracaso y vuelve a ponerse en pie con lo que queda. Por ese invento funesto llamado televisión no ha pasado nada más puro que los ojos malvados o resignados o espantados del Coyote un segundo antes de que le volaran el hocico.

Luego crecimos, llegaron los japoneses, con sus fantasías idiotas de conquista del mundo (que, después de todo, puede que no fuesen tan idiotas), sus robots gigantescos, sus Mazinger y sus Afroditas, tan castos como Mickey y Minnie, en lucha con un doctor Infierno clavadito a cierto retrato de Karl Marx. Y después, en la era del neoliberalismo desatado, ya ni eso: los Pokémon, donde ni siquiera se lucha por el bien o por el mal, sino (me quedé helado cuando lo descubrí) para tener más Pokémon. La Bolsa con mofletes.

Todavía nos quedaba la Pixar, sí, pero eso fue en otra vida.

Germán Vallejo Piriz (YouTube)

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