Concierto de Aranjuez: notas para después de una guerra

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Detalle de los Jardines de Aranjuez
Fuente de la Nereida, de los Jardines de Aranjuez / Wikipedia

Hace  75 años, el 9 de noviembre de 1940, se estrenó en la Barcelona de la posguerra el Concierto de Aranjuez. Joaquín Rodrigo lo había escrito un año antes en París para satisfacer un ruego que le hizo su amigo Sainz de la Maza, en 1938 durante  una visita fugaz a la España que se desangraba en la Guerra Civil.  Así que su música navegaba entre guerras, ya que el ambiente europeo, más que presagiar, preparaba el segundo ensayo de aniquilación mundial del 39 al 45.

El músico ciego llevaba tiempo viviendo entre Austria,  Alemania y París, donde asistió a clases de maestros como Paul Dukas, Murice Emmanuel y André Pirro; relacionándose con músicos como Manuel de Falla, que fue muy generoso con los músicos jóvenes, no sólo Rodrigo sino también Turina y Ernesto Halffter. En París conoció a la brillante pianista turca Victoria Kamhi, que fue decisiva en la carrera del compositor y que dejó su propia carrera para dedicarse a él. Así son ellas.

Se han escrito muchas interpretaciones del significado del concierto, sobre todo su adagio –el más conocido- o las melancólicas notas de la primera parte. Pero no parece que haya que pensar mucho para imaginar el aire que se respiraba entonces en el París de la preguerra mundial; la tristeza que debió embargar al músico por los sucesos de su España rota por la guerra civil. Por si fuera poco, unos años antes había muerto su primer hijo al poco de nacer, lo que sumió al músico en una profunda tristeza.

Así que las notas más leves del Concierto, las aladas, vaporosas, suaves y fragantes notas que evocan los jardines de Aranjuez, mas sugieren un paréntesis bucólico que detiene el combate por unos minutos, una isla pacífica donde cantan los pájaros y las rosas perfuman el aire, un bálsamo a las heridas de la guerra. Al fondo, el fragor de la batalla.

Se pudo estrenar en la España franquista gracias a que su contenido no tenía nada de sospecha política contraria al statu quo del país. Unos jardines reales de la residencia de verano del gran Felipe II no podían hacer sospechar nada malo. Algún malicioso del que nadie ya puede acordarse, quiso menoscabar la imagen de Rodrigo en favor de otro aspirante cuando se le otorgó el Premio Príncipe de Asturias, en 1996, del que fui jurado. Sin éxito.

El adagio del Concierto ha sido tantas veces interpretado, en ocasiones con adaptaciones criminales, que parecía de dominio público mucho antes de que expiraran los derechos de autor. De Miles Davis y Bill Evans a Paco de Lucía.  De Richard Anthony –“Aranjuez, mon amour”- a Demis Roussos, Dalida, Amalia Rodrigues y muchos más.

Rodrigo se estableció en España definitivamente gracias a que el filólogo Antonio Tovar le consiguió un empleo en Radio Nacional de España. También Manuel de Falla le había ofrecido ocupar una cátedra en Granada o Sevilla, pero él prefirió la Villa y Corte, quién sabe si para estar cerca de Aranjuez.

Ahora que los restos de Joaquín Rodrigo y su esposa Victoria Kamhi, a la que sobrevivió sólo dos meses, reposan juntos para siempre en Aranjuez, se recuerdan sus versos sonoros, la voz poética de sus jardines. De hecho, llevan todo el año dándose conciertos y conferencias con una discreta difusión.  La Residencia de Estudiantes anuncia para el domingo 25 un concierto de música de cámara –porque Rodrigo escribió mucho más y muy bueno- y una conferencia a cargo de su hija, Cecilia Rodrigo, que dirige la Fundación Victoria y Joaquín Rodrigo. Pero también se han dado otras citas conmemorativas.

En fin, no hay nada que remedie la muerte, y sólo el arte puede consolar el paso por el Valle de Lágrimas, y de entre el arte, la música, quizás, la que tiene mayor poder evocador.

Joaquín Rodrigo Ed. (YouTube)

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