Cuando el cristal valía más que un Tiziano

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La obra 'Barco de la tortuga', de Annibale Fontana, que se muestra en la exposición. / Museo del Prado

El Museo del Prado combina con buena fortuna las magnas exposiciones, como la que tiene lugar ahora sobre Luis de Morales, el Divino Morales, el gran manierista del Barroco español, con otras menos espectaculares pero de no menos valor y calidad, tanto por lo expuesto como por la rareza del tema. Es lo que sucede con Arte transparente. La talla de cristal en el Renacimiento milanés, una muestra de las llamadas de pequeño formato, que se ha inaugurado en el Prado este 14 de octubre y estará entre nosotros hasta el 10 de enero de 2016, y que se ha presentado como “la Cámara del Tesoro más bella de Europa”, afirmando así, por otra parte, que este museo no es solamente una gran pinacoteca, sino que alberga en las artes decorativas verdaderos hallazgos de valor tan importante como una gran pintura.

Hay que decir que aunque hablamos de cristal, no nos estamos refiriendo a vidrio, sino a esculturas hechas con cristal de roca, cuarzo, vamos, y que son tallas que alcanzaban valores que sólo podía pagarse la gran nobleza y los reyes. Un dato: mientras por un retrato podían pagarse 30 ducados, por una lámpara de cristal de roca bien guarnecida -se le solían poner alguna que otra perla o piedra preciosa- se alcanzaban precios que rondaban los 500 ducados. Algunas de estas tallas, que requerían una gran minucia, al modo de los cuadros flamencos tan reputados por su tendencia a registrar en miniaturas hasta multitudes enteras, podían tardar más de diez años en ser terminadas, por lo que la posesión de este tipo de arte decorat solía ser la marca de valor de los palacios de los reyes y admiradas en lo que de trabajo artesano arduo poseían. De hecho, en el testamento de Felipe II muchas de las obras expuestas en esta muestra alcanzaron precios muy superiores al de cuadros de El Bosco Tiziano o Sánchez Coello.

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Catorce de las 20 obras expuestas pertenecen al propio Museo y forman parte del denominado Tesoro del Delfín, que según se adelantó en el día de la inauguración, tendrá sala propia en el Museo a partir del año que viene, lo que constituye cierto aire de acontecimiento, porque dicho tesoro es uno de los más importantes de Europa. Las piezas restantes pertenecen a las colecciones florentinas de los Médicis y de la francesa de Luís XIV. Son piezas hechas por los dos talleres de talla más importantes del siglo XVI, las casas Miseroni y Sarachi, lo que otorga a la muestra un aire de exquisitez única en exposiciones de este tipo.

Letizia Arbeteta, comisaria de la muestra, ha destacado precisamente ese trabajo exquisito en las muestras expuestas, capaces de competir con una escultura, y cuyo valor se acrecentaba porque en ellas no se podía corregir, no se admitían errores. Aunque la comisaria, muy sagaz, dio un motivo más para que estas piezas se valorasen enormemente en su época: como eran objetos para uso exclusivo de reyes y aristócratas, se suponía que al poseerlos, por su extremada delicadeza, alejaban a sus poseedores de su pasado guerrero, de los que provenían, convirtiéndoles en clases proclives a la civilización y al buen gusto. Fue el paso a la noblesse de robe en Francia, al cortesano, alejando a la aristocracia de su reciente pasado de sangre y batalla, y anulando así el peligro de una revuelta de la aristocracia contra el rey. Las artes decorativas al servicio de la paz. Es una manera muy moderna de resaltar el valor de lo que se expone, pero nada alejado de lo que en realidad significó. De ahí que exponer este tipo de objetos valga a veces más como lección de historia que muestras enteras de pintura.

Las piezas mostradas, además, inciden en esa exquisitez pues los temas que tratan, estupendamente tallados, son de índole neoplatónica, muy de la época, hábilmente trabados con otros que son moneda común en la obra de Leonardo da Vinci y que, por tanto, abundan en conocimientos de fauna y flora, pero también de filosofía y literatura, lo que daba a estas tallas una representación del saber de su época bastante atinado y que era capaz de caber en una pequeña pieza. Todo ello en abierta confrontación con las tesis aprobadas en el Concilio de Trento que prohibían las representaciones paganas de imágenes.

La iluminación en la sala donde se exponen las piezas es de una calidad sorprendente, pues realza la transparencia de cada objeto, pero por si esto no fuera suficiente, cada visitante, gracias a Samsung, tiene a su disposición una tableta donde puede ver, en ángulo de 360 grados, y convenientemente agrandadas, todas las pequeñas figuras, algunas diminutas, muchas no alcanzan el centímetro, que conforman cada pieza, tallada con vocación de contener una enciclopedia.

Al cristal de roca se le atribuían poderes mágicos, por lo que no era raro que los talleres milaneses, muy influenciados por el neoplatonismo, se especializaran en dicha materia. Como es muy refractario a los errores, éstos, si ocurría algún pequeño desliz, como las inevitables costuras, se ocultaban con la adición de perlas y esmeraldas, que era piedra preciosa muy común en este tipo de trabajos. De ahí ese aire de perfección que parecen poseer estas piezas salidas de lo mejor de los talleres de su época y realizadas en equipo, aunque muchos de esos artesanos hayan pasado a la historia, como Annibale Fontana, gracias a seguir los consejos de Leonardo.

Una exposición de gran belleza. Es la muestra más curiosa de las que se exponen en el Prado y, desde luego, única... y frágil.

Museo Nacional del Prado (YouTube)

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