El tesoro escondido de la Biblioteca Nacional, Rubens y van Dyck

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'Fiesta en los jardines de un castillo', obra de Nivola de Bruijn que está incluida en la exposición. / Fernando Alvarado (Efe)

La Biblioteca Nacional puede ser tomada, si atendemos al grabado, como el Museo del Prado del mismo. Son miles de ellos los que atesora, la mayoría pertenecientes a los talleres de los grandes pintores clásicos, pero también posee una enorme colección de grabados contemporáneos de la mayoría de los pintores españoles del siglo XX. La Biblioteca Nacional no es pródiga en sacar sus tesoros, pero de vez en cuando los pasea. Ahora, por ejemplo, acaba de inaugurar Rubens, van Dyck y la Edad de Oro del grabado flamenco, que finalizará el 7 de febrero, y que podrá contemplarse en la Sala Recoletos: nada menos que 180 obras de Rubens y van Dyck , las dos figuras emblemáticas de la pintura flamenca del siglo XVII.

El que la Biblioteca Nacional (BN) saque estos tesoros es de una importancia fundamental, pues es la primera vez que lo hace y es de esperar que en un futuro, poco a poco, vaya otorgando maravillas, al modo de la chistera y el conejo, de este jaez. Sólo de Rubens posee más de 300 grabados. No es para menos, a pesar de ser la eterna desconocida, nuestra BN es una de las más importantes del mundo, se supone que la cuarta, en lo referente a los tesoros bibliográficos que guarda. En grabado, además, esa posición se acorta hasta estar entre las dos primeras. De hecho, la comisaria de la exposición, Concha Huidobro, se refirió, el día de la inauguración, a que “era inabarcable” el material con el que se disponía, aunque recalcó que nada realmente importante se había quedado fuera.

Rubens era el pintor preferido por la realeza de la época, por lo que no es de extrañar que la primera potencia de la misma, España, lo tuviera como su artista de cabecera y se lo disputaran en las demás cortes. Respecto al grabado que lleva su firma sucede lo mismo, de ahí la profusión de ellos en la Biblioteca Nacional. Lo que ocurre es que Rubens, cuyos grabados siguen siendo mal conocidos −en realidad sólo hizo dos− realizó muchos de ellos en los mejores talleres flamencos de la época, pero eso sí, supervisando con minucia esas creaciones.

Respecto a van Dyck, su fama como retratista −realizó un tratado sobre ello, Iconografía− le hizo ser pintor proclive al grabado, pues el retrato era género acorde con la nueva burguesía, y no debemos olvidar si queremos entender el auge del grabado en esos años que los cuadros pertenecían casi exclusivamente a la realeza, el alto clero o la nobleza. El grabado era el modelo democrático de popularización del arte en la época, como luego lo fue la fotografía para aquellos que no podían desplazarse a las ciudades donde los museos albergaban las obras de pintura y escultura más célebres.

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Imagen de 'La piedad', de Antoon Van Dick, que se expone en la muestra. / Fernando Alvarado (Efe)

Así, el grabado fue la oportunidad para muchos pintores que no tenían la suerte, como Rubens, de ser requeridos por las cortes europeas, y artistas como Pontius, Bolswert o los Cornellis Galle, padre e hijo, copiaron los cuadros de Rubens con ánimo de poder vivir. No se lo reprochamos, hoy día sabemos de muchas de las pinturas de Rubens que han desaparecido en incendios por los grabados que estos artistas nos dejaron de esas obras. En cierto modo son el catálogo más fiable de la obra del pintor flamenco. En este sentido, su labor es encomiable y en la muestra de la BN podemos gozar del buen hacer de ellos hasta el punto de que cuando vemos un Rubens, en realidad estamos viendo un Galle o un Pontius.

Pero un grabado no es cuadro, aunque lo copie. De ahí que para que el espectador se percate de esa diferencia, el Museo del Prado haya prestado cuatro cuadros, La lamentación de Cristo y Retrato de María Ruthwen, de van Dyck,  La Sagrada Familia con Santa Ana, de Rubens, y La cocina, de Teniers. Y como curiosidad vale decir que los grabados pueden ser tomados en cierta manera como espejos en blanco y negro del cuadro, pues siempre están creados del revés.

La comisaria, Concha Huidobro, ha querido destacar la importancia del paisaje en el arte flamenco, cosa sabida, pero enmarcada en el grabado. De ahí que esta muestra no sea sólo la de Rubens y van Dyck, sino también la de Lucas van Uden, el ya citado Bolswert, Paul Brill o Sadeler que, con sus grabados de paisajes grandes, lograron cubrir las necesidades de una burguesía que demandaba este tipo de temas, en agudo contraste con los religiosos o mitológicos de la aristocracia. El grabado como vehículo moderno de expresión en una nueva manera de considerar el arte.

¿Y los libros? Porque estamos en una sala de una de las bibliotecas más importantes de Europa. Concha Huidobro ha querido otorgar una importancia debida al libro porque Rubens fue uno de los grandes artistas precursores en el arte de las portadas, como las que realizó para Pompa introitus, que narra la entrada de Fernando de Austria en Amberes. El volumen tiene tanta importancia que el visitante puede verlo al completo a través de imágenes digitales.

En suma, una de las exposiciones más importantes que puede verse ahora en Madrid por la calidad artística de lo que se muestra, y hay para ver y elegir. Pero lo que distingue esta de las otras exposiciones es que es una de las grandes pero en blanco y negro, algo que no debería ser óbice para ser tan popular como las de pintura, pero el color, parece ser, es el color. Apreciable error que muestras como ésta deberían corregir. Por el bien de todos.

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