Cortázar para cronopios

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Cubierta de la obra de la biografía de Miguel Dalmau sobre Julio Cortazar.
Cubierta de la biografía de Miguel Dalmau sobre Julio Cortazar.

En uno de los grandes cuentos de Cortázar, Los pasos en las huellas, un biógrafo indaga en la vida de Claudio Romero, un gran poeta argentino, y su trabajo recibe el premio Nacional de Literatura. Poco después el biógrafo descubre que su libro, compuesto a mayor gloria del poeta, oculta una verdad terrible, que Romero en realidad fue un personaje despreciable que llegó al extremo de chulear a sus mujeres y que él sólo había contribuido a engordar la fábula. Sospecho que un temor parecido habitaba el pecho de Miguel Dalmau cuando decidió acometer esta monumental biografía de Julio Cortázar: la de hallar que, detrás del escritor legendario y cordial que adora medio mundo, se escondía alguien quizá no tan cordial ni tan merecedor de una leyenda. Es el mismo temor que podría hacer vacilar al lector de Cortázar, acostumbrado sin saberlo a tantas confusiones, malentendidos y etiquetas falsas.

Nada menos que García Márquez dijo de él que no sólo despertaba admiración e incluso devoción, sino algo mucho más raro en un escritor: cariño. También expresó mejor que nadie la sensación de asombro, de afecto y de vértigo incomparable que provoca la literatura de Cortázar cuando dijo, después de acabar su primer libro de relatos Bestiario, que “aquel era un escritor como quería ser yo cuando fuese grande”. García Márquez debía andar por los cuarenta por aquellas fechas, pero en seguida supo que uno de los deslumbramientos esenciales de leer a Cortázar es el regreso a la infancia, la devolución de la inocencia. Uno hubiera querido ser amigo de ese tipo. Uno hubiera querido ser hijo de ese tipo. Dalmau, admirador y lector impenitente de Cortázar, salió de la escritura de este libro igual que saldrá el lector a poco cronopio que sea: con el cariño reforzado, la admiración multiplicada y la devoción intacta.

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Lo primero que hay que decir, vaya por delante, es que se trata de una biografía por y para cronopios. Los famas y esperanzas harán muy bien en no acercarse por aquí y es lógico que les haya molestado esa franqueza con que el biógrafo hurga en amistades, amores, pasiones y animadversiones, por no hablar de las libertades que se toma al entrar en las habitaciones de la familia. Una biografía académica, con su cronología exacta y su aparato de citas, estaba vedada por muchas razones; para empezar, por el absurdo veto impuesto por los herederos de Cortázar, todos ellos famas de tres tomos, pero principalmente por el propio asunto del libro: la vida de un escritor genial que se mofó toda la vida de las jerarquías, los títulos y las pretensiones académicas. Al hombre que escribió que no hay nada más ridículo que la solemne hipocresía de un funeral no se le puede tratar con el boato y el maquillaje típicos de los forenses y enterradores literarios.

Desde el supuesto cargo de diplomático de su padre al diagnóstico de leucemia mieloide que consta en las biografías convencionales, buena parte de la historia oficial de Cortázar es puro cuento. Dalmau se ocupa de ir desconchando las mentiras a base de documentación, informes, lecturas, epístolas y sentido común. El padre jamás fue diplomático y lo más probable, dado el reguero de síntomas, es que la muerte del gran cronopio se debiera al sida, enfermedad de la cual por aquel entonces apenas se sabía nada y que pudieron contagiarle en un hospital en una caudalosa transfusión a la que fue sometido tras una grave hemorragia gástrica. Entre la fábula del nacimiento y la de la defunción, la versión canónica encubre un enorme reguero de supercherías y de cortinas de humo que nada ocultan y nada significan, salvo el miedo a la verdad. Lo más interesante del trabajo de Dalmau es que rompe las vestiduras y vendas con que han vestido a la momia de Cortázar para desvelarnos al cronopio vivo y coleando. Su investigación no revela ningún pecado, ningún vicio nefando, ninguna monstruosidad. Más bien sucede al revés: al desmontar la gramática de la reverencia y de las buenas costumbres con que siempre o casi siempre se ha hablado de Cortázar, los molinos de viento muestran su estatura y su terror de gigantes. Los verdaderos monstruos a los que tuvo que hacer frente el escritor.

No eran monstruos pequeños, desde luego, pero la gran astucia de esta biografía tan poco académica quizás sea haber utilizado la obra de Cortázar (las cartas, las novelas y sobre todo sus cuentos) como linternas para irlos alumbrando uno a uno, mostrarlos a la luz y descubrir con qué pánicos y traumas tuvo que lidiar toda la vida, de qué abismos y pulsiones inconscientes está hecha su literatura. Más de un biógrafo ha señalado la recurrencia al tabú del incesto en Bestiario, tanto en Casa tomada como en el cuento que da título al volumen, pero Dalmau rescata un fragmento autobiográfico donde el propio Cortázar señala que por aquella época le cogió un asco tremendo a la comida de casa. A pesar de que su madre era una excelente cocinera, él veía insectos, cucarachas y escarabajos asomando debajo de cada cucharada, aunque se curó de golpe la neurosis con la escritura de Circe, la historia de la muchacha que envenena a sus novios y cocina dulces con caparazones de insectos (por cierto, resulta curioso que tanto Cortázar, que tanto amaba las palabras, como Dalmau, siempre atento a la menor pista, hayan pasado por alto la evidente metátesis, ya subrayada en su día por Joyce: insecto/incesto).

Sobre el temor del incesto planea algo mucho más grave, y que pasan por alto casi todos los estudios biográficos: la enfermedad mental de su hermana Ofelia, la amenaza de la posesión y la locura que atraviesa algunos de sus mejores relatos (Lejana, Axototl, El ídolo de las Cícladas) y que es también uno de los arquitrabes de Rayuela. Criado y educado en un entorno exclusivamente femenino (madre, abuela, hermana, tías), Cortázar acabaría huyendo de aquel matriarcado demasiado tarde, aunque siempre estaría unido a él por el cordón umbilical de los lazos familiares, las obligaciones económicas, las reprimendas, los reproches. Más aun que los amigos, que los tuvo a docenas (aunque algunos de ellos se le murieran muy pronto), son las mujeres quienes marcan el itinerario personal de Cortázar, quien se mueve por el mundo como un Ulises de isla en isla: Edith Aron, la Maga; Aurora Bernárdez, su primera esposa y su fiel compañera; Ugné Karvelis, la fogosa lituana que le descubrió una segunda juventud en Cuba; Carol Dunlop, su segunda esposa, la dulce y tierna Osita de los últimos años.

Sin embargo, el miedo al incesto y a la locura son sólo dos de las angustias sobre las que Cortázar cabalgó a pelo; el biógrafo también rastrea los impulsos suicidas de Horacio Oliveira en Rayuela, en Lugar llamado Kindberg, en No se culpe a nadie; e incluso impulsos mucho más tenebrosos, como las fantasías de violación que animan cuentos tan extraños como Las armas secretas, Cuello de gatito negro o Anillo de Moebius.

En definitiva, el psicoanálisis literario al que Dalmau somete al escritor ratifica aquellas reflexiones sobre la técnica del relato en Último Round donde Cortázar dice que “todo cuento breve plenamente logrado, y en especial los cuentos fantásticos, son productos neuróticos, pesadillas o alucinaciones neutralizadas mediante la objetivación y el traslado a un medio exterior al terreno neurótico”. Antes o después, en el mismo texto, habla de la experiencia de escribir un cuento “como quien se quita de encima una alimaña”, y, al explicar el terror de algunos relatos de Poe, “me baso en mi propia experiencia toda vez que me vi obligado a escribir un cuento para evitar algo mucho peor”.

A lo largo de todo el libro, Dalmau patina sobre estas aguas lóbregas y congeladas donde Cortázar estuvo a punto de hundirse (pero fue la literatura la que lo salvó), ese lado nocturno de un demiurgo afable cuya presencia irradiaba luz, verdad y belleza. Creo que el propio Cortázar estaría de acuerdo en suscribir que, a su manera, este Julio es muchos Julios, pero sobre todo es dos Julios. El de la noche y el del día. El del horror y el de la alegría. El Julio sin barba y el Julio con barba. El exaltado y el suicida. El revolucionario y el esteta. El cronopio y el alquimista de pesadillas. El perseguidor y el fugitivo. Tal vez hable en nombre de muchos al confesar que me hubiera gustado darle un abrazo a Julio Cortázar más que a ningún otro escritor, vivo o muerto. Esta gran biografía del cronopio Dalmau no es un abrazo pero se le parece mucho.

 

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