La locura estética de Ingres, ese falso académico

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El próximo 24 de noviembre se inaugura en el Museo del Prado la primera exposición en España dedicada a Ingres. / Víctor Lerena (Efe)

El día 24 de noviembre se inaugura en el Museo del Prado la gran exposición sobre Ingres, que finalizará el 27 de marzo, un pintor del que las instituciones públicas españolas no poseen un solo cuadro. La Casa de Alba cuenta con un dibujo preparatorio del cuadro Felipe V imponiendo el Toisón de Oro al mariscal de Berwick, de 1817, pero nada más, lo que hace de la muestra un acontecimiento cultural en toda regla y que puede ser calificada como la gran exposición del otoño madrileño. Pero, cosa de la empresa patrocinadora de la muestra, la Fundación AXA, uno de los cuadros emblemáticos de la misma, La Gran Odalisca, se colgó en el Prado dos semanas antes de la inauguración. Lo que ha llevado a que el revuelo mediático se fijara en un cuadro, obviando aquello que nos va a venir en pocos días, es decir, sesenta obras, algunas tan emblemáticas como este famoso desnudo y que hicieron de Ingres el paradigma del pintor académico de su época, sí, pero también del desnudo ensoñador, embrujado, extraño, que ha hecho de él uno de los artistas emblemáticos del desnudo femenino de la Modernidad.

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Los cuadros que veremos, que van desde el ya famoso Napoleón I en el trono imperial, hasta retratos como Monsieur Bertin o La condesa de Haussonville pasando por los deseados desnudos, como El baño turco, que no tiene nada que envidiar a La Gran Odalisca, por más que éste se acompañe siempre junto a la Olympia, de Edouard Manet, pertenecen en su mayor parte al Museo del Louvre y al Museo Ingres de Mountauban, localidad natal del artista. Aunque hay también aportaciones de instituciones públicas y privadas de Europa y Estados Unidos.

La Gran Odalisca posee tres vértebras de más, hay feministas que en señal de lealtad estética se tatúan esas vértebras, lo que hace que la modelo del cuadro tenga la espalda más fascinante de la historia de la pintura europea. Fascinante por rara. Es esa distorsión la que ha servido a los responsables de la exposición para afirmar que, a pesar de que Ingres es el pintor heredero natural de Rafael y de Nicolás Poussin, puede ser tomado como precursor de Picasso y de la distorsión sistemática que la Modernidad imprime al desnudo.

Tiene gracia que el Prado acabe este mes exponiendo la obra de dos pintores radicalmente distintos pero cuya expresión del talante femenino les une: las vírgenes manieristas del Divino Morales y las carnes nacaradas de Ingres. Su cuadro El baño turco es una inmersión casi en espiral en una orgía de carne que requiere una minuciosidad en la mirada que no posee La Gran Odalisca, a pesar de que somos muy conscientes de que la modelo única es proclive a ser figura emblemática. Pero El baño turco es pintura que debería valorarse más por lo que tiene de transgresión, siendo un modelo de canon erótico del academicismo francés del XIX, del mismo modo que el cuadro famoso de Napoleón, que podrá contemplarse en todo su esplendor, es causante de ser el modelo de gran parte de la pintura de trasfondo histórico del siglo, en especial en la pintura española.

Pero nada hay más significativo del cambio de valores de una sociedad que el lugar que se supone emblemático de un cuadro. Bien es verdad que La Gran Odalisca sugiere una continuidad con La Venus del espejo, de Velázquez, y La Venus de Urbino, de Tiziano, lo que hace que el cuadro se enmarque dentro de una temática que remite a los clásicos, cosa que no sucede con El baño turco, mucho más moderno en este sentido de no estar arropado por la tradición. Pero lo cierto es que en tiempos no muy lejanos, el cuadro emblemático para exponer dos semanas antes hubiese sido el de Napoleón I en el trono imperial, y ello porque es cuadro eminentemente histórico y tendente a exaltar el gran relato, esto es, aquello que hace protagonista a la historia. Semejante mentalidad hegeliana, de donde participa el Hombre Nuevo del marxismo, ha quedado reducida en nuestra condición posmoderna al ámbito de lo estrictamente privado, a una desconfianza ciega ante el protagonismo de la Historia con mayúsculas a favor de la historia personal. No es de extrañar que el cuadro erótico prevalezca sobre el histórico, pero en uno que veremos, Monsieur Bertin, ese erotismo queda suplantado por el del burgués de la época: el retrato en su apogeo, pero no el de aristócratas y emperadores, aun sean nuevos -como tampoco el de La Gran Odalisca, que quiso comprar sin éxito Luis XVIII y que se quedó en manos de la hermana de Napoleón, Carolina Murat,- sino al del burgués del momento, y con tal éxito que fue modelo del retrato moderno, influyendo en pintores como Monet o Picasso. La clave de tal revolución de este retrato no reside en el rostro sino en la actitud total del cuerpo. Es decisión, expresa acción y determinación, que es lo que necesitaba esa clase social que se apoderaría como clase dominante a lo largo del siglo.

Roberto Calasso, en su libro La folie Baudelaire, habla del poeta moderno por excelencia, pero sobre todo ese ensayo es un estudio muy inteligente sobre Ingres y su lugar preferente en el panteón posmoderno. Lo del orientalismo como moda casi inventada por él es cierto, pero de esta exposición habría que contemplar, gracias a los cuadros que se exponen, todas las facetas del pintor y no es precisamente la del orientalismo la prevalente.

¿Y que decir de la delicadeza tan actual de la composición de La condesa de Haussonville, actualmente en manos de la Frick Collection de Nueva York? Si La Gran Odalisca tiene espalda curiosa, aquí la nuca, como en Japón, atrae toda la mirada. Es una suerte poder contemplar este cuadro y admirar ese retrato a pie, no recostada, como era habitual. Postura que acentúa el aristocratismo pero lo inunda, también, de delicadeza. Ingres no es sólo el artífice orientalista de mujeres bellas, deseables, sino uno de los padres del retrato histórico y, sobre todo, del burgués. Ingres y el retrato, en todos los recursos formales y temáticos. En el Prado.

Museo Nacional del Prado (YouTube)