Un western en los Monegros

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Cubierta de la obra 'El cielo que nos tienes prometido'.

Un western no admite las medias tintas. Con otros géneros, puede ocurrir que un personaje, una escena, una frase rescaten el conjunto del naufragio. A veces un par de chistes han redimido una mala comedia, una buena canción un musical horrendo o un villano chungo un thriller intrasitable. Pero el western, al bascular entre lo sublime y lo ridículo, no tiene término medio: o sale un cactus de cinco higas o sale una obra maestra.

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Al contrario de lo que se piensa, el western no se circunscribe a una sola localización temporal y geográfica, aunque en eso el cine ayudó mucho. Lo que define a un género, básicamente, es su moral y lo que convierte a una historia en un western propiamente dicho no son los caballos, el desierto y las pistolas, sino la tenue raya de una frontera anterior y posterior a la ley. Cabrera Infante escribió que Homero, de haber trabajado en Hollywood, se habría dedicado al western, porque daría lo mismo que Odiseo regresara a Ítaca a lomos de una yegua o que Aquiles y Héctor se enfrentaran a balazos. La amplia y soleada llanura sobre la que van y vienen los caballos es la transposición física de un espacio moral. Por eso, a pesar de que tenía todos los elementos para cuajar, lo que iba a ser nuestro gran western fundacional castellano, el Cid, descarrila del género, porque el Cid recurre a la vía legal cuando ve lo que han hecho con sus hijas. Si el Cid hubiera montado a Babieca, empuñado la lanza y perseguido a los infantes en grupo o uno a uno para cumplir su venganza, tal vez la literatura española, y en especial la épica, habría sido muy distinta. Pero Rodrigo Díaz tiró de abogados y desde entonces rara vez las letras españolas han abandonado el despacho. Tuvieron que pasar cuatro siglos hasta que Don Quijote y Sancho salieran a cabalgar por la Mancha.

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El cielo que nos tienes prometido, la última novela de Guillermo Aguirre, es un western posmoderno y rural con todas las de la ley, un western de carretera y manta, con coñac y escopeta de caza, con caballos, con toros, con un asedio apache a la caravana de colonos y con gasolineras autóctonas. No es exactamente una road-movie, porque el problema de hacer una road-movie en España es la falta de kilometraje, esa sensación de que a los quinientos kilómetros el coche va a despeñarse en Finisterre. Pero Aguirre ha encontrado un paisaje prácticamente virgen en la literatura española, el desierto de los Monegros, una línea recta que se convierte en el protagonista absoluto de la novela y en un laberinto moral. Es un lugar donde puede ocurrir cualquier cosa. Nada más comenzar la lectura, uno se encuentra con la descripción de una geografía con una fuerza telúrica que resuena con el eco solemne de las primeras páginas de Volverás a Región:

Hacia el este encontró una zanja, bajó y la siguió hasta donde trazaba una curva bordeando una suave loma. Le pareció uno de esos macabros lugares en los que se enterraban bebés desaparecidos y neumáticos de coche. Regresó sobre sus pasos, los hombros caídos, las manos hundidas en los bolsillos del pantalón de pana. Cruzó la autovía que iba vacía de este a suroeste y que empezaba a hervir allí por donde el sol emergía como un huevo cocido. Al otro lado, a unos kilómetros campo a través, observó la sierra arisca y monocroma de la que un día bajó el Viejo.

Creo que fue a mi padre, que fue camionero muchos años, a quien oí hablar por primera vez de la extraña fascinación de los Monegros. Algo como un hiato en el paisaje, una suspensión de las leyes físicas, un vacío, un desierto pequeño y sin embargo lleno de interrogantes, agobiado de símbolos. Aguirre lo ha cargado de electricidad estática, de pulsiones primitivas, de violencia latente. Como si fuese la materialización de una frontera invisible, ese peaje que la pareja de hermanos amantes han traspasado y por el que saben que deberán pagar más tarde o más temprano. Desde el sentencioso título, la historia alude a un universo bíblico, un horizonte elemental de prohibiciones, catecismos y decálogos rotos. Hay un aliento primordial, casi faulkneriano, en que los personajes deambulan como fantasmas a la luz del día y, sin embargo, al hablar, al moverse, revelan lastimosamente su condición mortal. En muy pocas novelas contemporáneas se percibe el peso y la forma de los objetos −las gafas con la patilla rota, el cepillo repasando el lomo del toro, la escopeta de caza− a través del brillo alucinante de la prosa, una prosa que huele a McCarthy por el lirismo seco y a Cela por el taco rancio. Y en muy pocas, por no decir en ninguna, aparece una mujer como la protagonista de estas páginas. El argumento es simple como una carretera y, como una carretera, implacable. Va del infierno al paraíso y otra vez al infierno. Recuerda aquel homenaje que le hizo Norman McLaren a John Wayne y que consiste en una sola línea atravesando el plano, un punto que aparece a lo lejos, se agranda hasta ocupar la pantalla y luego se va alejando hacia perderse otra vez en el horizonte. Sí, Guillermo Aguirre ha escrito un western.

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