Carlos Barral, el memorioso

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Cubierta de las Memorias reunidas de Carlos Barral.

La editorial Lumen ha tenido el acierto de reunir los escritos memorialísticos de Carlos Barral en un volumen al que ha añadido muchas fotografías, la mayoría de ellas, inéditas, ya que se trata de imágenes familiares. El libro, Memorias, que también incluye cartas y algún texto inédito, está ya en los estantes de su librería más cercana, querida lectora.

De todas las cosas que hizo Carlos Barral en su relativamente corta vida –su cuerpo enteco se rindió a los 61 años, en 1989- es quizá la de memorialista la más atractiva para quien esto escribe. Como poeta fue notable –lo cuenta bien Carme Riera en La obra poética de Carlos Barral (Edicions 62, 1990)- pero apenas podía resistir la compañía de Jaime Gil de Biedma o de José Agustín Goytisolo o, más por libre, José Angel Valent. Como novelista, ensayó dos libros que tuvieron poca fortuna, a pesar de que al primero lo tituló Penúltimos castigos, en clara conexión con el título de uno de sus tomos de memorias, Años de penitencia, quizá el más exitoso de todos. Se trata, por otra parte, de una novela muy autobiográfica, como dicen los críticos que pasa con toda primera novela que se escribe.

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Como editor, a Carlos Barral se le hace corresponsable del invento del boom, aunque dejara de lado a García Márquez, cuyo mascarón de proa, Cien años de soledad, desestimó publicar por considerarlo un tostón al que le sobraban páginas. Esa sinceridad le costó tener que soportar alguna que otra broma pesada. Pero cuentan los que le conocierom en los años de juventud que Barral era un editor nato, amigo de disquisiciones nocturnas y excesos de alcohol, cosa común en esa generación barcelonesa de gente de libros.

No es que en Madrid no hubiera autores –hablamos de la llamada Generación de los 50- y que éstos no bebieran lo suyo; es que en Madrid se era más pobre y el buen alcohol escaseaba. Por eso, aún hay quien recuerda la alegría de los “madrileños”  -Caballero Bonald, Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, Juan García Hortelano, Claudio Rodriguez... - cuando Barral o Josep María Castellet, aterrizaban en la Villa y Corte invitando a rondas. “Hoy viene Barral, hoy se bebe”.

El mejor trabajo como editor me parece que estuvo en su habilidad para conectar la España franquista, olvidada de todos, con el mundo literario europeo y mundial. La creación del Premio Internacional Formentor supuso un acierto que colocó a los escritores españoles del momento en el mapa mundial. Al mismo tiempo, la creación del Premio Barral de novela y el Premio Biblioteca Breve, que se inauguró, este último, con Luis Goytisolo, afianzaron la editorial Seix Barral (que había heredado de su padre) como referente de vanguardia y de literatura de calidad en España.

Tuvo afinidad con Alberto Oliart quien le prologó una de sus memorias. Al contrario que Barral, Oliart sí terminó sus estudios de Derecho y encaminó sus pasos más directamente a la política, pero Barral también hizo sus pinitos públicos en los asuntos del Senado, años 80, cuando el mandato socialista.

A lo que vamos es a que los lectores de aquellas memorias memorables –Años de penitencia (1975), Los años sin excusa (1978) y Cuando las horas veloces (1988)- que leímos con avaricia en su día, vuelven al ruedo. Y con ellas, las ganas de repetir experiencia. Aunque ya se sabe que nunca se baña una en las mismas aguas.