Hubo una Zenobia antes de Juan Ramón

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Zenobia Camprubí, en la portada de su ‘Diario de juventud’ que edita ahora la Fundación José Manuel Lara.

Los destinos de Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez están unidos tan inextricablemente que imaginar a uno de los dos por separado cuesta derroches de imaginación. Entre 1991 y 2008, Alianza Editorial publicó los tres volúmenes de los Diarios de Zenobia correspondientes a los años que pasó con el poeta de Moguer. Se extienden desde 1937, cuando tuvieron que exiliarse, a 1956, la última etapa del exilio de la pareja en Puerto Rico. Unos escritos esenciales para entender la vida y gran parte de la obra juanramoniana a través de la que fue la compañera de su vida, y de tal importancia que una vez muerta, el poeta se dedicó a sobrevivir y poco más, recluido en su casa de Río Piedras.

Ahora, la Fundación José Manuel Lara acaba de publicar el Diario de juventud de Zenobia, con prólogo e introducción de Emilia Cortés Ibáñez que nos habla de la otra Zenobia, la que fue adolescente y joven y que llevó una relativa vida independiente antes de ligarse durante 40 años con Juan Ramón. De Zenobia siempre se supo poco porque asumió ser la sombra de su marido, un hombre de carácter muy difícil, retraído y de claras tendencias obsesivas. De ahí surgió la leyenda de la Zenobia mártir que, por suerte, la publicación de los Diarios desmiente. Zenobia sí asumió a veces cierta actitud de custodia ante un hombre negado para ciertos aspectos de la vida, a la que no terminaba de adaptarse, pero fue mujer emprendedora, quizá por esto mismo. Y por ejemplo fue la creadora de Arte España, estandarte de las artes decorativas españolas al exterior durante los años sesenta, esos años abiertos al turismo. Zenobia vio ya esa necesidad de crear lo que ahora se englobaría en la llamada Marca España, y así realizó esa creación pionera ya en la época de la República, que fueron años donde hubo cierto campo de maniobra para los emprendedores liberales que pretendían modernizar un país de incipiente capitalismo patriarcal y de rémoras ancestrales en el campo.

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Estos Diarios de juventud, escritos entre los 18 y los 24 años, no están exentos de cierta puerilidad, sobre todo si somos capaces de imaginarlos contrastados con algunos de nuestra época escritos por jóvenes actuales. No hay presunción alguna de cinismo, por ejemplo, pero son textos que revelan bien a las claras a una mujer de mucho brío y carácter, muy influida por la figura materna y obsesionada por dejar constancia de sus vivencias de una manera constante. Y aquí no se equivocó, pues Zenobia se nos revela como una de las grandes escritoras de diarios del siglo XX en un idioma, en un país que por su pasado y presente católico, no es muy dado a la confesión pública, como mucho en presencia de un cura que absuelva. Hay que decir que aún hoy, el género sigue sin estar muy desarrollado entre nosotros. Es género moderno por excelencia pero somos muy reacios a entrar en el mismo. Zenobia se nos presenta así como una rareza en la tradición española y muy en la línea de la tradición anglosajona, que suponía en la España de los años treinta, de tendencia francófona, una revolución cultural sin parangón, como en cierta manera supuso la relación de su marido con poetas británicos y norteamericanos. Con Robert Frost, por ejemplo, o más tarde, la revisión del canon que realizó Luís Cernuda gracias a la poesía romántica inglesa. No olvidemos que en fecha temprana escribió sobre Cosecha roja, de Dashiell Hammett, cuando éste era un perfecto desconocido en Europa.

Zenobia tuvo siempre muy claro que el género le servía como sustituto de una voz amiga que la escuchara y atendiera. Resulta curioso que fuera su madre, la muy culta portorriqueña Isabel Aymar, la que la empujara a ello desde el momento mismo en que cumpliera su mayoría de edad, y no para dejar constancia de lo que había hecho durante el día sino para que fuera consciente de lo que no había realizado, vocación protestante, de clara influencia norteamericana, en un país que tanto a su madre como a ella les parecía un tanto difícil de llevar. Consecuencia de esta actitud es una clara tendencia a la acción, a realizar cosas, y aquí el contraste con el que sería su marido es fascinante. Juan Ramón podía huir de vivir en una casa, como hizo, por saber que antes la había habitado Ricardo León, un escritor pésimo a su entender; o no hablarse con Pérez de Ayala porque en el salón de su casa había visto una Venus de Milo de escayola. Zenobia, sencillamente, no veía esas cosas porque estaba destinada a hacer con ellas, no a juzgarlas, y gracias a eso salvó a su marido, sobre todo en la etapa del exilio, de inseguridades que hubieran acabado con él.

Amén del diario propiamente dicho, el libro recoge poemas escritos por ella, artículos hechos para revistas escolares, textos como “Los dormitorios” – escrito muchos años después donde en bella prosa describe todos los dormitorios que ha conocido en su errante vida -, conferencias, traducciones… Todos estos textos no autobiográficos son anteriores a 1916, ya que luego dejaría sólo constancia de su quehacer en la vida práctica: la creación del Lyceum Club femenino en Madrid o sus años de docencia en Maryland, años en que Juan Ramón ejerció también como docente.

Son pues unos escritos que nos hablan bien a las claras de una vocación ética nada acorde con nuestra tradición. Una vocación que hizo que la labor ética de su vida se la planteara como una proyección de perfección del amor que sentía por Juan Ramón y que creía debía ser mejor cada día. Y lo hizo con la misma determinación que las empresas en que anduvo. Estos Diarios son el complemento esencial de los publicados con anterioridad porque develan a la joven que ya apuntaba las maneras que tuvo de adulta. Un perfecto retrato de la artista adolescente.