El enigma Winslow

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Don Winslow durante una presentación de su novela 'El Cártel' en Madrid en octubre de 2015. / Wikipedia

Es muy probable que algún lector comparta mi estupor al enfrentarse a cada nuevo libro de Don Winslow. Después del brutal descubrimiento de El poder del perro, su gran novela sobre los cárteles mexicanos, da la impresión de que los demás libros se los escribió un primo suyo. No sólo no poseen ni un gramo de la fuerza ni la originalidad de su obra maestra, sino que parecen redactadas con el piloto automático, facturadas en una especie de franquicia de prosa rápida, repletas de clichés, frases hechas y personajes planos. Es cierto que en muchas ocasiones la novela de género se sirve de patrones y estereotipos vistos una y mil veces, pero una de las señales del gran escritor es, o bien evitarlos, o bien imprimirles un sello inconfundible. El inspector Rebus, de Rankin, y el inspector Wallander, de Mankell, tienen muchos puntos en común −ambos están divorciados, son melómanos, solitarios, tenaces y alcohólicos− y sin embargo orbitan alrededor de un mundo propio. Cada uno de ellos es único a su manera, animados por un carácter y un estilo que va desde el hábitat criminal que frecuentan al lenguaje que los sustenta.

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En lo más profundo de la meseta solitaria, la última novela de la serie Neal Carey, de Winslow, comienza con una escena que parece sacada del peor Tarantino. Neal Carey lleva tres años retirado en un remoto monasterio chino, alimentándose únicamente de arroz (como los luchadores de Les Luthiers) y entrenándose en letales golpes de artes marciales con nombres tan exóticos y sugerentes como 'Tigre Engañosamente Manso'. Entonces un recién llegado viene a interrumpir sus ejercicios de meditación para pedirle que vuelva a Estados Unidos y le ayude a encontrar a alguien. Es difícil imaginar un comienzo más tópico pero, al cambiar el decorado oriental de Kill Bill por los estudios de Hollywood, la cosa no mejora mucho. Anne, la guapa productora que los ha contratado para que busquen al hijo secuestrado por su ex −un vaquero venido a menos y actor fracasado− tiene que contarles la historia de su enamoramiento y entonces cede la palabra al narrador:

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"Tenía el pelo rubio oscuro veteado de mechas naturales, su bigote era del color del bronce y el moreno de sus brazos acababa allí donde se arremangaba la camisa; un bronceado obtenido a base de trabajar al aire libre, no de freírse untado en aceites en una playa de Malibú ni junto a la piscina del Beverly".

"Comía pollo frito, huevos con beicon y burritos endemoniadamente picantes, y nunca jamás le preguntaba al camarero de dónde procedían los tomates secos. Le gustaban la cerveza fría y las mujeres calientes, y sin lugar a dudas despertó una calidez en el interior de Anne, una calidez tan suave y agradable como una tarde de verano".

El comienzo de la última frase (lo de la cerveza fría y las mujeres calientes) es de los que provocan sonrojo en un lector sensible; el final es de los que provocan urticaria. "Despertó una calidez en el interior de Anne, una calidez tan suave y agradable como una tarde de verano". Hay que leerla dos o tres veces, después de frotarse los ojos y comprobar la portada del libro donde dice que estamos ante el mismo tipo que escribió El poder del perro. Quizá leímos mal aquella novela, quizá la leímos demasiado rápido. Quizá sea culpa del traductor. Quizá, en efecto, se la escribió un primo suyo. Quizá sea sólo un resbalón. Pero no, unas pocas páginas más allá, ya entrados en plena América profunda, aparece esta bonita estampa de la fauna autóctona:

"La camioneta dio un bandazo al pasar por un viejo bache particularmente pronunciado. Una liebre salió de entre las artemisas meneando las grandes orejas con nerviosismo y salió disparada dando largos brincos a una velocidad asombrosa. Un coyote famélico apareció al borde del camino, le dedicó una irónica mirada de agradecimiento a la camioneta y volvió a perderse trotando entre los matorrales".

Demasiados adverbios, demasiados adjetivos, demasiados verbos repetidos, demasiada prosopopeya. No es sólo que las tres frases que necesita Winslow para narrar una acción fulgurante sean torpes e inadecuadas: es que el simple detalle de la "irónica mirada de agradecimiento" dota al conjunto de un certificado de falsedad ontológica. La ironía debe estar en otro sitio, no en los ojos de un coyote hambriento que, de golpe y porrazo, regresa al orbe de los dibujos animados.

Lo que sigue, alrededor de unas cien páginas, es un intermedio pastoril donde no falta ni uno solo de los clichés del western clásico y posmoderno con banda sonora de música country. Hay una familia feliz -marido, mujer e hija adolescente- que contrata a Neal Carey como peón. Hay un ganadero millonario, muy racista y muy siniestro. Hay un ex presidiario muy chungo con ganas de bronca. Hay un viejo indio muy espiritual que vive solo en el bosque, despellejando conejos, y no se sabe muy bien de dónde sale. Hay una hermosa cuarentona preparada para el amor a la que Winslow dedica estas líneas:

"Hacía tiempo que había hecho inventario de sus rasgos físicos y había llegado a la conclusión de que resultaban más que aceptables por sí solos. Tenía el cabello negro y abundante, cortado justo a la altura de la nuca, y ojos de un azul tan profundo y resplandeciente como un lago en un día soleado de invierno".

El lector capaz de seguir cabalgando después de esto bien se merece lo que viene después. Que consiste, en gran parte, en una especie de guión cinematográfico para una futura película de acción con muchos tiros, explosiones, torturas espeluznantes, peleas al borde de un precipicio, inesperados cambios de carácter y rescate in extremis en plan Séptimo de Caballería. Toda esa sucesión de topicazos, caracteres fofos, diálogos manidos, situaciones prefabricadas y decorados de cartón-piedra podría sostenerse sin problema si ahí detrás hubiese gran literatura sosteniéndolo todo. Pero no la hay, ni grande ni pequeña. El daño que ha hecho Chandler al género negro es incalculable, sobre todo a esos escritores que se creen capaces de imitar su fraseo inimitable, esa manera de decir, por ejemplo, que una mujer es una rubia auténtica cuando se le ve la raíz oscura de los cabellos. En los mejores momentos de esta novela Don Winslow intenta ser Chandler; en los peores, ni siquiera es Winslow.

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