David Bowie, el artista que filmó su muerte

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Una mujer deposita flores por la muerte de David Bowie ante un mural del cantante británico en Brixton (Londres, Reino Unido). / Andy Rain (Efe)

Semeja uno de sus grandes montajes publicitarios, a los que tan acostumbrados nos tenía. David Bowie cumplió el viernes pasado 69 años y celebró el evento con la aparición de un vídeo, Lazarus, segundo que acompaña a su último álbum, Blackstar, y hoy, lunes, mediante un tuit lanzado por su hijo, el director de cine Duncan Jones, y por su mánager, nos hemos enterado de su muerte, después de año y medio de haber luchado contra un cáncer. La nota es escueta, deliberadamente escueta: “David Bowie ha muerto en paz rodeado de su familia después de una valiente batalla de dieciocho meses contra el cáncer. Como sabemos que muchos de ustedes compartirán esa pérdida, les pedimos por eso que respeten la privacidad de la familia durante el tiempo de duelo”. Por su parte, también en Twitter, el primer ministro británico, David Cameron, ha lamentado la pérdida del músico y  ha agregado que creció oyendo las canciones de Bowie. Por ahora, nada más. Ya digo, semeja uno de sus grandes montajes publicitarios, pero lo cierto es que es verdad. Bowie ha muerto, y lo ha hecho atendiendo a su vocación de artista, nos ha dejado un legado, su último disco, y el vídeo de Lazarus, que es su testamento, amén de la película David Bowie is, un documental sobre la exposición que hace tres años le dedicó el Victoria and Albert Museum.

Hace dos días escribí sobre Bowie y este disco, y afirmé que era mejor que The Next Day, que David Bowie se había reinventado de nuevo, que con el hombre vendado de Lazarus se había inventado otra nueva máscara, compulsiva, casi de manicomio, después de tantas otras y que, en cierta manera, había vuelto a los orígenes porque parecía que esta imagen salía de aquel hombre que venía de las estrellas, aquella película de los setenta, y que el mismo Bowie homenajeó en Low, el disco cuya portada llevaba un fotograma del film.

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Poco podía uno imaginarse que esta máscara de los ojos vendados y gestos compulsivos iba a ser la última máscara del rey de las máscaras, del rey del transformismo del pop, y desde luego el único que era dueño y señor de ese secreto era él mismo, que en cierta manera ha narrado su propia muerte dejándonos un testamento fílmico que, de seguro, se convertirá en simbólico, en legendario. Y por si esto fuera poco, en Nueva York se quiere estrenar Lazarus, en versión de off Broadway, un musical protagonizado por Michel C. Hall. Tenemos Lazarus para rato y hablaremos de Bowie durante mucho, mucho tiempo, no en vano era un hombre de un enorme talento para los entresijos de la publicidad. Porque, ¿quién se acuerda de que este hombre se llamaba David Jones y nació en la posguerra en un humilde barrio de Londres, Brixton, y que tenía un ojo con una pupila dilatada a raíz de una pelea que hacía que muchos creyesen que poseía un ojo de distinto color? ¿Quién le recuerda haciendo sus pinitos en el Londres de los sesenta y aprendiendo de la música de Ray Davies, de The Kinks, que era de los más modernos que se hacía en la ciudad mundial de la 'modernez' en aquel entonces? ¿Quién se acuerda de su primer maestro en el transformismo, el dramaturgo Lindsay Kemp, sin cuya afección a la máscara el arte de Bowie no habría sido el mismo?

Muchos han calculado las veces en que Bowie cambió de máscara. La primera es la indeleble, aquel Ziggy Stardust, aunque primero fue la de Space Oddity, y luego vinieron innumerables de ellas, hasta casi llegar a la cincuentena. Bowie, el transformista, el hombre que pensaba, y con razón, que la vida era cambio y que incluso tituló Changes una de sus canciones, nos ha legado la última bajo la metáfora de Lázaro, aquel que Cristo resucitó. En Lazarus, el vídeo, el hombre de los ojos vendados levita de la cama del psiquiátrico donde yace. Con este vídeo, Bowie nos ha legado una bella metáfora sobre la condición del artista, pues éste, como Lázaro, no muere si es recordado, y el recuerdo del artista es su propia obra. Bowie quiere, así, que su legado permanezca como una llamada a la resurrección, que es la propia resurrección del arte. ¿Asunto propio del psiquiátrico? Quizás, si adoptamos que el psiquiátrico es el mundo y el artista su paciente.

Bowie fue un personaje fascinante. Tengo para mi que esa fascinación, en gran parte, consistió en hacer accesible al mundo del pop las mil variantes de las vanguardias del siglo, a las que adaptó para su uso, disfrute y promoción. Uno, por ejemplo, puede rendirse ante la figura de Ziggy Stardust, pero en esa rendición hay algo añadido que Lindsay Kemp, el hombre del talento para la máscaras, con ser más genial, no logró porque no le interesaba ser accesible al gran público; lo mismo respecto a la etapa berlinesa, con el descubriniento del expresionismo, que excede el mundo de Bowie y que, gracias al cual, éste logró su producción musical más excelente, no la más celebrada. Glam, Pop, psicodelia, jazz, hip hop, rock... en todas las modalidades bebibles, Bowie ha bebido, de todos sus manantiales, pero el reconocimiento, ese olfato tan especial para la promoción, ha hecho de él que sea precisamente del guiño, de la mezcla, de la copia transformada, donde resida la verdadera personalidad de Bowie. Fascinante personaje.

Tanto que Lazarus estremece como legado, como testamento. Un legado que promete resurrección.

DavidBowieVEVO (YouTube)