Arundhati Roy arremete contra políticos y periodistas en ‘Espectros del capitalismo’

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Portada del libro / capitanswing.com

Ha escrito Arundhati Roy un libro (Espectros del capitalismo, Capitán Swing, 2015) que, como las buenas obras, parte de lo más cercano −la experiencia de su propio país, India−, lo que corre el riesgo de hacer pensar que a nosotros no nos pasan esas cosas, que son propias del Tercer Mundo y todo eso. Pero, los casos concretos de los que Roy escribe con documentación contrastada, propia de una buena periodista, nos atañen plenamente, y resulta interesante verlos de cerca ahora que en España se están repartiendo los sillones de poder.

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Los casos de corrupción que denuncia Roy en este libro con una valentía propia de héroes, terminan en torturas y muertes alevosas −lo que aquí aún no sucede, desde luego− de cuya causalidad participan los elementos que caracterizan al capitalismo salvaje que nos está devorando: el beneficio de las empresas a toda costa, la corrupción de los administradores del poder, la torsión de la realidad para provecho del poderoso, sea éste político, banquero o gran empresario.

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Los casos de los que escribe tienen nombre y apellidos; la autora –que podría vivir feliz y acomodada tras el éxito de su novela El dios de las pequeñas cosas− no se arredra ni recurre a eso tan español de “se dice el pecado pero no el pecador”. No en vano pasa por ser considerada en los medios de masas como “terrorista de guante blanco”. Los adjetivos que se emplean a modo de suavizante para lavadoras no ocultan la deformación, la corrupción, de los informadores oficiales.

La denuncia de Roy, que se centra también en Estados Unidos –el modelo de lo que el mundo aspira a copiar−, ejemplifica cómo la anhelada American Way of Life: “...ha resultado en que 400 personas posean la fortuna de la mitad de la población de Estados Unidos. Ha tenido como resultado que miles de personas se les haya expulsado de sus hogares y de sus empleos mientras el Gobierno rescataba bancos y corporaciones; sólo la America International Group (AIG) recibió 182.000 millones de dólares” (Pág. 110). Resulta estremecedoramente familiar.

Roy destaca que “cada nuevo escándalo de corrupción que se hace público en la India deja pálido al anterior”. Explica los tejemanejes del gobierno de turno para beneficiar a corporaciones amigas, en los que están implicados ministros pero también periodistas y algún presentador de televisión, como el caso de adjudicaciones en telecomunicacones, de hace apenas cuatro años. Cosas que se van sabiendo por conversaciones telefónicas (Pág.22). ¿No suena familiar? Por suerte, como dijo Agustín García Calvo, el sistema padece de resquebrajaduras por donde escapan filtraciones, aunque sólo sirvan para que todo el mundo se entere.

Las fundaciones −particularmente las de Bill y Melinda Gates, Rockefeller y Ford− son objeto de minuciosa crítica en el libro, como vías de ocultación y disimulo de monstruosos beneficios, una forma de repartir las migajas del banquete de los elegidos que caen al suelo. Y arremete con dureza contra las ONG corporativas o que reciben fondos de fundaciones porque, dice “son el modo en que las finanzas globales compran acciones en los movimientos de resistencia, literalmente igual que los accionistas compran acciones de una empresa, y luego intentan controlarlos desde dentro” (Pág. 46).

Roy asegura que “sin darse cuenta, y otras veces a sabiendas, [las ONG] sirven como puestos de escucha, sus informes y talleres y otras actividades misioneras proporcionan datos a sistemas de vigilancia cada vez más agresivos de Estados cada vez más endurecidos. Cuanto más problemática sea una zona, más ONG trabajan en ella” (Pág. 47).

Y ¿por qué han crecido las ONG como hongos por todas partes? Para Roy está claro que a medida que el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha impuesto los ajustes estructurales y los recortes de gasto público en sanidad, educación, desarrollo, cuidados familiares, etc, ha dejado huecos en los que se han instalado las ONG. Esto no quiere decir que todas estas organizaciones sean caballos de Troya.

Por si hiciera falta recordarlo, Roy, que usa un lenguaje directo y creativo, insiste en que “Los grandes capitalistas occidentales han hecho negocios con fascistas, socialistas, déspotas y dictadores militares. Pueden adaptarse e innovar continuamente. Son capaces de pensar deprisa y demuestran una enorme astucia estratégica” (Pág.57). Lo dicho.

Por último, Roy piensa que el capitalismo está atravesando una grave crisis y, basándose en la idea marxista de que la burguesía genera sus propios sepultureros, cree la autora que el capitalismo se irá a pique, entre otras razones porque está destruyendo el planeta y, según ella, “los dos viejos trucos que lo sacaron de las crisis pasadas, la guerra y el consumo, sencillamente ya no funcionan” (Pág.58).

No sé por dónde irán los derroteros del sistema en el que nos movemos pero tiemblo ante la idea de ver a esa gran ballena dando sus últimos coletazos antes de morir. Morirá matando, eso seguro.

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