Divisionistas: cuando la pintura italiana se hizo moderna

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Rifflessioni di un affamato, Longoni, 1893
Reflexiones de un hambriento, 1893, de Emilio Longoni/ fundacionmapfre.org

Quizá ya nadie se acuerde de lo revolucionario que fue el movimiento futurista de 1909 con las encendidas soflamas de Tomasso Marinetti dando el pistoletazo de salida a las vanguardias, sin embargo la exposición que se abrió ayer y estará hasta el 5 de junio en la sala Mapfre de Recoletos (Madrid) es una ocasión pintiparada para refrescar la memoria. Se trata de una completa muestra de los pintores divisionistas, que investigaron sobre la luz y la división de los tonos del color, como medio al servicio del mensaje de la obra. Estos pintores fueron contemporáneos de los puntillistas y precursores del inmediato futurismo, y trazaron la senda de la modernidad del arte en Italia.

Los divisionistas -una corriente genuinamente italiana como también lo fue la de sus precursores, los macchiaioli - se fijaron especialmente en los temas que mostraban la situación de las clases más desfavorecidas de la sociedad –hay que recordar que por esos años se fraguaba la revolución rusa del 17 y antes la Gran Guerra- pero también chapoteaban a gusto en la estética simbolista, tan en boga. Sus evoluciones en la descomposición del color y la luz dieron un giro fundamental al nuevo lenguaje pictórico que les permitió retratar los cambios rapidísimos de la vida moderna.

La muestra quiere establecer un paralelo entre ambos movimientos señalando las relaciones que los unían. Desde la concepción del paisaje y la naturaleza de pintores como Angelo Morbelli, cuyo Alba, de 1891, describe un amanecer velado, donde los colores parecen mitigados por una gasa invisible, a las cumbres montañosas de Giovanni Segantini o Carlo Fornara, de tintes más simbolistas.

Uno de los cuadros más atractivos de la muestra es Reflexiones de un hambriento (1893), de Emilio Longoni, como deriva más realista y ejemplo de pintura de carácter social que denuncia la desigualdad que no era capaz de corregir la vida moderna. Una desigualdad, por cierto, en la que seguimos. Unos pocos años después, fue el cine de Chaplin el que denunció esas tragedias de la vida cotidiana de millones de personas, con un toque genuino de humor. Pero, a lo que íbamos.

Al filo del cambio de siglo XIX al XX, Gaetano Previati pinta otro cuadro de la exposición, La danza de las horas (1899), un lienzo etéreo, un tanto onírico, cuyo año de terminación coincide con la publicación de La interpretación de los sueños, de Sigmund Freud, que supuso un acontecimiento para la época. Y de esos argumentos participa.

Cuando dobla ya el siglo XX, pinturas como las de Umberto Boccioni o Gino Severini, que habían aprendido del maestro Giacomo Balla, brillan con total libertad de color para obtener efectos luminosos propios de los futuristas, que además anuncian el cubismo.

La exposición se ha nutrido con cuadros cedidos por el Museo de Arte de Cataluña (MNAC), El Museo Metropolitano de Nueva York, la Galería de Arte Moderno de Milán, la de los Uffizi de Florencia, el Centro Georges Pompidou de París, entre otros museos y colecciones particulares. Merece la pena darse una vuelta por ella.

Como merece la pena contemplar el raro arte de Hiroshi Sugimoto que expone su Black Box en el centro que la Fundación Mapfre inauguró recientemente en Barcelona, la Casa Garriga y Nogués. Las fotografías de Sugimoto se muestran a partir del 19 de febrero y hasta el 8 de mayo y permiten ver lo que ahora le ocupa además de recorrer los últimos 40 años de su obra.

Muy meticuloso en su trabajo, Sugimoto –uno de los fotógrafos actuales más importantes- rechaza la técnica digital para concentrarse en la manipulación tradicional de la imagen, que sugiere un ritmo más adecuado para reflexionar sobre la percepción de la naturaleza, lo ilusorio, la vida y la muerte; de igual modo que lo es para algunos escritores actuales, escribir a mano.

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