Muere Umberto Eco, el hombre que lo sabía casi todo

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El fallecido escritor y semiólogo, Umberto Eco, en una imagen de archivo. / Fernando Alvarado (Efe)

El profesor Umberto Eco murió ayer en Milán a la edad de 84 años de un cáncer que le afectaba hace tiempo. Según se refieren los tópicos –me temo que esta vez es de verdad– Italia está de luto. No es para menos. El profesor Umberto Eco era una de las personas más queridas en un país criticón como pocos pero donde se consigue a veces una rara unanimidad en torno a un personaje y, entonces, este se convierte en incuestionable. Hace años que el profesor Umberto Eco pertenecía en su país a esa categoría.

Yo conocí a Umberto Eco antes de que se convirtiera en un enorme escritor de éxito, ya que aún no había publicado El nombre de la rosa. Para mí, muy joven, era el autor de Apocalípticos e integrados, un libro que hizo fortuna entre los de mi generación, junto a los de Mac Luhan y Noam Chomsky. Un grupo de amigos conseguimos traerlo a unas jornadas de semiótica en Alicante que pagaba por aquel entonces la Caja de Ahorros y recuerdo que, probablemente, fue el encuentro intelectual más importante que tuve en mis veinte años. Habló de todo, bueno, de casi todo. De Santo Tomás, era uno de los grandes especialistas mundiales sobre el filósofo medieval, sobre cómics, sobre los borsalinos, que se hacían, y hacen, en su pueblo natal, Alessandria; sobre lingüistica generativa; sobre paellas, nada menos que en Alicante... En fin, un mago que fascinaba a todos y a todas, cosa esta última, que le encantaba. El profesor Eco tenía vocación de encantador de serpientes. En cierta manera siempre lo fue.

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La siguiente vez que coincidí con él  fue con la publicación de El nombre de la rosa y, luego, con la de El péndulo de Foucault. Umberto Eco siguió siendo el profesor Umberto Eco pero era ya el novelista de éxito Umberto Eco. Muchos decían entonces que había sido el inventor del best seller europeo, pero siempre pensé que esa denominación era recurso de marketing editorial y que sencillamente, como buen semiólogo, Eco había sabido combinar las tramas fáciles y de suspense con guiños cultistas, en una feliz resolución que hacía de sus narraciones libros divertidos a la vez que el lector aprendía sobre el mundo medieval, renacentista, sobre el siglo XIX... Era un escritor que en el fondo quiso que sus lectores se fascinaran con sus libros como él se había sentido fascinado con los libros de aventuras, con Salgari, con Stevenson, con Verne.

Comí con él cuando publicó La isla del día de antes y le pregunté algo que siempre le quise preguntar pero que nunca, hasta entonces, me había atrevido. Le dije qué cuál era la razón de que escribiera best sellers y se dedicara menos a la semiótica, cosa falsa, por lo demás. Como fue comida distendida y llena de chistes, me respondió que él era un bibliófilo apasionado y que cuando era mero profesor miraba esos libros prohibidos en los escaparates de los anticuarios de París y que, ahora, siendo escritor de éxito, se podía permitir adquirirlos. Respuesta que era sólo media verdad ya que Eco era hombre que tenía auténtica vocación de escritor, aunque le faltara ese lado extraño de los verdaderos creadores: era demasiado científico, demasiado escéptico, para que le pudiera su daimon.

Lo sabía casi todo. Su última novela, Número cero, es una lúcida diatriba sobre la corrupción en la prensa, a la vez que una andanada contra el imperio mediático de Berlusconi. Una muestra más de esa medievalización de la sociedad moderna que Umberto Eco nos profetizó hace años, cuando dijo que las empresas habían sustituido a los condes y barones de la Edad Media y que corríamos el peligro de que los logros de la Ilustración se disolvieran en el sumidero de la Historia.

Umberto Eco ha sido un hombre importante en la cultura europea de estos años. Por lo menos el más mediático, que también es necesario. Y si bien últimamente se le notaba un poco asustado con esto de las redes, como si fueran un Frankenstein capaz de haberle convertido, a él, en un casi apocalíptico, lo cierto es que sus opiniones opinaba de casi todo eran pertinentes, sagaces, inteligentes, siempre a tener en cuenta.

Umberto Eco fue, en realidad, autor de una muy buena novela, porque El nombre de la rosa fue escrita casi en estado de gracia y es narración que puede ser leída por cualquiera, sin que tenga que saber que Guilllermo de Baskerville es un trasunto de Guillermo de Occam y que Jorge de Burgos es apenas un disimulado Jorge Luís Borges, un intelectual integrado que termina siendo apocalíptico. Tengo para mí que como era científico le pudo el lado práctico sobre el del supuesto estado de gracia. Es lo que tiene ser semiólogo, pero ha muerto dejándonos un montón de libros de ensayos esclarecedores de nuestro tiempo y de novelas divertidas y, en conjunto, de una calidad estimable.

Umberto Eco, el intelectual que siempre sonreía, el hombre que estaba orgulloso de los borsalinos de su pueblo, el científico iluminador, aquel que lo sabía casi todo.