‘El Coyote’, el ‘pulp fiction’ español

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‘El Coyote’, uno de los personajes más característicos del ‘pulp fiction’ español que repasa la exposición ‘Antifaz’. / mec.gob.es

La exposición sobre el fenómeno de El Coyote, el primer pulp fiction a la española, el gran héroe de la literatura de quiosco, las novelas en las que era protagonista se vendían en centenares de miles de ejemplares, que se muestra en la Casa del Lector hasta el 24 de julio bajo el título de Antifaz, debería dar a conocer, de paso, la labor de muchos escritores de los años 50 y 60 que, para vivir de la pluma, se convirtieron en galeotes.

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El best seller de la época era así, pulp fiction, novelas policíacas, del oeste y rosa: Corín Tellado, Marcial Lafuente Estefanía, Silver Kane, José Mallorquí, creador de El Coyote, versión española de El Zorro… Un grupo de esforzados que para sobrevivir llenaban centenares de páginas cada semana y en algunos casos llegaron a poseer el estatus de clase media reservado a los ingenieros. Alguno lo consiguió mezclando varios oficios, como Francisco González Ledesma, periodista, escritor de excelente calidad, uno de los grandes, de la novela policíaca española y, cosas de la vida, conocido hoy por ser el padre del periodista Enric González, y que produjo centenares de novelas del Oeste bajo el seudónimo de Silver Kane. Otros, además, tuvieron que dedicarse a ello por su pasado republicano. Caso de Marcial Lafuente Estefanía, que llegó a escribir 1200 novelas y que producía tanto que alcanzó a redactar frases dignas de Ubu rey, como “Era de noche y, sin embargo, llovía”. No hay que escandalizarse: ya en el siglo XIX, Ponson du Terrail en La pimpinela escarlata, describe a su protagonista leyendo un periódico de pie con las manos en la espalda. El porvenir ha sido, las más de las veces, injusto con ellos. La excepción: Ibáñez, otro de los esforzados de la época e infatigable trabajador hoy día, al que el éxito le vino tarde pero con creces. Lo cierto es que se dedica al cómic, género ascendente, y que, además, el público infantil es generoso. Los citados lo tuvieron más crudo: el Oeste vende poco hoy día, incluso en el cine. Es género que ha pasado de la decadencia a su casi desaparición.

La exposición, extensa en numerosos paneles, es, en realidad, una muestra del inicio de la transformación del lector en la España de los sesenta. Desaparecida la estela educativa de colecciones como la Universal de Calpe, luego convertida en Austral de Espasa Calpe, de los años de la República, estos pulp fiction de quiosco representaron el puente para las clases populares de la literatura de calidad que ya ofrecían en sus inicios editoriales como Planeta o Círculo de Lectores con sus visitas a domicilio. Una auténtica revolución para una incipiente industria que iba aparejada con la elevación del número de bachilleres que por entonces estudiaban.

César, hijo de José Mallorquí Figuerola, dijo en la presentación de la muestra que su padre era un grafómano impenitente, capaz de escribir 200 folios sin problema alguno. Cosa que me impresionó menos que contar los seudónimos que empleó este hombre para ganarse la vida: cuarenta. En géneros tan dispares y disparatados como la novela deportiva, la del Oeste, por llegar llegó a escribir una sobre Billy el Niño, aunque triunfó con la serie Dos hombres buenos, la policial, la de amor… Lo que fuera. Hasta manuales de buenas costumbres, que firmaba con el nombre de su mujer, Leonor del Corral.

La muestra se abre con un autorretrato fotográfico de Mallorquí con un periquito en la cabeza, que era oficio que le apasionó hasta el punto de ser un serialista sin saberlo: fotografió a su hijo César todos los días durante el primer año de su vida. Increíble. Aunque no menos que algunas cosas que se exhiben, como el carné de conducir que le regaló un guardia civil cuando se enteró de que un hombre tan célebre como él no sabía conducir; las declaraciones de la renta de algunos años; las anotaciones, prolijas, de lo que ganaba después de darle a la tecla durante horas; folletos de El Paso o San Diego que luego utilizaba en sus novelas; algunos tomos de La Novela del Oeste, serie de la que luego desgajaría la serie de El Coyote.

Oyer Corazón, uno de los comisarios de la muestra, dijo que gracias a estos pulp fiction de Mallorquí podemos entender la España de aquellos años cincuenta y que un personaje como César de Echagüe, El Coyote, en cuyo honor puso el nombre a su hijo, en su afán de justicia puede ser considerado como una larvada forma de protesta ante la dictadura: en 1943, ya en la entrega de la primera serie, César de Echagüe desbarata un caso de corrupción. Bien es verdad que en la California del XIX, pero entonces y hasta los años setenta todo el mundo, incluidos los censores, leían bajo líneas.

Gracias a su hijo César nos enteramos que Mallorquí era un dejado y que se ponía a escribir cuando no tenía más remedio y se encerraba durante días en su despacho combatiendo el sueño y el agotamiento con anfetas, que entonces se llamaban centramina, prozamina y denominaciones así de neutras, hasta que salían obras de éxito fulminante que, para César Mallorquí, nada tenían que envidiar a Harry Potter o La guerra de las galaxias. Cierto. Lo que sucedía es que los tiempos eran tan precarios que, aprovechando su éxito, José Mallorquí, hombre de ideas conservadoras, se puso en huelga hasta que consiguió que la editorial le pagara un 10% de los derechos de autor. En esas seguimos ahora.

Antifaz es una delicia de exposición. Pura sociología de la época que traemos a colación aquí porque como decía un eslogan de la colección Pulga, que también se exhibe: “El saber no ocupa lugar”.

Pues eso.