Wifredo Lam, el surrealista santero

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Wifredo Lam en su taller de Albissola en 1963. / www.museoreinasofia.es

La antológica del artista cubano Wifredo Lam que se ha inaugurado en el Reina Sofía, y que permanecerá con nosotros hasta el 15 de agosto, pertenece a esa categoría de muestras importantes porque revelan una sensibilidad poco común por parte de los responsables de la misma. La importancia de Wifredo Lam es evidente pero no es artista de oropeles y, salvo en el caso de Cuba, claro, también en gran parte del ámbito hispano, y en Francia, es pintor poco conocido, y eso a pesar de, como dijo en la presentación de la muestra este 5 de abril Manuel Borja Villel, director del MNARS, es probable que Wifredo Lam sea el pintor más fascinante del siglo XX. Frase un tanto exagerada pero que es pertinente en tanto en cuanto destaca la especial conformación de este pintor nacido en Cuba y que mezcló como pocos la herencia del mestizaje cultural de la isla con el surrealismo francés.

Esa alianza es especialmente explosiva porque añade a la vocación onírica de lo surreal una extrañeza, sobre todo para los europeos, de un mundo donde la santería y los ritos ancestrales africanos se alían con la especial tendencia barroca española. Explosiva mezcla, ya digo, a lo que se añade ese concepto de exotismo que en Francia es especialmente atractivo. Esa mezcolanza la comprendió a la perfección otro mestizo, el poeta martinicano Aimé Cesaire, que definió a Lam como un pintor que unió las exploraciones de un Picasso a las tradiciones africanas y orientales con especial genio. La comprensión del mestizaje propio del Caribe: Aimé Cesaire y Wifredo Lam, a su modo, dos obras que se complementan...

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La muestra reúne 250 piezas, lo que da una idea de la extensa obra que se expone, realizada en colaboración con el Centro Pompidou, que la expuso en París entre septiembre del 2015 y febrero de este año con gran éxito de público y la Tate, la muestra viajará a Londres después de Madrid, una exposición que recoge, sobre todo, los años de la producción de Lam más acorde con sus años de formación, la que se extiende entre 1928 y 1938, una década prodigiosa en la que Wifredo Lam se acercó a lo mejor de la corriente surreal parisina que, con especial énfasis en su vocación cosmopolita, acogió con alegría a este extraño ser que parecía encarnar en su persona esa fascinante mezcla que tanto gustaba a André Breton y sus acólitos.

En efecto, Lam parecía ser el candidato idóneo para esa fascinación, que tenía mucho de culto: hijo de un cantonés y una africana de clara ascendencia española, Wifredo Óscar de la Concepción Lam y Castilla nació en 1902 en el seno de una familia, que diría el tópico, marcada por el mestizaje, el mejunje, que es el modo natural en que descansa la idiosincrasia de la isla cubana, lugar de encuentro y lucha de culturas desde hace quinientos años. Mejunje maravilloso que sólo hace falta comprobarlo contemplando las pinturas, dibujos, cerámicas, que se exponen: ¿es esto cubista? ¿picassiano? ¿pero lo cubista no se había inspirado en el arte africano expuesto en el Louvre? ¿y no parece esto más genuinamente africano que la línea rota cubista? ¿y esos paisajes oníricos, que superan a los del Aduanero? … preguntas ya hechas cuando el Reina Sofía expuso la obra de Wifredo Lam en 1992, en una exposición muy distinta a ésta, pues de las 250 piezas expuestas sólo 18 repiten con aquella antológica, piezas de cerámica de las que 4 son propiedad del MNARS.

Al joven Lam le dio por el dibujo y vino a Madrid en 1923 a estudiar en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Aquí realizó unas obras que constituyen el primer bloque de los cinco que componen la muestra y que se ha realizado con criterios exclusivamente cronológicos. Lam estuvo entre nosotros hasta 1938, en que sólo las tropas franquistas lograron echarle, primero a Barcelona y luego a París. Cuando llegó a la capital francesa ya iba cargado con las enseñanzas de los mejores porque ya sabía de Juan Gris y de Joan Miró y de los expresionistas alemanes y de los cubistas, claro, sobre todo de los cubistas.

La segunda parte queda reservada a los años parisinos. Wifredo Lam conoce a Picasso y entabla relaciones de amistad con él, por aquel entonces el pintor mundial más reputado, que le presenta a André Breton, el Papa del movimiento surreal y a Benjamin Peret. Allí se impregna de lo mejor del arte surreal hasta que la invasión nazi de París le lleva a refugiarse en Marsella donde espera un barco que le lleva a la Martinica. Allí conoce a Aimé Cesaire, que fue determinante para la etapa de su regreso a América.

Rechazo vehemente del racismo y del colonialismo... Lam explora las raíces americanas, su mejunje, su mestizaje. Regresa a Cuba donde se une a Alejo Carpentier en la búsqueda de una identidad cubana, viaja a México donde triunfaba el muralismo y allí conoce a Frida Kahlo y Diego Rivera. Tercera etapa.

La cuarta comprende los años entre 1952 y 1967, en que Lam viaja por Caracas, La Habana, Zurich y Albissola, ciudad italiana en que Lam aprendió el misterio de la cerámica, su modo de domeñarla. La última, con Albissola como punto central, se extiende por una obra centrada en la cerámica, hasta su muerte en 1982 en París.

Una exposición esencial para descubrir al genio del arte caribeño del siglo XX.

hoyesarte (YouTube)

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