Cela en crudo

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Imagen de la estatua en homenaje a Camilo José Cela en su lugar de nacimiento, Padrón. / Wikipedia

De toda la galería de pedigüeños, rameras, muertos de hambre, funcionarios mezquinos, paletos, tontos de pueblo y señoras jamonas que forman la abigarrada fauna novelística de Cela, el más memorable sigue siendo él mismo. Ninguno de sus personajes llegó a alcanzar la talla mitológica de aquel escritor con cara de moái de la Isla de Pascua ataviado de gafas y retranca, una efigie tan característica que hasta unos navajeros le pidieron perdón una noche que le asaltaron en un callejón oscuro.

– Usted perdone, don Camilo.

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– De nada. A mandar.

En un país virtualmente analfabeto, alérgico a los libros, Cela era famoso como ningún otro escritor, tan familiar como un futbolista o un político, y había gente que repetía sus ocurrencias de memoria, sin haber leído siquiera una novela suya. Más de uno todavía cree que en aquella célebre refriega televisiva con Mercedes Milá se bajó los pantalones y absorbió un litro de agua de una palangana con un solo golpe de nalgas. Nunca lo hizo, le bastó con la amenaza. En los últimos años, entre las anécdotas escatológicas y las frases brutales con las que iba salpimentando sus apariciones -contra los homosexuales, contra las mujeres, contra los jubilados-, el personaje terminó por devorar al novelista en una vorágine de chascarrillos.

Don Camilo censor. Don Camilo delator de rojos tras la Guerra Civil. Don Camilo yudoka. Don Camilo en un banquete echando un cuesco monumental y, ante el silencio espantado de una mujer, su comentario gentil: «No se preocupe, señora: diremos que he sido yo». Don Camilo declarándose «machista-leninista». Todas esas anécdotas son ciertas, pero no menos cierta que aquella tarde en la que interrumpió la frívola tertulia de Jesús Hermida para decir que era una vergüenza que Gabriel Celaya, uno de los poetas más grandes del país, se estuviera muriendo de hambre. No menos cierto que el modo en que ayudó a tantos escritores disidentes hasta el punto de que un día le llamó el coronel Francisco Rodríguez a la Dirección General de Seguridad:

– ¡Oiga usted, Cela! ¡A ver qué pasa, que no hace más que avalar rojos!

– Hombre, don Francisco, no pretenderá usted que me ponga a avalar coroneles de Estado Mayor.

– Coño, tiene usted razón. Pero vaya con ojo.

Del mismo modo que trabajó siempre como un burro en busca de la frase perfecta, Cela se empeñó desde muy joven en alcanzar la fama, desde aquel día en que llegó por primera vez a Madrid con una maleta y fue a pedir que anunciaran por megafonía que acababa de llegar el famoso escritor don Camilo José Cela. Esa persecución obsesiva y enfermiza de la gloria culminó el día en que aterrizó en Estocolmo para recoger el premio Nobel, se bajó de una limusina en precario equilibrio sobre el asfalto cubierto de hielo y apartó a los hijos de unos emigrantes españoles que acudieron a recibirlo con unas flores con otra frase para la historia:

– Quita, niño, que me escoño.

En ocasión del premio, un periódico francés tituló: ‘Cela, un novelista con un murciélago colgado del corazón’, un sintagma arrancado de una novela recién publicada entonces, Mazurca para dos muertos, el cual servía para caracterizar a Fabián Minguela, un canalla que también presentaba «las nueve señales del hijoputa». Fue, tal vez, su última obra maestra, la que clausuraba una peculiar cordillera narrativa que dio comienzo en La colmena y que prosiguió en la espléndida San Camilo 1936, tres acercamientos indirectos a la Guerra Civil por donde pululaba un hormiguero de criaturas capturadas en el ámbar de su prosa.

La mar no se paró nunca desde que Dios inventó el tiempo hace ya todos los años del mundo, Dios inventó el mundo al mismo tiempo que el tiempo, el mundo no existía antes del tiempo, la mar no se cansa nunca, el tiempo no se cansa nunca, ni el mundo, que cada día es más viejo pero tampoco se cansa nunca, la mar se traga un barco o cien barcos, se lleva un marinero o cien marineros y sigue murmurando con su voz afónica, con su voz de borracho triste y pendenciero, amargo y peleón.
(‘Madera de boj’)

Desde aquella memorable primera frase de La familia de Pascual Duarte («Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo»), quedaba claro que la suya era la pintura en claroscuro, una carnicería de Solana, aquelarres y caprichos de Goya, un lenguaje que olfateaba sus raíces en El Buscón y en el Guzmán de Alfarache, una música que venía de Quevedo y de Valle, no de los auténticos maestros de la novela, Cervantes o Galdós. De ahí que a Cela le importaran muy poco la psicología, la trama o la estructura, mucho menos la forma convencional de narrar una historia, un modelo que agotó en Pabellón de reposo. Probó la técnica conductista a lo John Dos Passos en La colmena, el modelo epistolar en Mrs. Caldwell habla con su hijo, el monólogo delirante en Oficio de tinieblas 5, hasta encontrar ese tono maravilloso entre salmodia y letanía, entre lirismo y sátira, entrecortado por tacos y breves diálogos, con que se abre Mazurca para dos muertos:

Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, llueve sobre la tierra que es del mismo color que el cielo, entre blando verde y blando gris ceniciento, y la raya del monte lleva ya mucho tiempo borrada.
– ¿Muchas horas?
– No; muchos años. La raya del monte se borró cuando la muerte de Lázaro Codesal, se conoce que Nuestro Señor no quiso que nadie volviera a verla.
Lázaro Codesal murió en Marruecos, en la posición de Tizzi-Azza; lo mató un moro de la cabila de Tafersit, según lo más probable. Lázaro Codesal se daba muy buena maña en preñar mozas, también tenía afición, y gastaba el pelo colorado y el mirar azul. A Lázaro Codesal, que murió joven, no llegaría a los veintidós años, ¿para qué hubo de valerle manejar el palo como nadie, en cinco leguas a la redonda o más? A Lázaro Codesal lo mató un moro a traición, lo mató mientras se la meneaba debajo de una higuera, todo el mundo sabe que la sombra de la higuera es muy propicia para el pecado en sosiego; a Lázaro Codesal, yéndole de frente, no lo hubiera matado nadie, ni un moro, ni un asturiano, ni un portugués, ni un leonés, ni nadie. La raya del monte se borró cuando mataron a Lázaro Codesal y ya no se volvió a ver nunca más.

Hace cien años que nació Cela en Padrón y, más allá de los homenajes póstumos, el anecdotario truculento, los títulos nobiliarios, la leyenda rancia, la gloria televisada, las flatulencias y los chistes más o menos apócrifos, lo que que nos queda son unos cuantos libros descomunales, un montón de páginas donde retrató con mano firme y despiadada la lúgubre tristeza de España. El problema es que nos seguimos pareciendo mucho.

aznog321 (YouTube)