En torno a la dignidad

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De izda. a dcha,, Raimundo Castro, autor de la novela; la periodista y escritora Julia Navarro; el presidente del Congreso, Patxi López, y la guerrillera antifranquista Esperanza Martínez, ayer jueves, durante la presentación de ‘Los imprescindibles’. / congreso.es

Ya el título mismo de la novela le otorga un aire reivindicativo, anticipo de lo que viene a continuación, casi 800 páginas, con una documentación exhaustiva sobre acciones de los maquis desde el momento mismo en que estalló la guerra hasta su disolución en 1955, aunque aún siguieron actuando pequeños grupos aislados en las montañas del Norte: Los imprescindibles (*), que ha publicado La Esfera de los Libros. El título parece enigmático porque muchos podían pensar que las guerrillas fueron esenciales para el mantenimiento de ciertas estrategias militares en la guerra y sacrificios terribles en la posguerra, pero según se va avanzando en la novela, aunque ello se percibe desde el primer capítulo, el lector va cayendo en la cuenta de las correspondencias: a la esencialidad y pertinencia del combate le corresponde un alto concepto de la dignidad humana. En realidad, en esto consiste la novela.

Su autor, Raimundo Castro ( Torremocha, Cáceres. 1955) es un conocido periodista y cronista parlamentario y autor de numerosos libros de información política, El Sucesor, La izquierda que viene, amén de compañero en cuartopoder.es donde escribe artículos sobre lo más sabe, pero debutó como novelista en el ya lejano 1979 con La quema, en la desaparecida Sedmay, donde daba cuenta de los primeros años de la Transición, época convulsa y mal recordada. Los imprescindibles, por tanto, es su segunda novela, una narración por donde han transcurrido quince años de esfuerzos a tenor de documentarse con obsesión flaubertiana, algo que les sucede a muchos periodistas y escribir desde ópticas narrativas diversas. El libro que el lector tiene a mano ha pasado por diversas maneras de narrar: Raimundo Castro es galdosiano y, por tanto, afecto a autores como Max Aub, sobre todo el de los Campos y Arturo Barea. Sucede que la novela histórica galdosiana no se ajusta a la realidad que hoy día se quiere describir porque, para empezar, el claroscuro es condición narrativa imprescindible en nuestro escritor, como en Balzac. El claroscuro, es decir, presentar contrastes, sólo puede darse, porque lo demanda, en una condición épica. Pero ocurre que esa condición, cuyo último representante moderno es Bertolt Brecht y por razones que nada tienen que ver con lo que aquí se pretende, no es verosímil en una narración contemporánea, que atiende más a los matices, a los grises, que al combate, pintado éste en blanco o negro.

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Los imprescindibles, por tanto, es novela que siendo de raíz galdosiana poco o nada debe a su magisterio ya que es narración que posee épica pero es la épica de la intrahistoria, para citar frase afortunada de Miguel de Unamuno, intrahistoria que se resuelve en la descripción de varias vidas que se ajustan como un guante a los avatares históricos, esta vez, sí, de la Historia con rasgos hegelianos, que se narran, una historia que tiene como protagonistas a grupos de maquis repartidos por buena parte de la geografía nacional, en especial, Extremadura, Andalucía, León… maquis de clara ascendencia comunista y donde el autor se centra, aunque en la novela haya referencias a las guerrillas anarquistas urbanas de Barcelona y de cuyo recuerdo Juan Marsé ha escrito bellas y terribles páginas.

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Portada de ‘Los imprescindibles’, de Raimundo Castro.

El estilo de la novela es coloquial, falsamente coloquial por lo que tiene de trabajado, pero que se muestra como el más idóneo para reflejar los sucesivos cambios de ambientaciones, cambio que acontece también en las personas que narran, de la primera a la tercera, desde la España de la Guerra Civil a la de la posguerra pasando por la Puerta del Sol cuando aquel 15-M de 2011, que en la novela actúa como detonante del cúmulo de descripciones de los maquis que vienen luego. La novela comienza con la asentada en la Puerta del Sol cuando un antiguo miliciano, Federico Espejo, que se define a sí mismo como valleinclanesco, conoce a Alicia, que trabaja de MIR y está allí como tantos jóvenes en esos días, protestando por un futuro digno. El autor, que afortunadamente, se deja llevar por una especie de torrente narrativo, nos sumerge entonces en los ambientes de Lavapiés y de Casa Manolo, el bar que se encuentra al lado del Congreso y donde José Bergamín, ya antes de la guerra, tomaba croquetas: con ello quiero decir que la novela se desparrama de continuo entre la descripción del presente y la referencia continua del pasado, donde el estilo no cambia con el de la descripción de los tiempos actuales, es decir, donde una cosa lleva a la otra de manera natural, casi como una asociación de ideas y que para mí consiste es el mayor logro literario del libro, esa aparente naturalidad, llevada al modo de una conversación cualquiera, y que hace que pese a su longitud se lea con celeridad gozosa. A veces ser periodista tiene sus ventajas.

Libro terrible porque se acerca a historias trágicas y muchas veces inútiles aunque Raimundo Castro, afecto a Espartaco, piense que la dignidad está por encima de cualquier cálculo, aún el de la propia supervivencia: libro necesario porque indaga en un fenómeno muy mal estudiado hoy día, es, asimismo, libro fuente de guiños a compañeros que hace su lectura jugosa: por ahí sale un Francisco Frechoso, jefe de resistentes, Luís Díez, Joaquín Arnáiz, con referencias a un grupo que se denominaba La Peña, grupo de amigos a los que Castro es leal.

¿No habíamos quedado en que la novela es, en el fondo, un canto a la dignidad del ser humano?

Raimundo Castro reivindica el espartaquismo moral. No deberíamos olvidarlo ahora que se homenajea a Dalton Trumbo, que escribió el guión de Espartaco para Kirk Douglas.