Barnes da la nota

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Portada de 'El ruido del tiempo', lo nuevo de Barnes. / Anagrama

El ruido del tiempo, la última novela de Julian Barnes, se articula en torno a la vida del gran compositor soviético Dmitri Shostakovich. En principio era un libro que lo tenía todo para gustarme: uno de mis novelistas vivos favoritos escribiendo sobre uno de los compositores esenciales del pasado siglo. El resultado, sin embargo, ha sido decepcionante. Según Charlotte Heathcote, en The Daily Express, se trata de "su mejor novela hasta el momento". En mi opinión, es la más floja de todas las que he leído con mucha diferencia y su tono monocorde se halla muy lejos de la perfección de obras como Una historia del mundo en diez capítulos y medio, El loro de Flaubert o Antes de conocernos.

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Es posible que sobre esta percepción mía pese el hecho de que conozco buena parte de la documentación manejada por Barnes y de que, en muchos momentos, he encontrado ecos, extractos y citas literales de la monumental biografía de Elizabeth Wilson, de Testimonio, el polémico libro de Volkov e incluso del documental de Larry Weinstein Shostakovich against Stalin: The War Symphonies (ver abajo). Sin embargo, el problema no es exactamente ése. Barnes, un melómano declarado, ya había logrado un retrato formidable de otro gran compositor, Jean Sibelius, en La mesa limón, un cuento que cierra el libro de relatos homónimo y donde emplea un procedimiento similar: el de intentar captar la voz de un músico a través de sus propias huellas.

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No obstante, lo que en el relato de Sibelius sirve para componer una extraordinaria reflexión sobre el silencio y sobre la cercanía de la muerte, en El ruido del tiempo se convierte en una serie de aproximaciones al espinoso tema de la sumisión del artista frente al poder. Es, en efecto, un tema tremendo, pero en ningún momento da la impresión de que la novela salte por encima de los hechos históricos. El momento en que Stalin acude a una representación de Lady Macbeth de Mtensk, la ópera de Shostakovich que llevaba dos años de éxitos ininterrumpidos, se saldó dos días después con un célebre editorial en el Pravda ("Caos en lugar de música") en donde no sólo se acusaba al compositor de formalismo sino que se lanzaba una nada velada amenaza sobre su seguridad personal. Tras una extraña escena en una estación de tren diseñada a modo de prólogo, Barnes dedica la primera parte de la novela a escenificar las largas noches que Shostakovich pasó en el rellano de su casa de Moscú, frente a la puerta del ascensor, esperando con la maleta hecha la visita de los agentes de la NKVD. Una serie de monólogos disfrazados de tercera persona rememoran la juventud del compositor, sus primeros amoríos, su temprano reconocimiento, enfrentándolos al momento en que le citaron en la Casa Grande para que explicara su relación de amistad con el mariscal Tujachevski, defenestrado en medio de los procesos del Gran Terror.

A partir de ahí, la novela sufre un colapso. Por mucho que pretenda insistir en que hubo momentos peores -la segunda y la tercera parte empiezan con variaciones de la frase inicial del primer capítulo: "Lo único que sabía es que aquel era el peor momento"-, nada puede asemejarse al miedo de esos días en que aguardaba insomne una orden de detención que al final nunca se produjo. La narración, aplastada por la dimensión política, gira obsesivamente en torno a la angustia y la cobardía. Y aunque es cierto que Shostakovich fue una víctima del régimen soviético -a veces una marioneta, a veces un lacayo, a veces un héroe- no fue únicamente eso. Respondió a las presiones, a las críticas y a la injusticia con algunas de las páginas musicales más poderosas del pasado siglo: la Octava Sinfonía, la Décima Sinfonía, la Décimocuarta, el Quinteto para piano, los cuartetos 8 y 15. Aparte del susurro de ese hombre nervioso, amedrentado, que fumaba un cigarrillo tras otro, falta la voz íntima del artista, aquel de quien Volkov dijo, tras oír el estreno de la Undécima Sinfonía, El año 1905, dirigida por Mravinsky: "Escrita después del levantamiento húngaro de 1956 trata de la gente y de los gobernantes y de su yuxtaposición; el segundo movimiento describe acerbamente la ejecución de gente indefensa con autenticidad naturalista. Es la poética del shock. Por primera vez en mi vida, salí de un concierto pensando en los otros y no en mí. Hasta el día de hoy, esta es, para mí, la principal energía de la música de Shostakovich".

Amantes de musica bienvenidos! (YouTube)
1 Comment
  1. HoracioTeodoro Parenti says

    Tengo la obras completas de Shostakovich…Pero soy un admirador la la URSS.

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