Auge y ocaso de la no ficción

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Sharbat-Gula-Steve-McCurry
Steve McCurry posa en una exposición junto a sus dos retratos de Sharbat Gula, a la que fotografió en 1985 y en 2002 en Afganistán. / Efe

Desde la primera vez que abrí el libro Monsoon y empecé a admirar las fotografías de Steve McCurry, sospeché que allí se me ofrecía una realidad excesiva. Los colores estallaban en fulgores imposibles, los objetos ardían en llamaradas, los rostros eran demasiado vivos, los bosques explotaban en navajas de verdor, los ojos brillaban como frutas prohibidas. Al igual que me sucedía con las imágenes del fotógrafo de montaña Galen Rowell (en cuyo objetivo las nieves y las cumbres resplandecían con un aire de otro mundo) jamás tuve la menor duda de que aquellas fotos habían sido manipuladas. 

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El pasado mes de mayo saltó la polémica cuando el fotógrafo Paolo Viglione advertía en su blog sobre un fallo del photoshop en una imagen de La Habana. Como pirañas al rastro de la sangre, un montón de colegas se lanzaron a localizar discrepancias entre las fotos que McCurry albergaba en su blog y la que había publicado en sus libros. Se localizaron bastantes evidencias: señales de tráfico borradas, niños que desaparecían, un torpe juego de fantasmas. Meses atrás, en marzo, el crítico de fotografía de The New York Times, Teju Cole, ya había denunciado el exceso de photoshop en la obra de McCurry: "Sus fotografías son perfectas y aburridas. Y esa perfección sólo puede conseguirse orquestando la imagen".

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La condena de la profesión ha sido unánime puesto que los retoques en una fotografía no están permitidos en el fotoperiodismo. Ante la acusación, McCurry reaccionó con bastante torpeza. Empezó por declarar que él no sabía utilizar el photoshop a esos niveles, echó la culpa a su asistente, al que despidió y luego confesó a la revista Time que él ya no era un reportero gráfico, sino un contador de historias. Eso sonaba bastante inverosímil para un hombre que había cubierto diversos conflictos armados, desde la invasión soviética de Afganistán hasta la guerra del Golfo, pasando por Camboya, Filipinas, Beirut y la guerra entre Irán e Irak.

El debate ha vuelto a abrir una vieja herida del oficio que va más allá de la fotografía: la licitud o ilicitud de retocar la realidad, de introducir la ficción en beneficio de la verdad. En un taller de periodismo, García Márquez le preguntó a Kapuscinski si un periodista tenía derecho a añadir una lágrima en el rostro de una anciana que aparecía en un reportaje, aunque esa lágrima no hubiese sido vertida en la realidad. Mientras unos alumnos sostenían que no se podía manipular, los dos grandes escritores defendieron que sí, en aras de intensificar la emoción del relato. Gay Talese, Tom Wolfe y otros maestros del nuevo periodismo estadounidense han sufrido en uno u otro momento de sus carreras acusaciones parecidas. Una reciente biografía de Joseph Mitchell descubrió cuántos detalles había cambiado, suprimido o añadido el autor en El secreto de Joe Gould, uno de los más extraordinarios reportajes del pasado siglo. También sabemos que Capote añadió o modificó muchas cosas a la narración supuestamente verídica de A sangre fría, incluyendo incluso algún diálogo en el momento de la ejecución.

No estaría de más señalar que la manipulación comienza en el instante en que el narrador (o el fotógrafo) analiza el encuadre y decide quién y qué y cómo va a aparecer en el cuadro. Acerca de la polémica sobre Kapuscinski, el periodista angoleño José Eduardo Agualusa dijo: "Ningún periodista escribe acerca de la verdad (...). Sólo Dios puede ver el conjunto y una simple verdad no es la verdad". Por su parte, la reportera británica Michela Wrong denunciaba el engaño que suponía ofrecer un texto amañado como si fuese un reportaje veraz. Quizá la verdad y la realidad no sean equivalentes y tal vez ni la escritura ni la fotografía sean herramientas susceptibles de reflejar una u otra sin un mínimo de deformación. La no-ficción siempre tuvo su parte de ficción, por eso nunca sabremos si los ojos increíbles de aquella niña afgana que miró al mundo entero desde la portada del National Geographic eran tan verdes y tan hondos como parecían sobre el papel.

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