Biografía de Nazario: putos, drogas y travestis en la Barcelona de los setenta

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Portada de 'La vida cotidiana del dibujante underground'. / Anagrama

Barcelona, al ser ciudad con una burguesía ya formada en el siglo XIX, fue siempre espacio de agudos contrastes. No estaría mal recordar la lucha feroz entre sindicatos y patronal que tan bien recogió Eduardo Mendoza en La verdad sobre el caso Savolta; los disturbios de la Semana Trágica, en fin, la cara de alivio de la burguesía catalana cuando entraron las tropas de Franco en Barcelona para eliminar a esa canalla terrible, era uno de los calificativos más suaves que empleaban, de la CNT FAI que se había adueñado de Cataluña durante tres años; en fin, el surgimiento de fenómenos recientes como el auge de la CUP, que ha sorprendido a aquellos que conocen poco la historia de esa ciudad. A la burguesía más conspicua le parecía corresponder, es ya una tradición en Barcelona, un movimiento de anarquistas que dio de todo, desde santones como Ferrer y Guardia y El Noi del Sucre a pistoleros legendarios como Durruti y Ascaso. Todo esto pertenece al imaginario barcelonés con la misma intensidad que los edificios de Gaudí. Sucede, simplemente, que no conviene menearlo.

Todo lo dicho me vino de repente a la cabeza cuando leí La vida cotidiana del dibujante underground, de Nazario, que ha publicado Anagrama. Nazario nos da cuenta de la última movida libertaria de Barcelona, la que hizo de esa ciudad en los setenta una de las más vivas de Europa y que las proyectadas Olimpiadas aceleraron su proceso de desaparición. Yo colaboraba por aquel entonces en la revista de Pepe Ribas, Ajoblanco, que fue publicación señera de aquellos años, y recuerdo aún con nostalgia envidiosa cierto aire perdido irremediablemente. Aquello acabó como el rosario de la aurora y ha sido Ribas el que ha dado con la clave de lo sucedido con aquel fenómeno cuando, cada vez que se lo preguntan, repite que la policía se encargó de destruir aquel movimiento libertario mediante la introducción de la heroína y de la represión más o menos solapada.

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Lo curioso de aquel movimiento, lo que lo define, y más por boca de Nazario, es el de no tener nada preconcebido. Así, por la calle Comerç, en aquel entonces, Comercio, se daban cita Farriol y Javier Montesol, unos señoritos glamurosos, con el propio Nazario, Ocaña, el travestí más extravagante del momento, un joven Mariscal, un pintor con aire de pagés como su antecesor mallorquín Joan Miró, Miquel Barceló, Jaume Sisa, que le vendió su guitarra a Nazario porque éste quiso primero dedicarse a la música y por suerte lo dejó para dedicarse al cómic underground., El Rollo enmascarado, nada menos que en 1973, puro tardofranquismo. Y cómo no, del otro lado, la burguesía progre, la de Boccaccio, la de Carlos Barral, la de Gil de Biedma, que no había sarao que se le escapase pero a quien Nazario nunca conoció, y todo ello fotografiado por Colita. Esa Gauche Divine de la calle Diagonal por donde circulaba un maravilloso Terenci Moix en una época donde podía darse el contraste de ir a entrevistar a Josep Pla y éste, después de hablar largo y tendido con aquel joven, preguntarle: “Oiga usted, ¿sabe que me parece que es un poco maricón?”.

Nazario se trasegaba en aquellos años lo normal, según él, cuatro litros de cerveza por la mañana y siete gin tonics por la tarde, entonces la ginebra estaba más barata que ahora, y descendía a los infiernos, que diría un mal escritor, todas las noches en el Barrio Chino. En este sentido el libro recuerda, por su intensa lírica a lo Baudelaire, al Journal du voleur, Diario de un ladrón, de Jean Genet, con ese regodeo en el puterío más cutre, con chaperos imposibles a quienes visitaban los de la Gauche Divine, con aires de transgresión, sí, pero también con la seguridad que da el dinero, ser los dueños del asunto. Nazario aquí no se engaña: sabía dónde estaba el verdadero arroyo.

Uno de los personajes más alucinantes del cómic español fue Anarcoma, un detective travestí que es puto por las Ramblas. Anarcoma sueña con pollas enormes y Nazario, su creador, confiesa que detrás de aquel tipo andaba la realidad de Ocaña. Ese mismo ser que se paseaba por las Ramblas, justo en el Café de la Ópera, sitio obligado del momento, haciendo performances con vestidos de lentejuelas y cantando fandangos junto al propio Nazario vestido de Salomé. Acabaron en la cárcel junto a presos comunes, a quienes Ocaña soñaba con realizarles felaciones, y los miembros de Els Joglars, tres de ellos. Vivir para ver.

Muerto Ocaña con las botas puestas, se le prendió un traje sintético en una cabalgata en Andalucía. Nazario se presentó en el programa de Paloma Chamorro, La Edad de Oro, pidiendo beatificaran a Ocaña porque se le había aparecido alegando que quería ese honor por haber pintado toda su vida angelitos y vírgenes.

Anécdota sabrosas, que suponemos Nazario ha debido de callarse unas cuantas, hay a raudales: Miquel Barceló quitándole un novio a Mariscal; cómo Alejandro, el novio de toda la vida de Nazario y con el que se casó cuando agonizaba, se acostó con Pedro Almodóvar... En fin, un libro que retrata una época irrepetible de la Barcelona de los setenta y de la que algunos tuvimos cierto perfume madrileño en las noches de Libertad 8, cuando Paco Otero, que había estado con Ocaña en Barcelona, nos deleitaba en el local de Chueca con performances travestidas de lo más locas.

Ay, la juventud. Cómo nos delata.