Borges y Borges

El escritor argentino,Jorge Luis Borges. / Efe.
El escritor argentino, Jorge Luis Borges. / Efe.

"Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas". En esta confesión literaria, y no del todo insincera sobre el desdoblamiento de personalidad, Borges rehizo una célebre frase de Rimbaud ("Yo es otro") hasta el punto de dejarla irreconocible. Escribir es siempre reescribir, escribir, como señaló Juan Benet, es leer a la enésima potencia. Por eso Borges siempre decía de sí mismo -en alarmante derroche de falsa modestia- que no se consideraba tanto un buen escritor como "un excelente lector o en todo caso, un sensible y agradecido lector". Frente a una visión humanista de la creación y del ego creador, Borges propugnó un retorno a la Edad Media, a los bancos de los amanuenses y a los palimpsestos que conservan los trazos de una escritura anterior. Recordaba a menudo aquel proyecto de Valery, el de escribir una historia de la literatura sin nombres propios, "una historia en que se presentaran todos los libros del mundo como escritos por una sola persona, por el espíritu universal". En algunos momentos, en algunos de los momentos más espléndidos del castellano, ese espíritu fue Borges.

Tres décadas después de su muerte seguimos huérfanos de Borges. Docenas de discípulos, cientos de herederos más o menos apócrifos pululan por diversas geografías, idiomas y literaturas, pero en ninguno de ellos, ni siquiera en los más aventajados, alcanzamos a reconocer la voz única del maestro. No sé si esto le hubiera gustado a Borges: sobrevivir, de algún modo, en una comunión literaria, él, que quería morir del todo, desaparecer junto a ese viejo compañero, su cuerpo. Aun así, sospecho que no le habría importado transformarse, treinta años después de su defunción, en una especie de Amazonas narrativo, una hidrografía en la que no se sabe muy bien dónde delimitar las fuentes y dónde los afluentes. Él mismo cartografió la obra de Kafka, quizá el escritor más original del siglo XX, en busca de sus precursores, demostrando no sólo que había en él huellas de Kierkegaard y de Hawthorne e incluso de Zenón, sino que un gran escritor crea su propia tradición, de manera que ahora leemos las parábolas de Zenón, los relatos de Hawthorne y las fábulas religiosas de Kierkegaard como si fuesen posteriores a La metamorfosis y El proceso. Por eso ahora también podemos leer a Kafka como si fuese posterior a Borges.

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Aunque sigue creciendo con los años, el prestigio del escritor argentino está lejos de ser unánime. Cuando Mario Muchnik le preguntó por Borges como posible ganador del Nobel, Elías Canetti respondió: "Su literatura es trivial, bien escrita pero superficial como el ajedrez". Otro tanto pensaba Truman Capote, quien dijo una vez que Borges era "un escritor menor". Son dos voces ilustres entre un coro de disidentes que ven en sus relatos, en sus ensayos y en su poesía una sucesión de destellos luminosos, ingeniosos rompecabezas, trampolines de palabras construidos para el asombro y el vértigo. En su literatura, lúcida y deslumbrante, no parece haber lugar para los dramas y conflictos humanos: el dolor, la venganza, las pasiones se reducen a un juego de espejos, un acertijo o un laberinto. En una primera lectura da la sensación de que Borges podía haber nacido en Londres, en Berlín o en Ginebra en lugar de en Buenos Aires; de que podía haber empleado el inglés o el alemán como vehículo en lugar del castellano; de que en su obra, la trágica historia de Sudamérica en el pasado siglo, no es más que una nota a pie de página.

Una lectura más atenta revela, no obstante, que Borges casi siempre habla del otro Borges, ese otro al que le ocurren las cosas. El Aleph, ese cuento alucinante que encierra varios cuentos en su interior hasta llegar a ese punto imposible donde se concentran todos los puntos del universo, en realidad oculta una historia de desamor tan cursi, tan sentimental que ni siquiera evita la primera persona: "Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges". La fascinación de Borges por la violencia (gauchos, vikingos, soldados, guerreros) resulta a la vez profundamente personal y literaria. Teñida de irrealidad aparece en El sur (su cuento favorito), donde se cifra un incidente autobiográfico (un vulgar accidente que estuvo a punto de costarle la vida) para sugerir la posibilidad de un final heroico, un duelo a cuchillo envuelto en un sueño de fiebre. En Alusión a la muerte del coronel Francisco Borges canta la muerte de su abuelo en su cabalgada suicida contra las fuerzas de Mitre y en el Poema conjetural, dedicado a otro lejano antepasado suyo, Francisco de Laprida, dice:

Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
de sentencias, de libros, de dictámenes,
a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
pero me endiosa el pecho inexplicable
un júbilo secreto. Al fin me encuentro
con mi destino latinoamericano.

Es un destino que Borges intentó evitar siempre que pudo, aunque la historia terrible de Argentina le rozó en varias ocasiones. El gobierno peronista le degradó de director de la Biblioteca Nacional a inspector de aves de corral, un cargo para el que, con característico humor, se declaró incompetente. Profetizó y ansió la derrota del nazismo y abominó de las dictaduras (que fomentan la opresión, el servilismo, la crueldad y, lo peor de todo, la estupidez), pero en sus últimos años no quiso ver que habitaba tranquilamente en una inhabitable: la de Videla. La ceguera, que tan brillantemente había usado en poemas y relatos, pasó de la metafísica a la política. Al final buscó refugio en Suiza, "ese país ficticio en el que nadie sabe el nombre de su presidente".

En su última charla en Madrid, en el CSIC, ante una escasa docena de oyentes, Emir Rodríguez Monegal propuso una lectura de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius -acaso el relato más complejo de Borges- como una alegoría contra los totalitarismos: la realidad que es usurpada por otra realidad, un mundo organizado desde un sistema filosófico que empieza la historia desde cero, como han hecho las religiones, las revoluciones y los golpes de estado. No parece un tema ni trivial ni menor. Quizá es que todavía no hayamos empezado a leer a Borges. No sabemos cuál de los dos escribió esas páginas.

jmgloomy (YouTube)