Plegarias de juventud

Robert Plant, durante su actuación el pasado 14 de julio en las 'Noches del Botánico' junto a su banda The Sensational Spaceshifters. / Kiko Huesca (Efe)
Robert Plant, durante su actuación el pasado 14 de julio en las 'Noches del Botánico' junto a su banda The Sensational Space Shifters. / Kiko Huesca (Efe)

Dicen que los viejos rockeros nunca mueren, pero no es cierto. Es una metonimia que se refiere a su música, a ciertos discos que se resisten a claudicar contra el roce de la aguja, a algunas canciones que siguen perdurando más allá de su época. Otros rockeros, antes de morir jóvenes y bellos como mandan los cánones, envejecen, echan tripa, calva o canas, tienen hijos, regatean con los años, dejan el tabaco, la bebida y las drogas. Ese segundo aliento, ese unplugged del pasado, no sólo es necesario sino hermoso. Por ese mito idiota de la muerte en plena gloria, cuánta gloria perdida.

La pasada semana, en las Noches del Botánico, tuve la oportunidad de reencontrarme con dos mitos de mi juventud. El martes fue Marillion, una cita demorada tres décadas después de que los viera por primera y única vez sobre un escenario, a mediados de los ochenta, en la gira del Fugazi, en la sala Canciller, también en Madrid, un directo espléndido que todavía resuena en mi memoria. Fish, la voz de entonces, apareció en la oscuridad, dos metros de leñador en penumbra con pintura fluorescente en la cara. Aun recuerdo la fastuosa obertura con sus ráfagas de teclados, los malvados acordes orientales y el maullido de Fish al entonar I’m the assassin.

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Imagen de la actuación de Marillion en las 'Noches del Botánico'. / Noches del Botánico (Facebook)
Imagen de la actuación de Marillion. / Noches del Botánico (Facebook)

Hace mucho que Marillion dejó atrás a Fish o viceversa y muchos de los que pensamos que la banda no sobreviviría a esa ausencia tuvimos que admitir, disco a disco, que Steve Hogarth había llegado para quedarse. El martes, en la segunda cita de su gira europea, Hogarth soltó el caballo que tiene por voz y galopó durante dos horas y pico a lo largo y lo ancho de una cordillera de sonidos. Lo acompañaban los mismos escuderos que escoltaban a Fish más de tres décadas atrás: Ian Mosley agazapado tras la batería, Pete Trewavas aferrándose el bajo con canas en la melena, la calva de Mark Kelly brillando sobre los teclados y un guitarrista que se había comido a Steve Rothery lo menos dos veces. Pero la música seguía fluyendo con la misma potencia y esplendor de antaño, aunque buena parte del público –yo entre ellos– no reconociera ni la mitad del repertorio.

Hasta que no llegaron las últimas propinas, precedidas por la grandiosa despedida de This Strange Engine, Hogarth no se decidió a cantar dos temas de Fish y cedió el protagonismo al público para que los tararearan. A mi lado un cincuentón calvorota pedía a gritos Assasin y, cuando empezó a sonar Kayleigh, uno de los himnos emblemáticos de los ochenta, berreó el milagro: “¡Me está creciendo el pelo, tío! ¡Te lo juro! ¡Me está creciendo el pelo!”

Ese era un problema que no tenía mi segundo mito particular de la semana, porque a Robert Plant, aun con casi setenta años encima, el pelo le sobra. Plant salió la noche del jueves al escenario con las manos a la espalda y una camisa roja, rodeado deThe Sensational Space Shifters, la fantástica banda que le respalda últimamente y con la que ha grabado Lullaby and the Ceaseless Roar, seguramente su mejor disco en muchos años. Unos rotundos acordes flamencos del barbudo guitarrista Liam Skin Tyson dieron paso a Baby I’m Gonna Leave You y luego a Turn it up, una de las joyas del último disco que suena casi como un tema perdido de Led Zeppelin. En esos diez minutos escasos quedó marcado el rumbo del concierto: sonidos poderosos, riffs contundentes, largas pausas en las que Plant jugaba con la audiencia antes de seguir aporreando de nuevo la caja de los truenos. Su voz –uno de los instrumentos más hermosos del rock– ya no araña las notas altas ni derrocha en efervescencias, pero a cambio ha ganado en sabiduría, en astucia, en peso, una manera de quebrarse en la que los alaridos orgiásticos de antaño prefieren insinuar a golpear. Aquellas tormentas roncas de su juventud se han apaciguado y calmado en un rumor de oleaje, de océano atrapado en una caracola. Tal vez no sea casualidad que su último disco lleve una estampada en la carátula.

El público coreaba las canciones según las iba reconociendo mientras cada uno en su interior rezaba plegarias de juventud: mi amigo Jesús Llano pedía que cantara Whole Lotta love, que explotó de repente como un huracán; la mayoría rogaba por Stairway to Heaven, un milagro que no se produjo; yo, por Kashmir, otro milagro imposible que Plant canjeó por una escalofriante versión de Friends, tal vez el momento más cálido y brutal de la noche.

Hubo también picos de delicadeza, lamentos de blues, chisporroteos celtas, toques africanos a cargo del nyanyeru del gambiano Juldeh Camara, una conmovedora interpretación acústica de All the King’s Horses e incluso una inesperada visita a The Rain Song, una de las baladas clásicas de Led Zeppelin y quizá la más olvidada. Al final, después de una hora y media que duró apenas nada, Plant decidió irse con la dulce tristeza de Going to California, una despedida hippy acentuada por su radiante melena de plata. No dijo adiós, dijo hasta la próxima. En mitad del concierto había señalado la luna colgada del cielo nocturno de Madrid, pero casi nadie miró: por una vez la luna había bajado hasta nosotros.

datflys (YouTube)