‘El sabio camino hacia la felicidad’: una moral utilitaria

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Elvira Huelbes

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Portada de 'El sabio camino hacia la Felicidad', traducción de Carlos García Gual. / Ariel

Aunque más parezca un título de autoayuda, el libro que traduce y comenta brillantemente –como siempre- Carlos García Gual, El sabio camino hacia la felicidad (Ariel, 2016), deja más claro su contenido en el subtítulo: Diógenes de Enoanda y el gran mural epicúreo. Es un libro muy recomendable para el verano; su lectura parsimoniosa hará caer a más de uno en las tonterías con las que se desaprovecha la vida y la de ocasiones que perdemos de obtener la felicidad con poco coste. Y a más de una.

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No hay que confundir este Diógenes, el último seguidor de Epicuro, con el Cínico, muy anterior, ni con el historiador Laercio, posterior. El de Enoanda -una tierra que ahora queda al suroeste de Turquía- propone una receta fundamental para encauzar los pasos hacia la felicidad: las Máximas Capitales epicúreas que dictan que los dioses no son temibles, la muerte no es angustiosa, el bien es fácil de lograr, el mal es fácil de soportar. Y para que todos lo supieran, se empeñó en hacerlo grabar en piedra, a modo de "moral utilitaria", sobre un mural de noventa metros de largo por más de tres de alto, en el siglo II de nuestra era.

La de García Gual es la primera traducción completa al español. Aunque hablar de “completa” sea algo ilusorio si pensamos en que, tras la destrucción del mural, hace dieciocho siglos, sólo a finales del XIX, se descubrió parte de él. Pero, lo sustancial de la ética epicúrea está y en este volumen, García Gual añade comentarios muy sustanciosos.

Epicuro fue coetáneo y vecino de Pablo de Tarso, de filosofía radicalmente opuesta a la del primero, y cuya memoria logró enterrar durante siglos. Se sabe de este Diógenes muy poco, lo que él mismo dice: que era viejo y estaba enfermo, que tenía ánimo alegre, que no estaba interesado en las cosas públicas de la política, y que su modo de contribuir al bien común fue erigir este monumento, en el que recomienda a su prójimo –esté donde esté, sea de la nación que fuere- escuchar las demandas de su cuerpo, que son pocas y fáciles de obtener; apaciguar las exigencias de su mente, “practicando las virtudes, pues ahí está el medio para la salvación”.

Y ¿qué virtudes son ésas? Las que va mostrando el largo y tortuoso camino de la sabiduría. Para el de Enoanda, ésta nos convierte en iguales a los dioses, pues con ella “todo rebosaría de justicia y amor recíproco. Y no habría necesidad de muros ni de leyes ni de todo cuanto montamos para protección de unos contra otros”.  En cambio, los insensatos, aquellos a los que no tienta el conocimiento, verán su vida diaria enturbiada por angustias y dolores.

Los budistas se acercan a la filosofía epicúrea, al menos en una cosa esencial en ambos: aprender a no desear. “Cuando no hay deseo de las cosas, tampoco surgen penas por ellas”, dice en su Defensa de la vejez. Y aclara: “Es fácil de obtener lo natural, pero es difícil de conseguir lo superfluo”, en su empeño por mostrar que al cuerpo hay que cuidarlo, ya que encierra en sí la potestad de emitir pensamiento o tener sensaciones, pero que sus cuidados deben obedecer a lo natural, a lo que ofrece y prescribe la naturaleza.

En relación al eterno humano de perseguir la riqueza a toda costa, Diógenes recuerda esta máxima: “Hay que pensar que no es más provechosa la riqueza que excede la medida natural que el agua que rebosa un cántaro y tiene que derramarse fuera. Podemos contemplar sin envidia las riquezas de los otros e incluso disfrutar de ellas de modo más sereno, ya que estamos libres de preocuparnos de ellas”, que insiste en la conveniencia de no violentar la naturaleza, tampoco la de nuestro cuerpo, y satisfacer los deseos naturales pero no los que sean perjudiciales o nocivos.

En fin, el libro recuerda que frente a los estoicos, más dados a las multitudes y a los gestos heroicos, los epicúreos se refugiaron en el Jardín, más confiados en la cultivar la virtud de la amistad que en la justicia de su tiempo, y procuraban con su apoyo la serenidad de ánimo, la ataraxía, que les facilitara una vida plena.

Asómense a estas amenas páginas, mientras las olas del mar van arrullando sus oídos y la suave brisa mece sus melenas. Epicureísmo puro.

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