Mariano, historia de una sucesión

Pascual García

Captura de la portada de el diario El País del 31 de agosto de 2003 con la noticia del relevo de José María Aznar por Mariano Rajoy al frente del Partido Popular.
Captura de la portada de el diario ‘El País’ del 31 de agosto de 2003 con la noticia del relevo de José María Aznar por Mariano Rajoy al frente del Partido Popular.

Mi nombre es Zacaría Seagull y en este crítico momento, ante la posibilidad cierta de que Mariano Rajoy sea investido de nuevo presidente del Gobierno de España, me siento obligado a contar la verdad, toda la verdad, sobre unos hechos que solo un puñado de hombres conocen. Este es el relato cabal de lo que ocurrió aquella noche de agosto de 2003, la noche que José María Aznar —Jose a partir de este momento— tiró a la papelera la libreta azul y nombró a Mariano «su sucesor».

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Hacía tiempo sofocante de tormenta. La lluvia golpeaba con violencia el asfalto y los truenos sonaban como extraños augurios. Era domingo, lo recuerdo bien, y Jose había convocado a sus candidatos en una especie de cripta, en el último de los subsótanos de la sede de la calle Génova, entonces, todavía, sin reformar. Cuando abrí la puerta de la subterránea estancia un fogonazo de tormenta rompió violento junto a una ventana y, en un instante, iluminó los rostros de todos los que allí estábamos.

Aquello me pareció extraño, porque en los sótanos no hay ventanas y está claro que los relámpagos no iluminan la cara de nadie a catorce metros bajo tierra, pero dada mi acusada inclinación a lo oculto y, fundamentalmente, a la nada despreciable remuneración en B que esperaba obtener de aquella empresa, opté por no decir ni pío. El caso es que el fogonazo me permitió distinguir, al instante, el rostro radiante de Jose —que mascaba chicle y se mesaba compulsivamente el cabello—; vi también la faz de Ángel, Ángel Acebes, que tenía el rostro muy pálido y los ojos muy abiertos, como de abducido; y conseguí atisbar, entre las sombras, la mirada pícara de Jocker de Rodrigo Rato…

¡BBBRROOOOOMM!…

Un violento relámpago me permitió descubrir también a Jaime Mayor Oreja, que daba miedo. Estaba allí, en una esquina, moviéndose todo el rato, como si se estuviera meando.

¡BBRRROOOMM!, volvió a desafiarnos la noche con su poderoso estruendo.

— ¿Quién es ese del traje blanco?, preguntó Mariano al presidente señalándome con su habano.

— Es Zacaría Seagull, un zahorí de Wisconsin, le respondió el presidente. Me lo ha recomendado George. Dice que me será muy útil a la hora de decidir a cuál de vosotros cederé las riendas del país. Esta noche, con la inestimable ayuda de Dios todopoderoso y de este zahorí de Wisconsin, designaré a mi sucesor… Ha llegado la hora

¡BRROOOMMM!, atronó de nuevo la desapacible tormenta en aquel asfixiante sótano.

— Yo tengo un poco de prisa, dijo Rato

— Tú siempre tienes prisa, Rodrigo, pero tranquilo, le contestó Jose, esto será breve… Nuestro amigo Zacaría os hará unas preguntas y apuntará con su varita de zahorí a vuestro corazón de candidato… Con eso será suficiente… Rodrigo, tú, que tienes tanta prisa, serás el primero.

— De acuerdo.

— ¿Crees en Dios por encima de todas las cosas?, le pregunté.

— Por supuesto, contestó.

— Miente, repliqué de inmediato,  así que podría servir… Saber mentir siempre resulta útil, por lo menos en mi país.

— Ángel, amigo, dijo el presidente, tú serás el próximo.

— Sí, mi señor, contestó Ángel, y, durante unos instantes, el maldito fluorescente del techo pareció tornar en divino candelabro.

— ¿Es usted consciente de que…?, me arranqué a decir, aunque paré en seco… Este, señor presidente, no es consciente de nada. Para él los fluorescentes son como candelabros… Es irrecuperable, así que también podría servir.

— Jaime. Tú serás el siguiente… ¡Y deja de moverte, joder, que me estás poniendo de los nervios!, le recriminó Aznar.

— Dígame, le inquirí al tercero de los candidatos apuntándole en toda la cresta con mi varita de fresno, ¿cuál es el destino de los hombres, el destino de la Humanidad?

— Vender Navarra a los terroristas.

— Me parece que éste, susurré de inmediato al presidente, está muy mal. No servirá… Solo me queda el de las barbas, el del puro, dije mientras un nuevo fogonazo de rayo se colaba en escena.

— Mariano, intervino Jose, solo quedas tú. Tú eres el último.

— Adelante, dijo Mariano.

— Conteste a estas preguntas, le inquirí. Deberá hacerlo en el menor tiempo posible. ¿Entendido?

— Entendido, me respondió.

— ¿Qué es un pollo?

— Un ave.

— ¿Y un marrón?

— Un color.

— ¿Y el cohecho?

— Una cosa que se hace entre varios.

— ¿Y los principios? ¿Qué son los principios?

— Desde donde se empieza.

— ¿Y la corrupción?

— La degradación de los cuerpos.

— ¿Y Baleares? ¿Dónde están las Islas Baleares?

— ¿En el Mediterráneo?

— ¿Y qué me dice de la Comunidad Valenciana?

— También está en el Mediterráneo.

— ¿Qué es el Estado?

— Un objetivo.

— ¿Y el partido?

— Una cosa para hacer pasta.

— ¿Y la felicidad?, dígame, ¿qué es para usted la felicidad?, le pregunté.

— Fumarme un puro…

— Basta, interrumpió entonces Jose. Es suficiente… Solo necesito una respuesta más, Mariano.

— Dime, Jose.

— Medita la respuesta, Mariano, porque de esto puede depender el futuro de España y de los españoles. ¿Estás preparado?

— Lo estoy, presidente.

— ¿Tú quieres ser candidato?

— ¿Candidato a qué?, respondió Mariano…