Las mejores novelas sobre la juventud

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 Juan Ángel Juristo

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La juventud no tuvo valor en sí misma hasta el siglo XX, y en ello tuvo mucho que ver la modernización de la economía mediante el uso del consumo, es decir, el ocio, que hizo que por primera vez un obrero joven tuviera cierto dinero para gastárselo en sus propios caprichos.  Vale decir, valores, desde una camisa de moda hasta la facilidad para apabullarse en los bailes a ritmo de charleston hasta hartarse. Ni que decir tiene que a ello contribuyó también la I Guerra Mundial y la liberación para la mujer que esa guerra supuso al estar ella al mando de las fábricas de armas mientras los hombre combatían en el frente. Hasta entonces, juventud y adolescencia eran meros trámites, y breves, hacia la asunción de la plena madurez y, como mucho, en la literatura eran personajes de géneros de iniciación a la vida, como el joven Werther. En realidad, la juventud como valor en sí misma fue invención del Romanticismo, pero no tomó carácter cabal, de masas, hasta el siglo pasado. El Ismael de Moby Dick fue un adelantado.

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De ahí que en verano nos haya dado por recordar cinco libros emblemáticos del siglo donde la juventud tomó carta de naturaleza mítica. La estación, por su carácter solar, obliga a ello. Es estación de plenitud, como los libros que se detallan.

El gran Meaulnes, Alain Fournier.

Para mí el libro más bello que se escribió en el siglo XX, teniendo a la juventud como protagonista. Publicado en 1913, en realidad fue la única novela que dio fama a su autor y lo convirtió en un referente de la literatura francesa del siglo, ya que Fournier murió en el frente. La búsqueda de Augustin Meaulnes de su amor perdido y las escenas que Fournier describe, próximas al sueño, nos introduce en una atmósfera rabiosamente romántica. Pero nadie como el autor ha sabido introducirse en ese mundo angosto, raro, difícil, extraño, fácilmente olvidado después, que es el paso de la niñez a la juventud. Un libro mágico, estático, de factura bellísima. Se hizo versión cinematográfica de Jean Gabriel Albicocco en 1967. La recuerdo como una versión muy digna de un texto casi imposible de llevar al cine: todo sucede dentro de uno. Es pura alucinación.

Las tribulaciones del estudiante Törless, Robert Musil.

Antes de sumergirse para siempre en El hombre sin atributos, Musil escribió unas cuantas obras de las que ésta sobresale por su especial inteligencia. Todos los temas de la descomposición social del Imperio Austro Húngaro, luego presentes en su gran obra, están ya aquí: la crueldad, el sadismo, la oculta y vergonzosa homosexualidad, la sinrazón, la hipocresía, el desmoronamiento de unos valores considerados sempiternos. La Academia militar donde estudia Törless se convierte, así, en una premonitoria Kakania que la Guerra ayudó con gran rapidez a instituir: la decadencia como epítome de una Europa sin rumbo. Volker Schlöndorf la llevó al cine en 1966, convirtiéndose en una referencia del Nuevo Cine Alemán. Es película de mirada fría, distante, hermosa. La versión española de este libro habría que buscarla en La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa.

La línea de sombra, Joseph Conrad.

guardian_entre_el_centeno_portada_alianzaEs ésta, junto a El corazón de las tinieblas, una de las grandes nouvelles de Conrad. Publicada en 1915, es una emotiva historia en la que un joven marino deserta de un puesto seguro en las colonias de Oceanía para capitanear, por primera vez, un barco. Es la decisión de su vida, lo que le hace pasar de ese rubicón de la juventud a la edad adulta, esa línea de sombra que da título al libro, pero también del descubrimiento de la complejidad de la vida, de los lados oscuros del alma humana, que experimentará en la travesía con ese primer barco, trasunto del Buque Fantasma moderno. La descripción de la tormenta es uno de los logros narrativos, y tiene muchos, de este autor que supo como pocos describir la vida del mar. Tenía aversión por Moby Dick.

El guardián entre el centeno, J. D. Salinger.

Los años del pop necesitaban, exigían, un mito de adolescente. Holden Caulfield es el personaje que encarna la adolescencia como ninguno en la edad moderna. El libro de Salinger oculta tales dosis de poesía, de bella introspección, de ajustadas descripciones de la personalidad, que se ha convertido en uno de los símbolos culturales de la civilización norteamericana. El cazador oculto, Holden Caulfield, ha pasado por ser referencia de ciertos satanistas. El hecho radica, lo sabemos con gran deleite poético, desde que se publicara El paraíso perdido, de John Milton, donde se describe a Lucifer como el paradigma de la rebeldía, del espíritu inquisitivo. Es obligado referirnos a su versión cinematográfica. Salinger nunca dio el visto bueno para que se acometiera tal empresa, y eso que por ahí andaban figuras interesadas como Billy Wilder.

Harry Potter, J.K. Rowling.

Los siete libros de que consta la serie de Harry Potter han sido uno de los acontecimientos literarios más importantes del último cuarto de siglo. Tanto que su autora, J. K. Rowling, que escribió la novela primera estando en paro Inglaterra siempre detrás de la sombra de Dickens–, posee más dinero que su Majestad the Queen. Representa la unión del mundo tradicional de la novela fantástica inglesa, tan enraizado en el imaginario británico, con los modos de conducirse de los adolescentes actuales. Irresistible, claro. Esta sí se ha llevado al cine: se hicieron ocho películas, la primera en 2001 y la última en 2010, y fueron producidas por la Warner Bros. No hace falta que me refiera a sus directores porque en realidad no tienen importancia alguna. Quédense con el rostro de los actores, Daniel Radcliffe y Emma Watson.

6 Comments
  1. Y más says

    ¿Harry Potter? ¿En serio?

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