M30

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Alejandra Díaz-Ortiz *

tunel_carretera
Imagen: Pixabay

La puerta mejor cerrada es la que puede dejarse abierta.
(Proverbio chino)

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A ver, señorita, se lo vuelvo a repetir…

No soy señorita, soy la Doctora Lozano… Y no, no me lo vuelva a repetir.

¡Qué no estoy loco, joder!... Lo del accidente en el túnel es verdad, créame…

¿Sí? Entonces, según usted, ¿desde el mismo infierno llegó directamente aquí?

Que sí, joder, que sí… Corrí a través de un pasillo muy largo y oscuro que terminaba en unas escaleras. Las subí… y he aparecido justo por esa puerta…

Ya… ¿Cómo por arte de magia?...

¡Menos burlas, doctorcita, menos burlas!

Bueno, vamos a ver. Lo primero es que se relaje, está usted muy excitado… Suponiendo que lo que dice es verdad, ¿no le parece lo más absurdo que haya contado nunca?

Pues… pues sí, es absurdo, pero es verdad…

Mmm… Y los otros, los que salieron corriendo igual que usted, ¿dónde están?

Paco, desconcertado por la  pregunta, enmudeció. Miró a su alrededor. En efecto, estaba solo. Ni siquiera su mujer, que salió detrás de él, estaba ahí. Confundido, musitó:

Es verdad… Mi mujer… ¿No estará aquí, verdad?, preguntó con una extraña mezcla de alivio y preocupación.

¿Qué mujer?, preguntó suavemente la doctora, que a su vez pulsaba un timbre debajo de la mesa.

Por la puerta apareció un amable y sonriente enfermero que ofreció a Paco un vaso desechable lleno de agua. Lo bebió con ansiedad. Distraído, lo estrujó con una mano. Lanzó los restos sobre la mesa. Poco a poco se fue hundiendo en un oscuro abismo.

Cuando despertó, según se enteraría después, habían pasado veintidós horas. Trató de incorporarse en la cama, pero unas bridas en sus muñecas se lo impidieron. La doctora Lozano lo observaba desde la puerta. Cerró los ojos en un intento de espabilar la cabeza. Removió cada hueso de su cuerpo y comprobó que estaba intacto: no tenía nada roto ni le faltaba ningún miembro. Volvió a mirar hacia la puerta con el propósito de averiguar qué demonios hacia ahí, en una habitación desconocida, atado y sin estar herido. La doctora había desaparecido. Volvió a cerrar los ojos.

Hizo un rápido repaso del último día, antes de llegar ahí. Recordó que iba en el coche, discutiendo, para variar, con su mujer. Se dirigían a la cita que tenían con el psicólogo, en un vano intento por salvar un matrimonio fallido. En realidad, ninguno de los dos quería seguir con aquella relación, pero ninguno se atrevía a dar el paso, así que delegaron el asunto en un profesional, con la falsa esperanza de que les indicara la vía de escape. Ella iba hablando de una hipotética repartición de sus mutuos males. Exasperado con sus teóricas matemáticas, nada ventajosas para él, decidió encender un cigarrillo, algo que la exasperaba.

De pronto, el auto que circulaba delante de ellos frenó bruscamente. Creía recordar la figura de un hombre salir huyendo de aquel coche y que, en menos de un instante, todo se había cubierto de espeso humo. Por el retrovisor se aseguró que los coches que circulaban detrás frenaban y activaban las luces de emergencia. Recordó haber abierto la puerta del coche, quitarse el cinturón y salir corriendo como alma que lleva el viento, aterrado. Unos pocos metros más allá, empujó una puerta de emergencia. Justo la que le había conducido hasta las bridas de esa cama.

En su cabeza se repetía, insistente, la imagen de aquella figura masculina huyendo del accidente…

****

   ¿Qué hacemos con el nuevo, doctora?

 Lo de siempre, abrir el expediente y comunicarlo a la dirección.

 ¿Depresión?

 Sí, con tendencia paranoide… ¡Buen trabajo, Camilo!

****

Sin saberlo, Paco incrementó las estadísticas del sistema nacional de salud mental. De lo que sí se enteró semanas más tarde fue de que la Doctora Lozano era la jefa de psiquiatría del hospital en el que, según sus cuentas, ya llevaba seis meses ingresado.

Pero lo que jamás llegaría a saber era que la sombra que huía de aquel coche en el túnel, y que tanto atormentaba su cabeza, era en realidad  Camilo, el gentil enfermero que le suministraba la medicación hasta tres veces al día.

El mismísimo Camilo que cada semana volvía a la M30 con el objetivo de provocar un nuevo accidente. Armado con una buena cantidad de botes de humo, conseguía colapsar el túnel en un santiamén, provocando la estampida de los testigos. Y es que no hay peor amenaza para hacernos correr que la de un posible incendio. Ante ella, huimos despavoridos buscando ponernos a salvo a toda costa. ¿Alguna vez se han preguntado adónde nos pueden conducir las puertas de emergencia?

Y es que quiso el caos del constructor, y las prisas de la política por inaugurar obras, que nadie cayera en cuenta de que una de aquellas puertas salvadoras conducía, inexorable, hasta el despacho de la doctora Lozano.

Fue en la misma mañana de precampaña electoral, mientras que las autoridades pertinentes inauguraban la ampliación de la M30 «moderna vía dónde las haya», dijo alguno, cuando la doctora y el diligente enfermero acusaban recibo de una carta remitida por la dirección general en la que se les notificaba la reestructuración que se iba a llevar a cabo, despidos incluidos, toda vez que: «…debido al exiguo número de ingresos en los últimos años, no se justifica el mantenimiento de su especialidad en este hospital…».

Ese mismo día también descubrieron su propia puerta de emergencia. La que los mantendría a salvo.

No tardaron mucho en pergeñar la genial idea de proveerse de sus propios pacientes. Calcularon que, a razón de uno a la semana, sus puestos de trabajo nunca volverían a estar en la mira de los recortes…

(*) Alejandra Díaz Ortiz es escritora. Ha publicado Cuentos chinos (2009), Pizca de sal (2012), ambas en Trama editorial, Julia (ViveLibro, 2013) y No hay tres sin dos (Trama, 2014).
3 Comments
  1. alexforo says

    Por el retrovisor se aseguro DE que…
    Evitemos el Queísmo que nos invade (estoy seguro que…; soy consciente que…; me doy cuenta que… y no sigo porque no acabaría). Políticos, periodistas y escritores. ¡Socorro! Dice la maltratada lengua de nuestros amores.

  2. alejandradiazortiz says

    Muy de acuerdo con su observación. Me di cuenta de mi exceso «dequeísta» una vez publicado el relato.

    Alegaré en mi descargo, el exceso de calor y el no haber llamado a mi editor. Pésima decisión.

    Un saludo.

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